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La ciudad que 'pare' violines en masa

La ciudad que 'pare' violines en masa
  • La localidad china de Pinggu fabrica cada año más de 300.000 instrumentos musicales, que sonarán en los cinco continentes

Hay que echarle un poco de imaginación, pero al final la escultura que preside la principal rotonda del distrito pequinés de Pinggu termina pareciéndose a un violín. Gigantesco, como no podía ser de otra forma en la localidad que fabrica el mayor número de estos instrumentos musicales en el mundo. De hecho, de aquí sale un tercio de todos los violines, violas, violonchelos y contrabajos que se venden en el planeta. Más de 300.000 al año. Se suministran a cuarenta países, y muchos de ellos llegan a España, donde son utilizados sobre todo por alumnos de conservatorios de toda la geografía nacional.

«Todo comenzó hace un par de décadas, cuando una gran fábrica estatal de violines quebró», recuerda Geng Guosheng, propietario de uno de los talleres más artesanales. «Entonces muchos de los trabajadores que habían adquirido el conocimiento necesario decidieron establecerse por su cuenta. Y el negocio explotó». Geng era un carpintero habilidoso que nunca antes había visto un violín, pero olió dinero y decidió comprar uno para llevar a cabo una operación de ingeniería inversa. «Lo despiecé para aprender cómo fabricarlo. ¡Y me sorprendí mucho cuando descubrí que no había nada dentro!», confiesa entre risas.

Ahora, Geng es uno de los artesanos más reputados de Pinggu, y su pequeña empresa familiar es la que fabrica las piezas de mayor calidad. «Por el primero que vendí me pagaron solo 400 yuanes (55 euros en la actualidad), pero ahora he mejorado mucho la técnica y mis instrumentos cuestan entre 3.000 y 140.000 yuanes (entre 410 y 19.000 euros) –cuenta–. Puede parecer mucho, pero hay que tener en cuenta que están completamente hechos a mano, y que hacer algunos puede llevar hasta dos años». Así se entiende también que no haya dos instrumentos que suenen igual.

El secreto, añade, está en la madera. «Para la cubierta solo utilizo la mejor picea, de árboles que crecen en la provincia de Heilongjiang –noreste de China– y en Rusia. Lugares muy fríos. Los lados del instrumento son de arce. En ambos casos, la madera puede tardar años en secar. Alguna de las que utilizamos ha estado guardada tres lustros», ilustra. «Además, para pegar las distintas partes utilizamos un pegamento animal, no químico, que permite reparar el instrumento en caso de necesidad». Cada violín requiere de 30 a 40 capas de barniz, que tardan hasta tres meses en secarse.

A pesar del esfuerzo que le pone, Geng reconoce que en Italia todavía se hacen piezas de mejor calidad. «Es un nivel que nos costará alcanzar». No obstante, ese no es su objetivo. «Al principio, el 95% de nuestros instrumentos se vendían al extranjero, donde se demandan piezas baratas y de mala calidad. Pero ahora es China la que nos compra el 95% de la producción, así que no tenemos mucha competencia». Él solo fabrica 200 unidades al año. Para la exportación, dice, ya están las fábricas que los hacen en masa.

«Una imagen odiosa»

Huadong es la mayor del mundo. Las manos de sus 261 empleados dan forma a unos 250.000 violines al año. El 86% se exporta, y España se encuentra entre sus clientes. Pero la secretaria de la empresa, Geng Zhanghua –quien no guarda parentesco alguno con el artesano, a pesar de compartir apellido– prefiere no concretar quiénes compran los instrumentos. La mayoría son para principiantes y apenas cuestan 30 euros. Pero, como reconoce Arkaitz Mendia, profesor de viola en el conservatorio malagueño CEM José Hidalgo, los estudiantes nunca pensarían que se fabrican en una cadena de montaje como cualquier otra. «Como músico, me parece una imagen odiosa. Es como si hubiese una fábrica de cuadros de Velázquez», expone. «Para mí, un violín, o una viola, es un instrumento artesanal. Mis alumnos utilizan los fabricados en serie, pero nunca pensé que sería a esta escala».

Lógicamente, los instrumentos más económicos son producidos con maderas baratas, se pulen a máquina –una operación que influye en la calidad del sonido– y son pegados rápidamente con químicos –lo cual impide cualquier reparación–. «Ahora estamos tratando de aumentar la calidad y de reducir a unas 100.000 el número de unidades producidas este año», desvela la secretaria de la empresa.

Para ello, en una sala especial apartada de la gigantesca nave industrial en la que se apilan miles de instrumentos de todos los tamaños, un reducido grupo de artesanos centra su labor en violas, violines y violonchelos cuyo precio puede alcanzar varios miles de euros. «Para fabricar éstos utilizamos madera procedente de Croacia, y todo el proceso es manual. Queremos atraer a violinistas profesionales y a orquestas. Entre nuestros objetivos está también reducir la huella medioambiental de la empresa, ya que utilizamos mucha madera», apunta la señora Geng, reacia a permitir que una cámara entre en la cadena de producción de los instrumentos más económicos. No en vano, allí los violines son tratados como cualquier otro producto industrial. Eso sí, el control de calidad es exhaustivo.

Pinggu es un buen ejemplo de cómo se está desarrollando el sector manufacturero chino. Comenzó como fábrica de baratijas y, poco a poco, ha ido ganando valor añadido hasta ser capaz de competir con países con una larga tradición en el sector. «No podemos olvidar que el violín es un instrumento extranjero, y que solo llevamos unos 30 años fabricándolos en serio», subraya el artesano Geng. Es solo cuestión de tiempo que el distrito consiga tratar de tú a los fabricantes más reputados, a la vez que logra acaparar el mercado con su inigualable capacidad productiva. Eso sí, ninguno de los dos Geng sabe tocar el violín, ni tiene intención de aprender.

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