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Las vergüenzas de Calatrava

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La silueta del auditorio Adán Martín domina el puerto de Santa Cruz de Tenerife.

  • El deterioro del auditorio de Tenerife vuelve a dejar en evidencia al arquitecto, que ha dilapidado su reputación de estrella a base de pleitos y sobrecostes

Hubo un tiempo en el que tener un ‘calatrava’ era el anhelo de cualquier ciudad. Puentes, aeropuertos, museos o palacios de congresos con audaces composiciones y formas espectaculares convirtieron a Santiago Calatrava en el arquitecto español de mayor fama internacional a finales de los 90 y durante la primera década del siglo XXI. Hoy su nombre sigue siendo igualmente reconocido en todo el mundo, pero su reputación se ha deteriorado al mismo ritmo que sus edificios, que acumulan desperfectos, sobrecostes y problemas judiciales. El último en unirse a la larga lista de obras problemáticas del valenciano es el auditorio de Santa Cruz de Tenerife, que necesita reparaciones por valor de 3 millones de euros.

El palacio lleva el nombre del político que lo encargó –Adán Martín, entonces presidente del Cabildo y después de la comunidad autónoma– y comenzó a gestarse en 1991, aunque las obras no arrancarían hasta siete años después. Las autoridades insulares querían para la capital un edificio singular capaz de emular a la Ópera de Sídney, con cuya silueta guarda evidentes similitudes. Ubicado en un enclave privilegiado junto al mar, su seña de identidad más reconocible es una aparatosa estructura en forma de ola que se apoya sobre la cubierta y cuya única función es epatar. El conjunto se presupuestó en 24 millones de euros pero acabó costando 72, mientras que sucesivos problemas durante las obras retrasaron su inauguración hasta 2003. Las críticas no tardaron en llegar. El auditorio era una espléndida escultura, pero el arquitecto había descuidado aspectos básicos como la acústica, las cabinas de sonido, la iluminación o el tamaño de las localidades.

Cuando están a punto de cumplirse los 15 años de garantía que fija la ley para esta obra pública, un informe encargado por las autoridades insulares anuncia cambios sustanciales en la imagen de uno de los iconos de la ciudad, meses de obras y, por supuesto, nuevos sobrecostes. El revestimiento –un mosaico de trencadís muy del gusto del arquitecto– ha empezado a desconcharse, mientras que las filtraciones y humedades son frecuentes. Dada la extensión de las lesiones y el riesgo de desprendimientos parciales, los técnicos aconsejan eliminar lo antes posible toda la piel cerámica del edificio.

Pero falta conocer la opinión del autor sobre el estado de su obra. La autoridades ya se han puesto en contacto con Calatrava, que tiene quince días para responder a una misiva en la que se le exigen responsabilidades. El Cabildo confía en que sean el arquitecto y la empresa constructora quienes se hagan cargo de las reparaciones. Pero el historial del valenciano no invita a pensar que vaya a asumir sus culpas sin prestar batalla.

Los problemas técnicos que presenta el auditorio tinerfeño recuerdan sospechosamente a los que sufrió el Palau de les Arts Reina Sofía, en Valencia. Los desprendimientos de la cerámica que reviste el edificio obligaron en 2013 a vallar su perímetro y suspender las actividades. Tras una ardua negociación, el arquitecto tuvo que asumir el coste de la restauración, que se prolongó durante un año.

No era la primera vez que el auditorio daba problemas. Dos meses después de su inauguración se hundió el escenario y poco después hubo que prescindir de 154 asientos cuya visibilidad era prácticamente nula. En 2007 unas lluvias torrenciales inundaron el inmueble, dañando los motores del escenario, la iluminación y el sistema informático. El Palau era la pieza principal de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, la obra que mejor representa el alto precio que tienen los manierismos estilísticos de Calatrava. El complejo se presupuestó en 331 millones de euros y ya ha consumido 1.300 millones desde su inauguración, a pesar de que instalaciones como el Ágora siguen inconclusas.

Críticas por el sobrecoste

El sobrecoste ha resultado ser un rasgo inherente a la arquitectura del valenciano, como el gusto por las formas orgánicas o el uso de materiales descontextualizados. Su proyecto para la Zona Cero de Nueva York, al que los neoyorquinos bautizaron como ‘Calatasaurio’, costó 4.000 millones de dólares, el doble de lo esperado. Menos clemente con el despilfarro de dinero público, la prensa estadounidense tronó contra lo que consideraba «una monstruosidad autoindulgente completamente desproporcionada con su entorno» y una «vergonzosa obra pública».

A pesar de sus caras minutas, Calatrava ha resultado estar comprometido con el reciclaje. En 2006 presentó su flamante anteproyecto de la ópera de Palma, calcado al que doce años antes había elaborado para un auditorio similar en Lucerna. La obra fue desestimada por la junta electoral al presentarse apenas un mes antes de las elecciones, pero, pocos días antes de dejar el poder, el gobierno de Jaume Matas realizó una transferencia de 1,2 millones a beneficio del arquitecto. El caso obligó a Calatrava a prestar declaración en el juicio por el ‘caso Palma Arena’.

Comienza a ser frecuente que sus obras acaben en los tribunales. Ya sea porque el cliente reclama una indemnización –el Supremo le condenó a pagar 3,2 millones por los errores en el auditorio de Oviedo–, o porque el artista denuncia «daños morales» ante la alteración de su obra –como en el caso de la pasarela Zubizuri de Bilbao–, su temible departamento jurídico no descansa. Pero con cada sentencia se resquebraja la antaño resplandeciente reputación del valenciano. La guinda la puso la revista económica ‘Bilanz’, al situarle en 2015 entre las 300 personas más ricas... de Suiza. Sin embargo en su país de origen los tiempos han cambiado tanto que ahora tener un ‘calatrava’ puede ser una pesadilla para cualquier ciudad.