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China cuelga el ‘traje Mao’

China cuelga el ‘traje Mao’
  • Una pujante generación de diseñadores toma al asalto el sector más glamuroso, que crece a un ritmo del 10% anual en el gigante asiático

Empujones, gritos, ceños fruncidos, y muchos nervios. Quedan sólo 15 minutos para el inicio del desfile de Ji Cheng, el broche de oro con el que se cierra la Semana de la Moda de Shanghái, y el nutrido equipo de la famosa diseñadora china da los últimos retoques a toda velocidad. Con unas linternas LED, o incluso con la luz de los flashes de los teléfonos móviles, los esteticistas retocan el maquillaje de las escuálidas modelos, mientras un curioso ejército de amas de casa, contratado especialmente para la ocasión, se preocupa de que la colección primavera-verano del año que viene luzca en todo su esplendor. Un alfiler aquí, una puntada allá, y un toque final con la plancha tratando de no quemar a nadie.

Al otro lado del escenario, una relajada música ‘chill out’ da la bienvenida a los 600 invitados que se dejan ver en sus mejores galas. Es la nueva ‘jet set’ de China, un heterogéneo grupo de celebridades, empresarios, blogueros, y políticos. Se acomodan en los cuatro pisos de las bancadas paralelas a la pasarela, desenfundan sus móviles de última generación y esperan a que comience el espectáculo. Las luces se apagan, se hace un breve silencio y los focos se centran en el fondo. Poco a poco, los modelos desfilan con las creaciones de Ji, que vuelve a llamar la atención con elementos de la cultura china en prendas de corte vanguardista producidas con materiales reciclados tan sorprendentes como las fibras de café. «Ese es mi ADN», resume después, en su luminoso estudio de Shanghái, durante una entrevista con este diario.

Ji Cheng, que estudió en Italia y comenzó su andadura en el siempre complicado terreno de la moda independiente con la marca La Vie, es un buen ejemplo de la fulgurante trayectoria que el sector ha tenido en la segunda potencia mundial. «Al principio, cuando China se abrió al mundo, lo que la población demandaba eran deslumbrantes marcas extranjeras. La irrupción de los nuevos ricos fue un ‘boom’ para clásicos del lujo como Gucci o Louis Vuitton. Ahora, sin embargo, los clientes chinos han superado esa primera etapa esnob y buscan diferenciarse. Sobre todo los jóvenes, que están dispuestos a probar cosas nuevas. Incluso más que los occidentales. Para ellos, las empresas tradicionales europeas se han quedado viejas. El mercado para marcas chinas alternativas todavía no es masivo, pero crece a buen ritmo».

Li Bai comparte esa idea. De hecho, si él ha irrumpido recientemente en el sector de la moda independiente es, precisamente, por el gran vuelco que ha dado la clientela local. «Estuve trabajando durante años en una gran multinacional de ropa china que limitaba mucho mi creatividad. Hasta que me di cuenta de que China ya ofrece oportunidades para quienes apuestan por estilos diferentes», afirma el modisto. Su objetivo, como el de Ji, no es la clase más adinerada sino la media, que ha explotado en las ciudades y disfruta de un creciente poder adquisitivo. «Mi aspiración es que el diseño sea funcional y esté al servicio de la comodidad. No quiero hacer ropas extravagantes que nadie puede vestir, porque nuestros clientes no se dejan llevar por modas puntuales. Nuestras prendas están fabricadas con textiles de la mejor calidad, pero tienen un precio asequible».

Poco a poco, el gigante asiático se está despojando de las connotaciones negativas del ‘Made in China’. No en vano, las manufacturas de menor calidad huyen de los elevados costos del país de Mao y se refugian en otros países, como India, Bangladesh o Camboya. Las grandes fábricas chinas han adoptado la tecnología más avanzada y cuentan con una mano de obra experta, capaz de producir los diseños más complicados. Pero son más caras. «En Tailandia, por ejemplo, es muy difícil fabricar lo que yo hago», comenta la diseñadora asturiana Celia Bernardo. Se ha establecido en la ciudad de Chiang Mai después de haber vivido en Shanghái, pero continúa produciendo sus alegres colecciones de Celia B en China. «Son mucho más profesionales», zanja.

Estilo propio

No obstante, los diseñadores locales todavía necesitan buscar su estilo propio. Ji Cheng lo tiene muy claro, pero Li Bai no tanto. «Es muy difícil hablar de un estilo chino como hubo un estilo europeo o uno japonés. Vivimos en un mundo globalizado y recibimos influencias de todas partes. Somos mestizos. Vivimos una vida internacional en la que todo está cada vez más mezclado. Así, lo que nos debería preocupar a las marcas chinas es crear ropa con alma, y en una línea consistente», comenta. «Quienes no sepan mejorar su imagen de marca y expandirse morirán con la desaceleración económica», avanza.

Ren Chunhua también es de las que piensa que la China del siglo XXI es un crisol en el que se mezclan todo tipo de tradiciones y estilos. Ella vive precisamente de eso. Dirige el departamento de diseño de Galatea, la primera marca china de vestidos de novia. Pero esos blancos de fábula de hadas y príncipes azules, no los rojos típicos de la tradición china. «Somos un negocio familiar que nació con mi padre, que tenía una sastrería en Hunan –provincia del centro de China–. Hace diez años comenzamos nuestra andadura como fabricantes para la exportación. Ahí aprendimos todo lo que sabemos de boda nupcial, en la que China sigue los pasos de Occidente».

Pero no en todo, porque las clientas de Galatea son muy diferentes de las que en Estados Unidos compraban sus diseños para la exportación. «Hay que entender que la mujer china es diferente, incluso en la constitución de su cuerpo: es más baja y tiene una proporción diferente, con el busto y la cadera más pequeños. También es más conservadora, aunque en Shanghái cada vez se buscan vestidos más sexys», explica. Quizá por eso, entre las modelos que desfilan para Galatea priman «rostros angelicales, no agresivos».

En cualquier caso, el negocio va viento en popa. «En algunas bodas la novia se cambia hasta ocho veces de vestido. Así que nuestro reto es lograr que el mercado dé un giro para que el alquiler sea la opción minoritaria. Queremos que las novias compren sus vestidos como muchas hacen en Europa, donde es relativamente habitual que una hija se case con el vestido de su madre». Otro de los retos de Ren es la expansión de su negocio, que está presente de momento en tres ciudades. «Queremos ir despacio. Porque hay muchos inversores cuyos intereses no son los nuestros, y eso lleva a que las marcas mueran de éxito», señala.

Sin duda, muchas empresas chinas tienen su horizonte empresarial en el extranjero. Pero también son conscientes de las dificultades que conlleva. Ji Cheng, por ejemplo, en 2012 trató de abrirse camino en Londres, donde estableció su base para atacar el mercado europeo. «No dio buenos resultados. Quizá llegamos demasiado pronto», explica. Tuvo que cerrar en 2014. Ahora quiere probar suerte en Japón, donde la cultura es más afín a la suya. Por su parte, Li Bai cree que la internacionalización requiere de una base sólida en casa. «Sólo si conseguimos ser muy fuertes en China lograremos que el mundo nos conozca. No queremos convertirnos en esas pequeñas marcas que apenas logran sobrevivir en París, donde abren sucursal por lo glamuroso que suena y no por el negocio real que proporciona. En lo que nos tenemos que concentrar es en estar al día con los vertiginosos cambios de China. Y no es fácil».