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El equipo de inmigrantes que se juega la vida

El equipo de inmigrantes que se juega la vida
  • El único equipo federado del mundo integrado por inmigrantes milita en las últimas categorías del fútbol español. «Formamos una gran familia y nos entendemos. Los problemas son los mismos»

Ni flashes en el aeropuerto, ni ruedas de prensa multitudinarias, ni contratos millonarios a su llegada a España. Difícilmente jugarán una Liga de Campeones o ascenderán a Primera División, pero han ganado el partido de su vida: sobrevivir a extenuantes travesías por el desierto, a huidas dramáticas por motivos de guerra, a extorsiones leoninas de las mafias de la inmigración y a viajes en patera con sobrecarga de miedo y desesperación.

Huyeron de sus países por motivos diferentes, pero han acabado en la localidad gaditana de Jerez de la Frontera haciendo lo que más les gusta: jugar al fútbol. Lo hacen en Alma de África U. D., el primer equipo federado del mundo formado por inmigrantes de la calle. A ninguno se le conoce experiencia profesional en el universo futbolístico y «gracias a la generosidad de la Federación Española de Fútbol hemos podido llevar a cabo este proyecto, porque solo nos exigía el pasaporte para poder federarlos, ni permisos de trabajo ni residencia», explica Alejandro Benítez, presidente del Alma de África.

En octubre de 2015, debutaron en la categoría más modesta del fútbol español, la Cuarta Regional Andaluza (octava división), frente al Español de Vejer. Ganaron por cuatro a cero, una victoria deportiva que supo a mucho más. «Fue el triunfo de la dignidad de unos jugadores muy tocados psicológicamente», apunta Benítez. No hubo jugadas tácticas, pero sí una demostración de una forma física excepcional. «Corrían como gamos», recuerda el presidente. Aquel día, se vieron sobrecogidos por la respuesta del público, que entregó más de 100 kilos de alimentos al equipo. «Los jugadores estaban sobrepasados e increíblemente felices. El Español de Vejer no se podía creer su derrota», relata.

Dos años después, el equipo ha logrado el ascenso y juega en Tercera Andaluza. Se ha ganado el respeto de sus adversarios en el terreno de juego, que al principio no daban un duro por ellos, y también el de una sociedad, que en 2016 los reconoció con el Premio Ciudad de Jerez a la Igualdad y a la Integración. El propio exseleccionador nacional Vicente del Bosque les envió un vídeo felicitándoles. Su presidente lo cuenta orgulloso, «porque se ha conseguido mucho en muy poco tiempo y con escasos recursos».

Equipo de moda

El equipo del que todo el mundo habla ahora nació de una casualidad, esa que situó un domingo a Quini (un gran amigo del actual presidente) en la pradera de Chapín de Jerez. «Observó cómo un grupo de inmigrantes que jugaban al fútbol se pasaba más tiempo discutiendo que moviendo el balón y se ofreció a llevarles un árbitro. Me lo comentó y accedí», rememora el actual presidente, que es entrenador de fútbol-base. Para su sorpresa, no jugaban mal y surgió la idea de montar un equipo. «Hacía poco tiempo que la hermana de Quini, muy sensibilizada con la inmigración, había fallecido de un cáncer y me planteó organizar un torneo benéfico triangular en homenaje a ella. Así nació Alma de África, un proyecto que ha cambiado la vida a sus 20 jugadores.

Porque en los planes de Abdul Diof nunca estuvo salir de Senegal. Sus días transcurrían entre el instituto y una escuela deportiva donde trabajaba su sueño de ser algún día futbolista profesional. A sus 17 años, llevaba una vida «normal» en casa de sus padres hasta que la tentación se le cruzó en su camino. Fue un caramelo al que difícilmente pudo resistirse. Ahora, con la perspectiva de los años dice que no se arrepiente de la decisión que tomó, pero la decepción y el susto aún los lleva en el cuerpo. «Me prometieron un contacto en Marruecos, que guiaría mi carrera deportiva. Viajé hasta allí con un gran esfuerzo de mis padres (su padre es militar), pero cuando llevaba dos días entrenando en un club de la segunda división marroquí, el agente desapareció», relata Abdul.

