Ideal

Adiós al sueño del oro negro

Los hermanos José María y Jesús Rodríguez, extrabajadores del yacimiento, junto al alcalde de Sargentes, Carlos Gallo. Detrás, una de las torres de extracción.
Los hermanos José María y Jesús Rodríguez, extrabajadores del yacimiento, junto al alcalde de Sargentes, Carlos Gallo. Detrás, una de las torres de extracción. / FRAN JIMÉNEZ
  • Cierra el último yacimiento en superficie de Europa. «El petróleo lo es todo. Nuestro único futuro», claman en La Lora burgalesa

Aquellos americanos llegaron corriendo a la única centralita de Sargentes de la Lora (Burgos) con la ropa llena de petróleo. Era sábado y faltaban diez minutos para el mediodía. Jesús Rodríguez Hidalgo tenía 17 años y aún recuerda la excitación y la prisa por comunicar el notición. Después de hacer 101 agujeros en 34 días de perforaciones, la tierra por fin escupía hacia el cielo el primer manchón de petróleo. Era el 6 de junio de 1964 y aquella España todavía de color sepia pero ya en manos de los tecnócratas del aperturismo franquista creyó encontrar en el Páramo de Masa burgalés, casi en la raya con Cantabria, su particular 'eldorado' tejano.

El pasado martes se cerraron, al menos provisionalmente, las últimas esperanzas de aquella 'fiebre del oro' negro. Unas cadenas y carteles de 'prohibido el paso' advierten de que no se puede molestar a los 'caballitos' de hierro que, medio siglo después, han detenido su trote con el que hacían brotar de las entrañas de aquella paramera el crudo. Llegó a ser una orgullosa caballería de 52 armatostes repartidos por la comarca de La Lora.

Ahora, su quietud llena de melancolía el ambiente de esta planicie a más de mil metros de altura barrida por vientos y fríos heladores. Un parón que, de momento, detiene también el sueño de un futuro alejado de los temores de abandono y silencio que siempre acechan a la España interior.

El alcalde, Carlos Gallo, quiere seguir soñando porque en Sargentes y sus seis pedanías todavía con vida (eran ocho, pero dos ya están abandonadas) las esperanzas aún se pintan de negro. «El petróleo es el único futuro de la zona. Lo es todo», insiste. Desde que se confirmó el fin del permiso ministerial de explotación a la Compañía Petrolífera de Sedano (filial local de la británica LGO Energy), Gallo despliega una frenética actividad con la esperanza de que se cumplan las promesas empresariales de reabrir e incluso ampliar la explotación. Les va en ello el futuro. Porque lo contrario les llevaría a ser un ejemplo más de esa España vacía, la Laponia del sur de la que hablan los geógrafos. Cuando apareció la veta de combustible, eran unos 300 vecinos. Ahora, sus seis núcleos apenas suman 115, aunque muchos viven en Burgos. «Algunos tienen cuatro o seis vecinos en invierno y van camino del cierre», se teme el alcalde.

Leoncio Ruiz le traspasó la vara de mando en 2015 y es mucho más pesimista. Como casi todos los lugareños, también trabajó durante muchos en la explotación. De aquella experiencia heredó su actual ocupación: un surtidor en la capital burgalesa. «Me da mucha, mucha, mucha pena -enfatiza por tres veces-. Pero era una muerte anunciada». Ruiz compara la situación de su comarca con la no muy lejana del valle de Tobalina. En aquellos primeros años sesenta también soñaron con un 'energético' futuro garantizado por la central nuclear de Garoña. Desde que caducó su permiso en 2012, el valle vive un futuro difuso sin una luz que lo ilumine.

Desde hacía décadas se sabía que había petróleo en los anticlinales del Páramo de Masa, un antiguo océano interior lleno de corales y restos marinos fosilizados. Hasta que el futuro brotó del subsuelo, los lugareños miraban en realidad hacia el cielo, encargado de regar las plantaciones de cereal y de «la mejor patata de España», insisten sus vecinos. «Quizás cometimos el error de no trabajar más esa parcela y lograr una denominación de origen que nos garantiza nuestra riqueza agrícola», lamenta Carlos Gallo.

