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Por fin ve la luz el libro de libros más esperado

Por fin ve la luz el libro de libros más esperado
  • Se publica en España el libro del fotógrafo André Kertész de gente leyendo. Un clásico que permanecía inédito

Gente leyendo en la soledad del bosque, en el silencio de las azoteas, en el bullicio de los mercados. Gente absorta en la lectura del periódico o embebida en los libros sagrados. En esta época de omnipresencia de lo digital y las pantallas, ver a personas leyendo sin prisas, solazándose en pasar las páginas impresas en tinta, produce una rara gratificación. Curiosamente uno de los libros que mejor homenajea al lector es obra de un fotógrafo: André Kertész. Se trata de ‘Leer’, que publican de forma conjunta las editoriales Periférica y Errata Naturae, un volumen con más 60 instantáneas que permanecía inédito en España.

El libro de André Kertész (Budapest, 1894-Nueva York, 1985), uno de los fotógrafos más influyentes del siglo XX, ha sido imitado hasta la saciedad. Muchas de sus imágenes han ilustrado de forma aislada suplementos literarios y revistas dominicales. Cuarenta y cinco años después de que apareciera en Estados Unidos, por fin se publica en España este proyecto de largo aliento. No en balde la primera foto data de 1915 y la última de 1970. «Kertész era hijo de un librero judío. Entendía que la lectura era un acto íntimo que igualaba y homogeneizaba a gentes de lugares muy distintos por ser una actividad universal. Le parecía que cualquier persona que leía vivía una aventura diferente. Y al mismo tiempo le gustaba imaginar y fantasear cosas de los lectores, de modo que esa intimidad se compartía y él podía entrar en ella», dice Julián Rodríguez, editor de Periférica.

Maestro de Cartier Bresson y Brassaï, Kertész habría sido corredor de bolsa, uno más, si hubiera cumplido los designios que para él había abrigado su familia. Pero un manual de fotografía olvidado en un desván cayó en sus manos y su vida cambio de manera irremisible. Se compró una cámara Ica y aprendió los secretos del oficio de forma autodidacta.

Vistas hoy, sus imágenes celebran el poder absorbente de la lectura y el gozo que transmite esta actividad solitaria. Una magia de la que carece el libro digital. «A Kertész le encantaba el libro como objeto. Cuando le daban a firmar un libro, retocaba con un lápiz algún defecto de la edición que no le gustaba mucho. Le fascinaba aquello que era táctil y sensorial. Algunas de estas fotos se pueden ver en internet, pero su verdadero poder de seducción se produce cuando se observan impresas. Hemos elegido un papel que es exactamente igual al de la edición norteamericana», asegura Rodríguez.

El magnetismo de las imágenes estriba en que invitan a la imaginación. Como dice en el prólogo Alberto Manguel, bibliófilo e historiador de la lectura, «en las fotos de este volumen, los lectores están allí, leyendo frente a nuestros ojos, pero también (sospechamos) ejecutando de soslayo actividades secretas, inauditas, peligrosas, exactamente al borde de los que nuestra imaginación juzga como verdadero».

Soldado en la Gran Guerra

Los retratados jamás miran a la cámara, tan poderosa es la atracción que ejerce la lectura. El acto de leer fue todo un ‘leitmotiv’ para el fotógrafo, que atrapó a los lectores de sus obras siempre en blanco y negro. Cuando era un soldado del Ejército austro-húngaro en la Gran Guerra, ya empezó a obsesionarse por las personas que leían. Una herida en el brazo le apartó de la contienda. Durante su convalecencia en el hospital, tuvo tiempo de sobra para experimentar con su cámara y alumbrar cuerpos distorsionados.

Hungría, Francia y EE UU son los escenarios de su obra. En el París de las vanguardias y de la bohemia de Montparnasse se hizo amigo de Mondrian, Chagall, Man Ray y Tristan Tzara. Fue en la capital francesa donde inmortalizó a sus amigos artistas, como Vincent Korda, la novelista Colette y el cineasta Eisenstein.

En el libro que nos ocupa hay fotos realizadas con placas de vidrio, cámaras de rollo y una Polaroid SX-70, que comenzó a emplear en Estados Unidos al final de su vida. Pionero del fotoperiodismo, huyó de París cuando el nazismo se convirtió en una amenaza palpable y puso rumbo a Nueva York. De esta época son muy aplaudidos los juegos de perspectivas de azoteas que hizo con teleobjetivo desde la ventana de su apartamento en Washington Square.