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El año español de oro que lo cambió todo

Una de las imágenes icónicas de los Juegos de Barcelona.
Una de las imágenes icónicas de los Juegos de Barcelona. / R. C.
  • El AVE, la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona despertaron a España de su letargo. Desde entonces, nada ha vuelto a ser igual

Fernando Mesa Espejo puso en marcha el motor de la modernidad a las tres de la tarde del 14 de abril de 1992. «Pensaba que era un acontecimiento importante y fue algo mágico», recuerda 25 años después el hoy veterano maquinista. Con él al mando, el primer tren de alta velocidad que entraba en funcionamiento en España abandonó la madrileña estación de Atocha y fue cogiendo velocidad con su pasaje de políticos y periodistas. En poco menos de tres horas el AVE entraba en la estación de Santa Justa, en Sevilla.

La ciudad andaluza estaba en plena ebullición. Faltaban seis días para la inauguración de la Exposición universal y voluntarios como Pilar Pinazo daban los últimos retoques a la jornada de apertura. Ella fue una de las seis personas que, enfundadas en el traje de Curro, la mascota de la Expo, promocionaron el acontecimiento no solo en Sevilla sino también en todo el mundo. Tenía entonces 20 años y vivió algo que nunca había llegado a imaginar. «Fue un sueño que duró seis meses», afirma.

A mil kilómetros de distancia, Joan Ramón Ruiz Giménez aún se estaba haciendo a la idea de que iba a participar como voluntario en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Entre el 25 de julio y el 9 de agosto se encargó de acomodar al público en las piscinas de Picornell, donde se celebraban las pruebas de waterpolo y natación sincronizada. Se encontró con Nelson Mandela, quien impidió que sus guardaespaldas le apartaran y le preguntó por su trabajo, y acompañó al equipo de baloncesto de Estados Unidos, con Michael Jordan al frente. «Te sentabas en una terraza de la Rambla y aquello era un teatro, a todas horas había algún espectáculo. Fueron quince días de fiesta continua», recuerda con nostalgia.

Fue un año irrepetible para una nación que luchaba por sacudirse el complejo crónico de inferioridad que arrastraba desde hacía décadas. España había entrado en la Unión Europea en 1986 y a sus arcas comenzaban a llegar fondos estructurales pero sus socios europeos no acababan de confiar en la capacidad española para gestionar todo aquel dinero. Hasta que llegó 1992 con el AVE, la Expo y los Juegos Olímpicos. «Fue un subidón de ánimo colectivo muy fuerte», afirma Carlos Barrera, profesor de Medios de Comunicación y Política en la España Reciente, de la Universidad de Navarra.

Aquello fue una explosión de orgullo, una edad de oro concentrada en unos pocos meses que demostró al mundo entero que España también era capaz de organizar grandes eventos, y no uno sino varios a la vez. La prensa internacional comenzó a hablar de «los alemanes del sur» y hasta en Barcelona los deportistas españoles obtuvieron, con 22 medallas, un éxito que no se ha vuelto a repetir. «Todo aquello nos quitó el complejo de inferioridad», asegura Carlos Barrera. «Nos presentamos como un país serio, alejados del tópico del sol, panderetas y playa, como una nación moderna incorporada al resto de los países occidentales. Fue un espaldarazo importante».

Los deportistas volaban, el mundo acudía en masa a Sevilla y Barcelona, el Gobierno de Felipe González sacaba pecho, nadie quería quedar fuera de la foto de un éxito incontestable que se medía con cifras colosales. El coste de los 471 kilómetros del tramo de AVE Madrid-Sevilla ascendió en pesetas al equivalente a 2.070 millones de euros sin contar los trenes ni las estaciones (2.704 si se incluyen). El presupuesto de la Expo fue de 1.104 millones. En cuanto a los Juegos Olímpicos, su coste total fue de 6.728 millones de euros y su impacto económico se calcula en 18.678 millones.