Pero el brote de petróleo lo inundó todo. «Había trabajo para todo el que lo quiso», resume Jesús Rodríguez, que fue de los que se embarcó en aquello. Su hermano, José Manuel, diez años menor, le siguió los pasos en cuanto pudo. Hoy son dos jubilados de la explotación que lo aprendieron todo desde cero. Ambos especializados en perforación, José Manuel podría resumir la frustrante historia del petróleo nacional. «Trabajé también en las plataformas del delta del Ebro (Tarragona) y Cádiz», recuerda. Pero se jubiló en mantenimiento de pozos en su pueblo.

Texas español

Serían capaces de indicar dónde está cada uno de los cientos de agujeros de búsqueda, como un buscador de níscalos conoce su pinar favorito. Desgranan sus recuerdos llenos de infinidad de anécdotas. «Aquello fue la revolución. Americanos, ingleses, italianos, canadienses... Llegó a haber casi 500 trabajadores y hasta siete bares. Las familias alquilaban camas porque no cabían en los pueblos», rememora Jesús. Extranjeros pero también nacionales: cántabros, vascos, castellanos, madrileños, todos querían vivir aquella fiebre. De ser una zona aislada, a una hora de cualquier núcleo importante, Sargentes y la comarca de La Lora 'respiraban' futuro. La sucursal bancaria movía más dinero que cualquiera de la capital, distante 55 kilómetros por una serpenteante carretera.

Empresarios y altos cargos visitaban la zona para apreciar la 'carrocería' de la nueva España. Hasta los entonces príncipes, don Juan Carlos y doña Sofía, se acercaron a conocer el fenómeno. «Sofía se tiznó el abrigo de petróleo. ¡Mira que ir con un traje claro!», bromea Jesús Rodríguez.

Las expectativas iniciales sobredimensionaron cualquier ejercicio de realismo. Se llegó a publicar que acabaría con la dependencia española de crudo extranjero. La realidad no tardó en revelarse. «Repiten en muchos sitios que llegamos a producir 8.000 barriles diarios, pero es mentira. Nunca pasamos de 4.000», admite Jesús Rodríguez. Los mayores picos de producción se alcanzaron a finales de los años 60, cuando la concesionaria llevaba cinco años dejando el altiplano como un queso gruyere. Además el alto contenido en arsénico y azufre dificultaba el refinado, lo que descartó el proyecto inicial de construir un oleoducto hasta la refinería de Somorrostro (Vizcaya). Cuando los 12 pozos todavía activos empezaron a ralentizar su bombeo la pasada Navidad, salían de allí unos 115 barriles diarios (159 litros cada uno). Si se aprovechara el 100% daría para alimentar todo el parque automovilístico español durante... unos diez segundos.

Así han salido en este medio siglo unos 17 millones de barriles. Pero los estudios geológicos siguen alimentando las esperanzas en la zona. «Apenas se ha sacado el 15% de toda la bolsa del subsuelo. Sabemos que hay algo más de 100 millones de barriles ahí abajo», insiste el joven alcalde de Sargentes de La Lora mientras visita el Museo del Petróleo. Abierto desde hace un año, recibe unas 3.500 visitas anuales. Esperan que no sea un museo más, escenario de naturalezas muertas del pasado, y que ayude a que la región no pierda el sello de ser la última plataforma petrolífera en superficie de toda Europa.

También esperan que ayude a su negocio Luis y Mariví, dueños del último bar de Sargentes. Por supuesto, se llama El Oro Negro. La vida de Mariví va pareja a esa historia. Nació el año antes de este boom y su padre trabajó durante años «en la compañía». Desde sus ventanas se ven en lontananza los 'caballitos' más cercanos al pueblo mientras patrulla junto a la barra del bar 'Petróleo', un perro azabache y mansurrón.

En Sargentes todo es excepcional. No solo el museo y los yacimientos. La zona está encuadrada en el parque natural de las Hoces del Alto Ebro y Alto Rudrón. ¿Petróleo en un parque natural? Inmejorable guión para las andanadas ecologistas. Pero el pueblo perdió ya otro 'tren energético'. Con los mejores vientos de toda Castilla apenas tiene molinos eólicos por una mala gestión. Hoy, su alcalde prefiere mirarlo todo de frente y «hacer las cosas bien para demostrar que pueden coexistir en el futuro el petróleo y el medio ambiente».