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Campeones de superación en el Dakar

  • Los españoles Isidre Esteve y Albert Llovera y el francés Philippe Croizon toman la salida y desafían las barreras de la discapacidad

Entre los más de 500 participantes que ayer tomaron la salida del rally Dakar 2017 en Asunción hay quienes lo tienen, dentro de la dureza del reto, aún más difícil. Albert Llovera (Andorra, 1966) quedó parapléjico en un accidente de esquí con solo 17 años. No siente nada del pecho para abajo, pero eso no le impidió convertirse en piloto de rallies. En 2015 logró terminar el Dakar por primera vez a bordo de un ‘buggy’ y el año pasado lo hizo a los mandos adaptados de un camión de nueve toneladas. Solo con las manos. Su presencia de ánimo es un ejemplo. «En mi vida hubiera pensado que llegaría hasta donde he llegado –ha confesado a la prensa deportiva–. Si te quedas en casa, te consumes». Su meta este año es superar la posición 35 del pasado. Teme a la altitud porque le causa fuertes espasmos y problemas para alimentarse. Llovera, que tiene una tienda de ortopedia, ha diseñado dispositivos de adaptación a la conducción; su solución para evacuar la orina es tan práctica que ya la han adoptado otros pilotos. A las dificultades habituales se une, en su caso, la necesidad de vigilar su trasero, que se llaga a causa de la inmovilidad y el calor: hace dos años la cabina superó los 60 grados durante varios días y el coche se paró porque la gasolina ardía. Su culo también.

Este mismo problema avivó la creatividad de Isidre Esteve (Lérida, 1972). Después de quedar cuarto en la categoría de motos en dos ocasiones, una caída en una prueba en Almería le dejó inmovilizado de cintura para abajo en 2007. Un año y medio después regresó, esta vez al volante de un todoterreno. Logró terminar la durísima prueba, pero las úlceras por presión en los glúteos tardaron meses en curar. Con ayuda de su equipo, el KH7, en 2011 comenzó a diseñar un cojín inteligente que favorece la irrigación sanguínea y previene las heridas. Ayer lo estrenó. «Cuando estoy en el coche no hay lesión. La silla de ruedas no es un problema para competir con los mejores –aseguraba el catalán hace unos días–. El mundo del motor es el mayor ejemplo del deporte inclusivo».

Quizá el mejor ejemplo de ello sea Philippe Croizon, el primer piloto del Dakar amputado de las cuatro extremidades. Las perdió hace más de 20 años cuando sufrió una descarga eléctrica mientras arreglaba la antena del tejado de su casa; estuvo 20 minutos pegado a la escalera, que hizo de toma de tierra, antes de ser descubierto. Mientras yacía en una cama de hospital, vio en la tele un reportaje sobre una mujer que cruzaba a nado el Canal de la Mancha. «Vivo sin hacerme preguntas», admite. Hace unos años consiguió nadar tres de los cuatro estrechos que unen los continentes. Gracias a un sistema que le permite conducir un ‘buggy’ de BMW con dos ‘joysticks’ adaptados a sus muñones, similares a los mandos de un videojuego, y con el patrocinio del millonario catarí Nasser Al Attiyah (campeón ayer en autos), participa en el raid sudamericano. Y que nadie le subestime: en el Rally de Marruecos quedó decimoquinto de 27 en su categoría.

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