Ideal

La Chana vuelve a bailar

La Chana, en la cocina de su casa, charla con Lucija Stojevic durante el rodaje del documental que ha recuperado su historia y su arte
La Chana, en la cocina de su casa, charla con Lucija Stojevic durante el rodaje del documental que ha recuperado su historia y su arte
  • Un documental sobre la vida de Antonia Santiago arranca las lágrimas al público del festival más importante del mundo. La gitana rubia, diosa del zapateado, renace de sus cenizas

Cuando Antonia Santiago Amador (Barcelona, 70 años) era solo una niña, cada una de las canciones que sonaban en la radio que alegraba su casa de la calle Juventud, en Hospitalet de Llobregat, quedaban grabadas en su cabeza. Memorizaba cada compás, cada acorde, y al día siguiente, en cuanto podía escaparse, corría al campo con dos ladrillos bajo el brazo. Luego los colocaba con cuidado sobre el suelo, se encaramaba sobre ellos y comenzaba a bailar. La muchachita a la que con el tiempo el mundo conocería como la Chana ha tenido una de esas vidas en las que las alegrías y las penas se han ido sucediendo con la misma intensidad con la que ella ha sido capaz de sentir la música y golpear los tacones de sus zapatos contra el suelo.

Con el tiempo –y contra todo pronóstico– aquella niña se convertiría en una estrella a cuyos pies se rindió, no solo la nutrida familia flamenca, sino el mismísimo Hollywood. Un cuento de hadas que se truncó cuando su marido, un gitano con el que se casó cuando solo tenía 17 años, decidió que ya había saboreado suficiente gloria y que la sólida industria cinematográfica norteamericana que la reclamaba con tanto entusiasmo no estaba hecha para ella. Cuando cumplió 33, el hombre que había jurado protegerla, amarla y respetarla todos los días de su vida, la retiró de los escenarios y se dedicó a amargarle la existencia.

Ahora, que han pasado ya casi cuatro décadas, la bailaora ha vuelto a recuperar su estrella de la mano de Lucija Stojevic, una intrépida cineasta croata de 36 años que ha contado su historia en un documental alabado por los 280.000 espectadores de la vigésimo novena edición del Festival Internacional de Amsterdam (IDFA), el más prestigioso en el mundo del documental.

– Antonia... usted acompañó a Ámsterdam a Lucija, la directora del documental, a recoger el premio del público. ¿Cómo se sintió?

– Muy bien. Ha sido emocionante ver a la gente llorar después de asistir a la proyección.

– Es una historia dura...

– Mi vida ha sido dura. Yo nunca estudié. No había para comer, así que, ¡cómo para ir al colegio! Ni siquiera tuve unos zapatos hasta que fui mayor. En mi primera actuación, cuando mi tío el Chano (por eso me llamo yo así) me consiguió un trabajo en una sala de fiestas de Llorens de Mar, bailé con unos zapatos viejos que me dejó la madre de un amigo. Pero salió bien. Aprendí sin saber; lo mío ha sido siempre pura improvisación, aunque ayudó bastante la fuerza que logré en las piernas subida a aquellos ladrillos en los que practicaba.

– Pero luego, cuando se hizo famosa, su marido se encargó de estropearlo.

– Sí. La vida era entonces de otro modo. Me casé con otro gitano siendo muy joven creyendo que estaba enamorada, pero cuando estaba en lo más alto me retiró. Creo que debió ser la envidia. No lo sé. El caso es que quiso volver al lugar en el que vivía su familia y yo lo dejé todo, hicimos las maletas y nos instalamos en Santander. Entonces no tenía opción. Esas cosas no se podían cuestionar.

– Luego consiguió liberarse...

– Sí. Costó mucho pero al final las cosas han vuelto a donde debían estar.

– Cuentan que, en 1968, Manolo Caracol, que por aquel entonces dirigía el tablao ‘Los Canasteros’ en Madrid, rechazó hacerle una prueba. Que el maestro al verla dijo: «¡No hombre, no, de Barcelona y rubia, no!» Dicen también que luego, al verla bailar gracias a su insistencia, gritó: «¡Viva Cataluña!»

