Ideal

El hombre que se inventa los euros

  • De su fábrica de conservas no salían frascos sino billetes de 50. Juan Pedro González, el mayor falsificador del país, se enfrenta a 15 años de cárcel

Juan Pedro González es una de esas personas obsesionadas con el orden, de las que alinean los lápices según el tamaño. En su casa, dentro del armario, las camisas colgaban agrupadas por colores, rayas, cuadros... Un perfeccionista. Por eso, en aquel viejo almacén del camino de Puente Tocinos –una pedanía de Murcia– a Beniaján, la nave que los vecinos temían que cualquier día se derrumbara, toda la maquinaria estaba impoluta y perfectamente organizada para producir billetes falsos. Los expertos del Banco Central Europeo concluyeron que era un artista, que sus billetes ‘ful’ eran unas copias francamente buenas.

Tras dedicarse durante años al mundo de los concesionarios, este murciano, hijo de un vendedor de tomates pelados en conserva, descubrió que tenía un don al realizar, en 1994, un fino trabajo, la documentación falsa para un marroquí llamado Abdelkrim Karim que tiempo después se convertiría en su mano derecha. El inmigrante le buscó más clientes y así se metió en el ‘negocio’ de la falsificación.

No tuvo maestros. Es autodidacta. Y tan cuidadoso que los agentes de la Brigada de Investigación del Banco de España (Bibe) y del Grupo IV de la Unidad de Drogas y Crimen Organizado tardaron un año en echarle el guante. La punta de la madeja se remonta a mayo de 2006, cuando los mecanismos de control detectaron un aumento significativo de billetes falsos en el sureste español. Al mismo tiempo, Francisco, un narco de Villena (Alicante) que traficaba con coca procedente de Vigo y hachís marroquí, usaba dinero falso. Eso les llevó a preguntarse de dónde salían aquellos euros.

La exmujer del narcotraficante, despechada, se dedicó a mandarle mensajes desafiantes: «Que te vas a cambiar billetes y vender coca (...). Te voy a mandar a prisión» o «Los carnés falsos y las tarjetas, ¿a quién se los doy? Te vas a acordar de mí toda tu puta vida». Y hasta uno que inquietaría a la Policía: «A quien quiera saberlo, porque tienes el teléfono intervenido».

Francisco fue quien, sin querer, les llevó hasta el jefe. No hubo más que seguir su Alfa Romero 156. La operación se saldó con catorce detenidos en Murcia, Alicante, El Campello, Villena y Dénia. Era mayo de 2007 y tras la fabrica de Jugosa, una supuesta empresa de conservas, descubrieron a un hombre de 50 años, Juan Pedro González, con ocho millones de euros en proceso de elaboración.

El detenido se pasó catorce meses a la sombra, pero acabó saliendo libre de cargos. A la Policía no se le pasó por alto un dato. El tiempo en que Francisco estuvo en prisión, apenas detectaron 150 billetes al mes. Al recuperar la libertad, la cifra subió hasta los 6.000 al año. Los ‘EUA0050 C00043’, como los bautizaron, habían vuelto a la circulación.

Una bici, su único lujo

En diciembre de 2011 fue detenido de nuevo. Encontraron millón y medio de euros ‘calentitos’ y otro medio millón en el horno. Francisco tenía todo lo necesario para fabricarlos: una termo-impresora, una máquina insoladora para serigrafiado, dos impresoras de inyección de tinta, una guillotina, rollos de papel plateado holográfico... Todo lo que uno puede encontrar en ese supermercado infinito que es internet. Y una red de ‘pasadores’, subalternos encargados de colocar los billetes, pagados al 10% de su valor: cinco euros por cada uno de 50.

En abril de 2012 quedó libre y ahí le perdieron la pista. Pero los ‘EUA0050 C00043’ salían de debajo de las piedras por toda la costa mediterránea. Si hasta un día detectaron alguno en una oficina para el DNI de Murcia. En su obsesión por ser el mejor, en su segunda etapa los perfeccionó aún más y no olvidó cambiar la firma de Wim Duisenberg, el presidente del Banco Central Europeo, por el de Jean-Claude Trichet, su sucesor. Era muy bueno, pero no lo suficiente para burlar las máquinas detectoras de los comercios.

El año pasado lo localizaron en su domicilio y, siempre tan amable, le juró al policía que se había retirado. Meses después, en julio, le vieron pedalear en su bicicleta de 6.000 euros, su único capricho, hasta un chalet en San Pedro del Pinatar. Al verse sorprendido por el mismo comisario que estuvo en su casa, le besó la mano y le pidió perdón por haberle mentido. Se había dejado crecer el pelo y tenía preparados varios documentos con una nueva identidad por si tenía que huir del país.

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