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La primera 'mujer acróbata' de helicópteros está en Granada: «salvar vidas es indescriptible»

La primera 'mujer acróbata' de helicópteros está en Granada: «salvar vidas es indescriptible»
/ Alfredo Aguilar
  • Débora Gómez es una piloto pionera en la patrulla de helicópteros del Ejército

El Ejército español abrió sus puertas a las mujeres en 1988. Hoy son uno de cada ocho miembros de las Fuerzas Armadas y siguen derribando barreras. La última: desde enero, la capitán Débora Gómez es la primera piloto titular del grupo acrobático de helicópteros del Ejército del Aire, la Patrulla Aspa, integrada por 14 pilotos y cinco aeronaves. Con sus 55 kilos, la madrileña domina a la perfección el Eurocópter 120 'Colibrí', de una tonelada de peso y hélices de 5 metros. «No hace falta mucha fuerza», asegura la oficial, de 35 años, que también es filóloga y antes de convertirse en instructora de vuelo sirvió cinco veces en Afganistán al mando de una ambulancia aérea con base en Herat.

En el cielo de Granada se ven muchos helicópteros. A veces son los de la DGT‘cazando’ a conductores con prisa en la autovía, pero casi siempre se trata de los ‘pájaros’ de la base aérea de Armilla, donde se forman todos los pilotos militares del país de este tipo de aparatos. Construida en 1922, tiene un perímetro de unos diez kilómetros rodeados de alambrada en este municipio pegado a la capital. En la entrada hay una barrera y un control de seguridad. Pero, una vez que enseñas el DNI y te pones la acreditación de visitante, todo son sonrisas.

La de la capitán Débora, que es como la conoce todo el mundo en la base, es franca y abierta. Con su mono azul de piloto, melena corta y nada de maquillaje, espera a las puertas de un edificio vetusto, decorado con fotos y maquetas de aeronaves de todas las épocas.

Sonríe, pero tiene una precisión muy importante que hacer: «No me considero pionera de nada. Siempre me he encontrado las puertas abiertas. Me han tratado como a uno más». Para llegar a donde está, insiste, ha hecho lo mismo que el resto de sus compañeros. «Ni más ni menos –subraya–. La Patrulla Aspa es una gran familia, y he entrado yo como podía haber entrado otra mujer o un compañero».

Según datos del Ministerio de Defensa, de los 126.000 efectivos de las Fuerzas Armadas, unos 15.000 son mujeres, el 12,5% del total. El porcentaje es algo superior en el Ejército del Aire, donde hay 2.800 féminas (13,6%), 128 oficiales de carrera (5,1%) y 21 pilotos (4,8%). De esas 21, Débora –junto a su compañera Eva Gutiérrez– fue la primera en convertirse en instructora de vuelo de helicópteros. Con su pericia a los mandos del EC-120 y su entusiasmo, era cuestión de tiempo que entrara a formar parte como titular del equipo acrobático que dirige el comandante Pablo Diego Sánchez.

«Siempre he tenido vocación. Quería poner mi granito de arena en servir a mi país», asegura. En su familia no hay militares –su padre es pastelero y su madre tuvo un herbolario y una pajarería–, pero Débora creció escuchando a su abuelo contar historias de la Guerra Civil. De niña, pasaba a menudo por delante del antiguo cuartel de Leganés, hoy convertido en la Universidad Carlos III. «Me encantaba ver los pavos reales que tenían en los jardines», recuerda.

Así que nadie se extrañó cuando, con 20 años, ingresó en la Academia General del Aire en San Javier (Murcia), donde aprendió a pilotar avionetas y cazas y, en el último curso, decidió especializarse en helicópteros. Salió en 2007 convertida en teniente y su primer destino fue el Ala 48, con base en el aeródromo madrileño de Cuatro Vientos. Trabajó en sus dos escuadrones: el 402 y el 803. En el primero, encargado del transporte de VIPs, llevó a miembros de la Familia Real y el Gobierno, en tiempos del presidente Zapatero. En esa época conoció al rey Felipe VI, que también pasó por Armilla en 1996. «A veces coge los mandos y pilota él».