La estafa superó los 2.000 euros, pero el daño moral fue inconmensurable. Sin dinero y sin fuerzas para regresar a su hogar como un «fracasado», permaneció en Marruecos en casa de unos primos. Su ánimo pasaba por horas bajas, pero el sueño de ser futbolista seguía intacto y tras contactar con unos amigos que preparaban su salto a Europa, decidió sumarse. La aventura en patera le costó 100 euros. Eran nueve. Todos senegaleses, «yo era el más pequeño», afirma. Confiesa que no sabía dónde se metía, que solo quería llegar a España «fuera como fuera». Era su oportunidad para prosperar. En siete horas, y aprovechando una de las noches más cerradas de aquel diciembre de 2012, salvaron las 16 millas (algo más de 29 kilómetros) que separan Tánger de Tarifa, donde Cruz Roja ya les esperaba para su posterior traslado a un centro de internamiento (en su caso, de menores). El viaje fue duro: «Ese día llovía fuerte y hacía mucho frío; pase muchísimo miedo; creí que no lo contaría», recuerda el delantero. Sobrevivió a una travesía que pudo haber acabado en tragedia. Hoy es un superviviente en tierra. En Jerez, vive en un piso de acogida y se gana la vida lavando coches, «aunque a veces prefiero pasar hambre antes que pedir».

No menos complicado fue el paso de Hicham a España. Trabajaba como soldador en Marruecos y, aunque no le faltaba lo básico, estaba convencido de que podía tener un futuro mejor si cruzaba a Europa. Con 17 años viajó escondido junto al motor de un camión durante las dos horas que duró el trayecto en ferry desde Tánger a Algeciras. «Seguí los consejos de mi hermano y evité colocarme al lado de las ruedas», advierte el defensa. El viaje salió bien, pero al llegar a España los planes se torcieron. Fue descubierto por la Policía y el miedo se apoderó de él. «Por un momento pensé que me iban a deportar, pero cuando comprobaron que era menor y me mandaron a un centro de menores, respiré aliviado». En la actualidad, tiene 23 años y sabe que será complicado llegar lejos como futbolista, por eso aspira a regularizar su situación en España y encontrar un empleo, «porque aquí se trabaja la mitad de horas que en Marruecos y se gana el doble».

Los dos jóvenes se sienten orgullosos de su nueva «familia», esa que le ha devuelto la ilusión por vivir y ser futbolistas, pero también la que le ha ayudado a su integración social y la que le arropa en sus horas bajas. Esa, a la que ambos jugadores llaman su «familia», es Alma de África. A Pedro, el equipo le da la vida y no le importa trasladarse cada viernes a los entrenamientos desde Cádiz a Jerez. «Me siento como en casa, reconfortado; compartimos problemas y nos entendemos», expone el jugador. Su caso es diferente. Entró en Portugal como refugiado. Tenía solo 12 años cuando tuvo que huir de la guerra civil que estalló en su país, Guinea Bissau, en 1998. Una experiencia «difícil de olvidar» que le llevó a pedir asilo en la embajada de Portugal. Tras escapar en barco a Dakar, voló hasta Portugal donde fue acogido como refugiado. Aquí, un familiar le abrió las puertas de su casa. Alternaba el trabajo en una multinacional de comida rápida con el atletismo, su gran pasión, hasta que conoció a su actual pareja española en Portimao. Tienen un hijo en común, que nació en España hace ocho meses. Con el permiso de residencia en la mano, su sueño ahora es montar una escuela en la que dar rienda suelta a una de sus pasiones, el baile.

En total, Alma de África tiene 20 jugadores, de ocho nacionalidades (Camerún, Marruecos, Ghana, Senegal, Nigeria, Guinea Bissau, Bolivia y España), con idiomas y religiones diferentes que forman un puzle cultural difícil de encajar si no fuera por el objetivo común del fútbol. El actual entrenador, Pepe Correa, es quien ha tenido que poner orden en un grupo inicialmente indisciplinado, impuntual y anárquico, pero que poco a poco ha ido asumiendo el papel que cada uno tiene en el campo. «Al principio fue como empezar con niños de cuatro años; todos querían ser delanteros», recuerda Correa. Para el entrenador no ha sido fácil lidiar con algunas situaciones, como cuando en el primer partido de competición salió todo el equipo al campo y faltaban dos futbolistas. «Para mi sorpresa, los encontré rezando en el vestuario, lo que me obligó a decirles que no era el momento, que cuando se juega al fútbol no existe cultura ni religión», asegura.

Los gastos por temporada rondan entre 20.000 y 25.000 euros y aunque reciben ayuda de algunos patrocinadores locales, resultan todavía insuficientes. Algunos equipos de fútbol, como el Villarreal, les han donado material deportivo y algunas marcas, como Kelme, las equipaciones en las que puede leerse el artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: «Toda persona tiene derecho a buscar asilo y a disfrutar de él en cualquier país». Sin duda, toda una declaración de intenciones.