Ideal

Ciudadanos de Kiev y turistas pasean junto a un mural que simboliza el renacimiento del país, obra del galo Julien Mallan y su colega ucraniano Alexey Kislov.
Ciudadanos de Kiev y turistas pasean junto a un mural que simboliza el renacimiento del país, obra del galo Julien Mallan y su colega ucraniano Alexey Kislov. / ROMAN PILIPEY

Las paredes de la paz

  • 200 muralistas se confabulan para teñir de color y sueños de libertad la capital ucraniana. Su siguiente meta, las fachadas de Irán, Siria y Palestina. Contra la violencia, arte colosal

La piel de cemento fría y agrietada de Kiev lleva camino de convertirse en un diario abierto. En sus páginas de hormigón no hay parrafadas, solo imágenes, alegorías hechas a brochazos y a golpe de aerosol que proyectan esperanzas mayúsculas a todo color. Desde que la bala de un francotirador atravesó el cuello del joven Sergei Nigoyan en la plaza de la Independencia de la capital ucraniana, hace ya casi tres años, los poros de la maltratada megalópolis supuran justicia, anhelos de paz y sueños de bienestar. Aquel sangriento 22 de enero de 2014, un salvaje operativo de las fuerzas policiales segó la vida de cinco compatriotas e hirió a otros trescientos manifestantes. Protestaban de forma pacífica por la decisión del Gobierno de no asociarse a la Unión Europea y de afianzarse en la órbita de la Rusia de Putin. El primero de los activistas del movimiento 'Euromaiden' en caer muerto era un muchacho de apenas veintiún años. En las semanas sucesivas, la confrontación entre el régimen de Viktor Yanukóvich y los hoy considerados héroes de la Revolución de la Dignidad dejaría un saldo superior al centenar de víctimas mortales. Todas ellas civiles.

Las paredes de Kiev no dejan de soñar en alto y a lo grande desde aquel invierno luctuoso. Una de ellas, la primera en hablar, lo hace a través de la mirada inocua y despierta del veinteañero barbudo de origen armenio al que un tiro certero convirtió en trágico icono de aquella rebelión serena en contra de los clichés castrantes del pasado. El artista portugués Alexandre Farto se ocupó de inmortalizar el rostro de Sergei y de amplificar su imagen como símbolo de vida y de libertad sobre la violencia. Vhils, como se hace llamar, se descolgó por el canto de un edificio de viviendas localizado en pleno centro de la capital y, ayudado por voluntarios y sin ningún apoyo institucional, sus pinceles resucitaron al malogrado joven. «Los ojos de Sergei son los de todas aquellas personas que perdieron sus vidas en el nombre de la libertad para elegir su propio futuro. Esta era la única forma en la que podía expresar mi respeto hacia todas ellas», explica el pintor.

Agitar conciencias

El colosal lienzo sirvió para transformar en orgullo la tristeza de su padre -agradecido a «todos los que respetan la memoria de mi hijo y trabajan por reforzarla»- y, también, para movilizar a doscientos muralistas de todos los rincones del planeta. Convencidos de que el arte urbano en formato XXL puede agitar conciencias e insuflar la ilusión y el optimismo allá donde impera la ley del más fuerte, se han confabulado para, cada uno en su estilo, abrir brechas de color y esperanza en los paredones urbanos de las ciudades del mundo más castigadas.

El artista local Alexander Grebenyuk firma 'El hombre hecho a sí mismo', al que ilustra escribiendo en una antigua máquina de la que salen decenas de folios. «Cuanto más escribe y aprende, más ser humano se hace», cuenta. El australiano James Reka ha optado por plasmar el amor de una madre por su hija en dos grandiosos murales gemelos, como «mensaje que debe ser trasladado a las generaciones venideras en Ucrania». Fintan Magee, también procedente de las antípodas, ha retratado a Hanna Rizatdinova, gimnasta originaria de Crimea afincada en Kiev, flotando en el aire. Lo ha titulado 'La soñadora', en referencia a las valientes críticas que la deportista hizo hace dos años tras el intento de Rusia de anexionar la península ucraniana y que provocó la condena de la comunidad internacional. Así, hasta una treintena de trabajos que han convertido Kiev en un alegre museo urbano.

El proyecto 'El arte nos une' no ha hecho más que arrancar. Se propone cruzar mares y continentes para hacer que otros lugares en conflicto, como Irán, Siria o Palestina, hablen y sueñen por las paredes.

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