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El electroshock está más vivo que nunca

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Una mujer se somete a una sesión de terapia electroconvulsiva.

  • La mayor parte de los psiquiatras avalan su eficacia, especialmente en casos de depresión severa. En España se practican 3.000 al año

Es posible que usted, si ha alcanzado una determinada edad, tenga grabadas en la memoria las imágenes de 'Alguien voló sobre el nido del cuco' en las que a Jack Nicholson le sometían a lo que técnicamente se conoce como terapia electroconvulsiva; un tratamiento muy criticado en aquellos tiempos por su dureza. Pero se equivoca quien crea que cayó en desuso después de que la película de Milos Forman lo dejará prendido para siempre entre los recuerdos almacenados en nuestro córtex prefrontal. Para la mayoría de los psiquiatras del planeta, no solo sigue siendo la forma más eficaz de ayudar a buena parte de sus pacientes, sino la única. Cuarenta años después de que Jack Nicholson nos guiara por un mundo cruel y despiadado de locura, la psiquiatría reivindica su vigencia, eficacia y seguridad a la hora de tratar determinadas enfermedades que de otra forma serían difíciles o imposibles de sanar. Ni siquiera el estigma social que la marcó durante décadas ha conseguido arrinconarla.

Miguel Gutiérrez, jefe de área de Psiquiatría del Hospital Universitario de Álava y presidente de los psiquiatras españoles, practica lo que él y sus colegas llaman TEC (terapia electroconvulsiva) a diario desde hace más de veinte años, el tiempo que lleva ejerciendo su especialidad. Desde esta dilatada experiencia, mantiene que el electroshock no es solo una terapia a reivindicar, sino la única forma de actuar en algunas ocasiones en las que el resto de las opciones no dan resultado. «Cuando fracasan otros tratamientos y los pacientes presentan un claro riesgo de suicidio; en las mujeres embarazadas para las que los fármacos están contraindicados, incluso en algunos ancianos a los que la medicación solo puede hacer daño, es la mejor opción», desgrana. Y asegura que, en la mayor parte de los casos -calcula que casi en el 90%-, aplicar una terapia de este tipo da muy buenos resultados, aunque durante décadas se haya entendido como un remedio grosero gracias, en buena parte, a su mala prensa.

Y es que, frente a voces como la del doctor Gutiérrez, sigue habiendo quienes opinan que propinar descargas eléctricas al cerebro continúa siendo una de las prácticas más deplorables de la medicina del siglo XX; una técnica no solo bárbara, sino inefectiva. Es el caso de Richard Bentall, un profesor de Psicología Clínica en la Universidad de Liverpool al que hace solo unos días el diario británico 'The Guardian' preguntó su parecer ante el repunte de su utilización en el Reino Unido. «Mi opinión -dijo- es que la TEC es un fracaso de la medicina basada en la evidencia. No creo que existan ensayos clínicos adecuados para establecer su eficacia».

Es muy posible que este súbdito de su graciosa majestad forme parte de algunas de las muchas organizaciones que, como Justicia TEC o Proyecto Legal por los Derechos Psiquiátricos, se nutren del enorme grupo de detractores de la terapia electroconvulsiva que pueblan el mundo. Sus integrantes no solo asocian una alta mortalidad a la TEC, también afirman que los pacientes sufren enormes pérdidas de memoria y un importante deterioro neuronal.

Nada que ver con la opinión de los psiquiatras más relevantes en España, donde la mayor parte de los profesionales mantienen que someterse a una prueba de este tipo no tiene más riesgo que una anestesia general, y argumentan que si hay algo que de verdad mata neuronas, es una buena depresión.

De que en este país no es en absoluto una técnica denostada da fe el estudio firmado por el psiquiatra madrileño Ignacio Vera López hace solo tres años. Tras explorar las tasas de aplicación, los criterios de indicación, los parámetros técnicos y la actitud y formación en TEC que existe en España mediante una encuesta realizada en todos los hospitales públicos dotados de camas psiquiátricas, concluyó que el 54,9% de los centros la aplica, y que en el 80,2% de los casos los trastornos depresivos constituyen la principal indicación.

Cincuenta diarios

Las cosas han cambiado mucho desde que el padre de José Cabrera, también psiquiatra, ejercía la profesión. «Entonces se practicaban hasta cincuenta diarias, pero es que apenas había fármacos para tratar los problemas a los que se tenían que enfrentar; solo barbitúricos y algunos sedantes. Ahora se utiliza en casos extremos y en los que hay peligro de muerte del paciente. Incluso con anorexias graves, yo he visto resultados muy buenos. En solo tres sesiones, la paciente se había recuperado», asegura este especialista, que admite que películas como 'Alguien voló sobre el nido del cuco' o 'La naranja mecánica', y una corriente de opinión en contra de estos tratamientos que se vivió en buena parte de Europa en los años 60-70, contribuyeron a presentar a los psiquiatras como una suerte de torturadores.

El doctor Cabrera habla de los años en los que muchos de los viejos manicomios fueron clausurados y las intervenciones quirúrgicas agresivas, como la lobotomía, empezaron a ser cuestionadas; una época a partir de la cual los fármacos comenzaron a evolucionar y algunas de las enfermedades mentales pudieron ser tratadas, con mayor o menor éxito, con pastillas.

«Desde entonces las cosas han cambiado mucho. La electricidad se aplica en una zona concreta del cerebro, el sujeto está dormido y tiene un anestesista y un cardiólogo a pie de cama, cuando antes simplemente se les colocaba una goma en la boca y la descarga hacía que se se agarrotaran e incluso llegaran a romperse algún hueso; era realmente impresionante. Además, ahora la indicación es clara: solo en sujetos con depresiones o problemáticas graves y con riesgo de muerte», explica.

También Javier Palomo, jefe de sección de Psiquiatría del Hospital Universitario Donostia y profesor de la UPV-EHU, cree que hay muchas razones que la llevaron a ser vista como una suerte de práctica maldita, pero ninguna de ellas científica. «Podríamos hablar de razones ideológicas, culturales e incluso políticas, pero casi siempre suele subyacer el desconocimiento. Tampoco podemos olvidar que durante muchos años se dio en unas condiciones mucho menos controladas e incluso en algunos casos en indicaciones incorrectas, por lo que los resultados eran peores o el tratamiento mal tolerado, lo que contribuía a su mala fama».

«Resetear el cerebro»

Aparcados los motivos, el doctor mantiene -como sus colegas- que se trata de una técnica muy sofisticada, muy eficaz y bien tolerada y en constante evolución. «Yo me haría la pregunta inversa: ¿cómo es posible que un tratamiento descubierto hace 80 años siga vigente y evolucionando? La respuesta tiene relación con su extraordinaria eficacia en algunos trastornos, lo segura y bien tolerada que es».

Pero, ¿en qué consiste realmente la terapia? Básicamente, en provocar mediante una pequeña dosis de electricidad una convulsión en el paciente. «Sobre el mecanismo de acción de la TEC se ha escrito muchísimo, pero quizás lo más reciente, y también más gráfico para entenderlo, es referirse a lo que se conoce como 'reboot theory' o 'teoría el reseteo' según la cual las convulsiones provocan que el cerebro ponga en marcha unos mecanismos propios que regulan su equilibrio. Igual que ocurre con un ordenador, pero referido a neurocircuitos cerebrales, sobre todo relacionados con las emociones y el estado anímico».

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