Un año en Afganistán

Con el segundo cumplió cinco misiones en Afganistán. En total, casi un año en la Base de Apoyo Avanzado de Herat –compartida por fuerzas españolas e italianas– pilotando un ‘Superpuma’ que funcionaba como ambulancia del aire en misiones de evacuación de enfermos y heridos, tanto militares como civiles, desde diferentes puntos del país asiático al hospital de campaña. «Salvar vidas, ayudar a gente que lo necesita, es indescriptible», confiesa.

En septiembre de 2015 decidió cambiar de tercio y volver a los orígenes, esta vez como profesora de la escuela aeronáutica de Armilla, en la que se han formado más de 2.000 pilotos desde 1980. «Me gusta mucho la enseñanza», afirma. Vive dentro de la base, una miniciudad con polideportivo, comedor, dispensario y peluquería en la que trabajan 450 militares y 200 civiles con la misión de formar como pilotos y mecánicos a miembros de los ejércitos, la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía. Para ello disponen de una flotilla de 15 ‘Colibríes’ y 8 ‘Sikorsky’.

Débora Gómez imparte clases teóricas y prácticas a entre 6 y 12 alumnos; cada promoción se queda tres meses. Su horario de 07.30 a 15.00, comodísimo comparado con el de Madrid o Herat, le deja las tardes libres. Es una forma de hablar: después de terminar Filología Inglesa por la UNED, empezó Geografía e Historia, pero ha parado para terminar su Master en Paz, Seguridad y Defensa y estudia francés en la Escuela Oficial de Idiomas. «Soy una empollona», se excusa sonriendo la capitán, que en 2016 terminó el curso de ascenso a comandante. Y aún le queda tiempo para correr, nadar, hacer pilates y salir en bici, aficiones que explican la delgadez de esta adicta al chocolate.

El trabajo voluntario en la patrulla acrobática, fuera de la jornada laboral, implica dos o tres instrucciones a la semana y veinte exhibiciones al año. Su estreno será en Burdeos (13 y 14 de mayo) y después le esperan León y Santander en junio, Vélez-Málaga en julio y Bélgica en septiembre.  Los espectáculos de la Aspa no tienen nada que envidiar a los de cazas de la Patrulla Águila. Los helicópteros vuelan más bajo, más despacio y más cerca del público. En cada exhibición, los cinco ‘Colibríes’ realizan distintas formaciones en el aire –la pescadilla, el rombo, la flecha o la cuña– y los pilotos muestran sus habilidades con diferentes figuras acrobáticas: el despegue Rienda –en homenaje a la esquiadora granadina–, la rotura Alhambra, el tiovivo, el tornado o el cruce francés requieren una precisión increíble para evitar el contacto entre los aparatos, con un diámetro de diez metros en el rotor principal. «Volamos muy seguro, no somos camicaces: amamos la vida», bromea.

A los mandos del EC-120, matiza, no hay diferencia entre hombres y mujeres: «El helicóptero se encuentra asistido por un sistema hidráulico. No se necesita mucha fuerza». Se lo piensa y añade: «Lo que hace falta es ilusión; con eso se consigue todo». Después de haber sobrevolado los más diversos paisajes, no duda a la hora de elegir: «Mi Madrid». Quizá por eso no descarta regresar algún día a Cuatro Vientos.

Es curioso, pero cuando se le pregunta por sus ambiciones profesionales, la capitán Gómez utiliza una metáfora terrestre. Ni alas ni hélices: «Iré cogiendo los trenes que me ponga la vida, sin una meta concreta».

– ¿Y cómo se imagina su futuro?

– Quiero poder seguir levantándome por las mañanas con ganas de ir a trabajar porque me apasiona lo que hago. Me veo compaginando mi vida personal con la profesional, dejando a mis hijos en el colegio antes de irme a trabajar. Lo que busco en la vida es ser feliz. Nada más.