– Eso es cierto, pero es que yo no era del tipo normal... Ni siquiera en casa lo entendía bien. Entonces los gitanos de Cataluña tocábamos y bailábamos rumba, Peret..., esas cosas. Lo mío era diferente. Cuando mi tío me dijo que bailara y me organizó la primera prueba yo le dije: Por favor, no le digas al papa que hago esto porque no me dejará. No le gustará.

Una feliz casualidad

La historia de la Chana llegó a manos de Lucija Stojevic por pura casualidad. La cineasta, criada en Viena y formada en Edimburgo, se instaló en Barcelona hace siete años arrastrada por el mismo espíritu nómada que la ha llevado de un sitio a otro desde que cumplió los 18. Después de pasar un tiempo firmando reportajes audiovisuales en periódicos como ‘The Guardian’ y ‘The New York Times’ y un par de cortometrajes, buscaba una historia para hacer un largo cuando la casualidad cruzó a la diosa del zapateado en su camino. «Los cortos te dejan con ganas de más. En esas estaba, buscando un tema, cuando decidí apuntarme a clases de flamenco. Mi profesora, Beatriz del Pozo, me habló un día de su maestra. La primera vez que vi a la Chana bailar en ‘The Bobo’, la película protagonizada por Peter Sellers, quedé en shock».

Lucija explica que poco después le dijeron que Antonia tenía ganas de contar su vida; una existencia llena de capas en la que ha abundado el dolor. Cuando le preguntamos a la cineasta cómo decidió meterse en semejante lío – teniendo en cuenta que ninguna productora española quiso apoyar el proyecto–, asegura que, aunque ha sido complicado, ha merecido la pena.

Cuatro años y medio le ha llevado sacar adelante el proyecto. Un tiempo en el que ha pasado muchas horas con la protagonista de su documental y en el que reconoce que ha sido difícil encontrar el equilibrio entre el retrato íntimo que pretendía dibujar y la parte más pública de una mujer que nació para bailar. «Como era complicado optamos por utilizar el baile como hilo conductor. Primero es una joven convertida en estrella; una diosa del ritmo y de la improvisación como nunca había habido. Luego, analizando una de sus actuaciones la propia Antonia cuenta, por ejemplo, que aquel día no estuvo bien porque había bailado con dos costillas rotas. Sutilmente ella misma introduce su tragedia en la narración».

Mientras digiere el éxito cosechado en Holanda, la cineasta recuerda cómo se vio obligada a crear la productora Noon Films para echar a andar el proyecto porque en España no había nadie dispuesto a poner un duro. «La mayor parte del dinero llegó desde Estados Unidos y Japón, donaciones de gente en lugares en los que aportar tu dinero para algo como esto tiene significativos beneficios fiscales. El resto lo conseguimos a través de una plataforma de crowdfunding, pero fuera de España también. Por último, una productora islandesa se interesó por la historia».

Stojevic apostó por contar la vida de la bailaora extrañada de que hasta ahora no se hubiera hecho nada parecido –«algún reportaje sí, pero nada a fondo»– y de que, teniendo una artista de este nivel, en España no se la reconozca como merece y muchos de quienes sí la valoraron simplemente la hayan olvidado. Afirma que es puro contraste; que puede ser una diva y la mujer más humilde del mundo. «A mí me apasiona contar su vida porque en ella se puede ver a una artista de primer nivel pero también a una mujer sencilla. Pongo un ejemplo: ella es muy diva, muy estrella, y precisamente por eso pensé que no me dejaría, por ejemplo, grabarla en su casa sin arreglar. Pues bien, la hemos podido grabar hasta en pijama, al natural, hablando con total naturalidad de todos los temas que le hemos querido preguntar». La cineasta cree que haber sido gitana creó en ella una diversidad de sentimientos. «Por un lado es su vida, su familia, sus orígenes y está orgullosa de ellos. Por otro, ha sido una mujer incomprendida que no tenía posibilidad de escapar de su entorno. Digamos que su circunstancia la protegía y al mismo tiempo la asfixiaba».