La huella de la Expo en Sevilla fue enorme. La capital se transformó, se construyeron nuevos puentes y circunvalaciones, se liberaron espacios urbanísticos, el AVE la conectó con el resto del país, la isla de La Cartuja se convirtió en el centro del mundo y en la promesa de un porvenir tecnológico que traería grandes oportunidades a la ciudad.

«Para Sevilla fue una revolución urbanística, económica y social», afirma Jaime Sierra, portavoz de la asociación Legado Exposevilla, que trata de mantener vivo el recuerdo de seis meses frenéticos cuyas repercusiones aún perduran en la capital andaluza. «Esta ciudad es ombliguista, vive muy arraigada en sus tradiciones. La Expo logró que se abriera hacia el exterior y ciertas actitudes empezaron a cambiar. La ciudad rancia de entonces quedó superada».

Las 215 hectáreas de La Cartuja estaban destinadas a convertirse tras la Expo en un polo de atracción de empresas tecnológicas extranjeras, pero no ocurrió así. España había brillado mucho, quizá demasiado, y cuando el 12 de octubre se apagaron las luces de la gran exposición, la realidad cayó sobre el país. «Con los fastos no se notó -explica Carlos Barrera- pero en 1993 la economía retrocedió en España un 1,2%».

De la noche a la mañana La Cartuja se transformó en un erial. Las ansiadas empresas no llegaron y muchos de los pabellones que no fueron desmantelados cayeron paulatinamente en el olvido. «Algunos empezaron a usarse pero otros quedaron abandonados por falta de uso inmediato», afirma Jaime Sierra.

Mucho que hacer

Esta imagen de dejadez es la que ha perdurado desde entonces a pesar de que no sea del todo exacta. La Cartuja no es un modelo de perfección pero tampoco el ejemplo de un fracaso. «La imagen de que todo está hecho polvo no es real», recalca el portavoz de Legado Expo. «La zona tiene un parque científico en el que se factura casi el 10% del PIB de Sevilla y de los treinta pabellones que perduran solo cuatro están sin uso. El problema de esta ciudad es que no se sabe vender bien», añade.

Queda, no obstante, mucho que hacer. El canal de los descubrimientos está cubierto por la vegetación, el cohete Ariadne IV, uno de los emblemas de la Expo, agoniza lentamente, las estaciones de telecabinas están en ruinas, la otrora espléndida avenida Marie Curie es hoy un escaparate de destrozos y abandonos.

La isla de La Cartuja recupera poco a poco parte de su esplendor, pero tampoco es que lo haga a demasiada velocidad. «La reconversión es lenta», reconoce Jaime Sierra. «Uno de los problemas -señala- es que en el recinto hay avenidas de propiedad municipal, suelo de la Junta con edificios del Ayuntamiento, zonas privadas, otras del Estado o de la Diputación... En cuanto surge algún problema las administraciones se pasan la pelota unas a otras por falta de competencias».

La crisis y el posterior estado de abandono de la Expo contribuyeron a oscurecer el recuerdo de este acontecimiento, que quedó asociado a la imagen del despilfarro. No sucedió lo mismo con los Juegos Olímpicos de Barcelona, que durante años se han emparejado con la palabra éxito. «Han sido los mejores de la historia», exclamó el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, durante la ceremonia de clausura. Desde entonces nadie parece haberle desmentido.

«Fueron un éxito aplastante. Ninguna otra ciudad ha sabido aprovechar tanto la capacidad transformadora de unos Juegos», afirma Emilio Fernández Peña, director del Centro de estudios olímpicos de la Universidad de Barcelona. En un plazo de pocos años la capital catalana experimentó un cambio cuyas consecuencias aún perduran. La ciudad se abrió al mar, se construyeron dos grandes anillos de tráfico, se recuperaron las playas, se edificaron instalaciones deportivas, se amplió el aeropuerto y el Metro se renovó. Nada fue igual desde entonces.

Los voluntarios

A diferencia de lo que ocurrió en Sevilla, tras la clausura de los Juegos las instalaciones no quedaron abandonadas. El éxito fue más allá de dos intensas semanas deportivas. «Se gestionó muy bien lo que había que hacer para que sirviera después», explica Emilio Fernández Peña. «Los edificios se vendieron a particulares, la villa olímpica se conserva de maravilla y las autoridades públicas han mantenido la notoriedad deportiva a lo largo de los años con eventos que han hecho del deporte un elemento de atracción turística. Se puede decir que 1992 no se ha parado».

Una buena parte del éxito se debe a la participación de una ciudad que se volcó con los Juegos y, sobre todo, a los miles de voluntarios que se implicaron en la organización y desarrollo del acontecimiento como si fuera para ellos una cuestión personal. Y en parte lo era. «Un voluntario trabaja por su gusto, pone corazón en lo que hace», dice Emilio Fernández Peña. Se sentían protagonistas de lo que llama «el pistoletazo de salida hacia la modernidad».

Llegaron de todas partes. «Todo el mundo compartió la ilusión», afirma Fernández Peña. En los Juegos participaron 34.426 voluntarios, de los que 32.991 eran de Cataluña o ciudades con subsedes olímpicas, como Zaragoza y Valencia y el resto de diferentes lugares de España. Estos últimos, dice el director del Centro de estudios olímpicos, «amarán Barcelona el resto de su vida porque vivieron momentos irrepetibles y fueron partícipes del éxito».

La buena gestión del ejército de voluntarios es un ejemplo que han imitado los organizadores de Juegos Olímpicos posteriores, pero no es el único que puede exportar Barcelona 92. Aunque suene extraño en los tiempos que vivimos, la colaboración entre las diferentes administraciones funcionó como la seda y fue un elemento clave en la buena marcha del evento. «El Gobierno español, el catalán y el Ayuntamiento de Barcelona hicieron una apuesta grande para preparar una candidatura potente», recuerda Fernández Peña, que reclama el regreso «al espíritu del 92 para sacar adelante la ciudad y el país». «Barcelona tuvo la virtud de aprovechar la colaboración entre todas las instituciones y entre el dinero público y la iniciativa privada. Aquello debería servir como ejemplo para España».

«Nos jugábamos mucho y las cosas se hicieron bien. El reto era llegar a la hora prevista, algo a lo que entonces no estábamos muy acostumbrados. El AVE era un mundo muy distinto», explica Fernando, el primer maquinista de aquel nuevo planeta. Todos cambiaron ese año. Joan Ramón, el voluntario de los Juegos, asegura que en Barcelona existía «un pacto no escrito para que el de fuera se marchara de aquí contento». «Eso es algo que ha quedado entre nosotros», añade.

Nuevo orgullo

Sevilla se prepara para conmemorar el aniversario con un renovado espíritu de orgullo. «Queremos aprovechar para atraer a ciudadanos y turistas a la Cartuja, que sea un espacio cultural y de ocio, no solo de negocio», afirma Jaime Sierra, que no duda en repetir que «la Expo mereció la pena». En Barcelona también habrá celebraciones, pero relativamente discretas. No es un aniversario al que el Ayuntamiento le dé demasiada prioridad.

Ahora que se cumplen 25 años de aquella corta edad de oro, los recuerdos regresan con fuerza a quienes los vivieron en primera línea. Pilar Pinazo habla de aquellos seis meses en los que hizo de Curro en la Expo como quien describe un viaje iniciático que abrió a los sevillanos al resto del mundo y les hizo ver que fuera también ocurrían cosas. «Estábamos estancados y nos vimos rodeados por una impresionante cantidad de variedad cultural. A toda una generación nos dio una visión distinta de la realidad».

Los Juegos y la Expo ofrecieron también la posibilidad de formar parte de una hermosa ilusión. «Lo que vivimos fue un sueño pasajero que no vamos a volver a experimentar. Cuando se apagaron las luces todos fuimos conscientes de que lo que habíamos vivido no era real», afirma Pilar con la nostalgia temblándole en la voz. «Pero lo disfrutamos a tope», dice.