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Hoy deciden si las Fallas serán Patrimonio Inmaterial de la Humanidad

Hoy deciden si las Fallas serán Patrimonio Inmaterial de la Humanidad
  • La fiesta valenciana está a punto de lograr la misma categoría universal que el tango, el teatro Kabuki o la cocina francesa

A  la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) le gusta cómo arde Valencia cada mes de marzo. Después de asistir a las últimas hogueras y familiarizarse con los ninots, la mascletá o la nit del Foc, considera que las Fallas proporcionan a los ciudadanos una oportunidad para «ser creativos y salvaguardar una tradición de arte y artesanía», que ayudan a «reforzar su identidad cultural y la cohesión social», y que constituyen una «fuente de orgullo colectivo». A la institución con sede en París tampoco se le escapa que, en el pasado, la Cremá fue un modo de «preservar la lengua valenciana cuando estaba prohibida», y también lo valora. Así lo ha puesto por escrito en un informe que viene a ser el salvoconducto para declarar la ardiente bienvenida a la primavera como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Si hay o no finalmente fumata blanca para la capital naranja, se sabrá mañana, a última hora, o bien el jueves. Es cuando está previsto que el jurado, reunido desde ayer en la capital de Etiopía, emita su fallo definitivo.

Este reconocimiento forma parte de un programa que la Unesco puso en marcha en 2008. El organismo internacional entiende que el patrimonio cultural no se limita a monumentos y colecciones de objetos, sino que, además, comprende usos o expresiones vivas heredadas de nuestros antepasados y transmitidas a las nuevas generaciones, como tradiciones orales, artes del espectáculo, rituales, actos festivos, el acervo de conocimientos o técnicas artesanales. Consciente de la especial fragilidad de todas estas manifestaciones, hace ocho años decidió implementar un plan para «garantizar una mejor visión de los bienes intangibles de las distintas culturas del planeta y propiciar así una mayor concienciación en la importancia de protegerlas». Desde entonces, ha permitido el acceso a ese selecto club a la caligrafía china, el Día de los Muertos de México, el café árabe «como símbolo de generosidad», el Ballet Real de Camboya, el Carnaval de Barranquilla, en Colombia, o el flamenco.

En su nueva edición, el órgano de la Unesco que se ocupa cada año de evaluar las propuestas que le envían medio centenar de países parece ver con buenos ojos la incorporación de la fiesta valenciana al listado de 336 tradiciones orales, escritas o artísticas de los cinco continentes que han logrado el estatus de universal. Es el caso de la tapicería de Aubusson, en Francia, la ópera de Pekín, el canto pastoral sardo, la comida gala, el teatro Kabuki, el mariachi, la dieta mediterránea, la cetrería, la Escuela Española de Equitación de Viena o el tango.

Un año después de que la capital del Turia presentara la candidatura, seis representantes de otras tantas ONG y seis técnicos expertos en patrimonio cultural –cada uno de los doce de un país diferente– están a punto de emprender las últimas deliberaciones y emitir sus votos. Expectantes ante lo que ocurra, alrededor de 100.000 valencianos tienen sus ojos y sus esperanzas puestos en Adis Abeba, sede este año de la sesión del comité intergubernamental para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial. Esa es la legión de ciudadanos que integran las 380 comisiones falleras que dan cuerpo y vida a una celebración tan explosiva como enigmática. Aunque se conserva documentación que acredita que, ya en el siglo XVIII, Valencia echaba humo cuando el invierno se aproximaba a su fin, el origen exacto de esta tradición es incierto.

«Hay una teoría romántica, pero poco verosímil, que apunta a que era la forma en que el gremio de los carpinteros honraba a su patrón y festejaba la llegada de la primavera. Sin embargo, resulta más razonable encajarla en la cultura mediterránea del fuego asociada a los solsticios, a la tradición del carnaval, por su importante componente satírico, y a la de los muñecos de la Cuaresma», explica a este periódico José Martínez, secretario general de la Junta Central Fallera, un organismo dependiente del Ayuntamiento de Valencia que gestiona y coordina todos los actos. Para ello, los doscientos voluntarios que la integran se reúnen todas las tardes del año.

Doce fiestas a por el título

Los escritos de hace trescientos años recogen cómo eran las fallas de la época. A falta de descubrir las tres dimensiones, los valencianos construían en paja, tela y madera una suerte de esculturas que exhibían apoyándolas sobre las fachadas de los edificios. En la actualidad, un prestigioso gremio local de artistas especializados se ocupa de esculpir –la mayoría lo hace en poliestileno expandido o corcho blanco– los 760 espléndidos y burlones conjuntos escultóricos que consume la Cremá. Cada comisión ciudadana encarga la elaboración de dos, uno de adultos y otro infantil, y los sufraga en un 75% de su propio bolsillo. El resto corre a cargo de la Administración pública.

A poco más de tres meses para que la pirotecnia prenda este colosal akelarre, la Junta Central Fallera ya dispone de los datos de cada uno de los efímeros ‘monumentos’. Incluidos los económicos. Las 380 infantiles han costado 1,7 millones de euros, y las de los mayores, 5,3.

Declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional desde 1965, la atronadora e infernal liturgia de las Fallas ejerce de potente imán para cerca de un millón de visitantes, que se acercan a la capital levantina entre el 15 y 19 de marzo. Su gancho es indudable. Aun así, recibir la distinción de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad supondría un reconocimiento múltiple. «Aunque no conlleva ningún tipo de recompensa económica, lo vemos como un sello de calidad y de prestigio. Obtenerlo significaría que se aprecia nuestra fiesta en su vertiente social y cultural. Vendría a decir que cualquier ciudadano del mundo se puede sentir reflejado en ella. Pero también tendría una repercusión positiva en otros aspectos. Sin duda, serviría como un importante empujón para potenciar la pirotecnia autóctona, la lengua valenciana y nuestro sentido identitario», destaca el secretario general de la Junta Central Fallera.

Después de una criba inicial, la Cremá prácticamente roza con los dedos un título al que también optan otras 36 manifestaciones culturales del mundo. Entre ellas, doce fiestas más, como la vendimia de Vevey, que se celebra en Suiza a intervalos de más veinte años; el ritual y la cultura que conlleva en Bélgica la elaboración de la cerveza; un festival de carrozas con el que concurre Japón o un desfile que profesores y alumnos de Bellas Artes protagonizan en Bangladesh. La Unesco debe decidir ahora si merecen ser conservadas «frente a la creciente globalización» y si «contribuyen al diálogo entre culturas y a promover el respeto hacia otros modos de vida». Baremos idénticos que aplicará al resto de candidaturas, entre las que también figuran la rumba cubana, el merengue dominicano o el yoga, otra de las bazas indias.

Hasta la fecha, España ha sabido aprovechar su diversidad cultural y su riqueza de tradiciones para hacerlas valer con éxito ante la Unesco. Tanto es así que en la todavía exigua trayectoria de este programa de realce de bienes intangibles de los pueblos ha conseguido introducir un total de doce, lo que le sitúa en la cuarta posición del ranking mundial. Le superan China, con 30, Japón (22) y Corea del Sur (18).

La Fiesta de los Patios de Córdoba fue la última manifestación cultural en recibir el plácet de la Unesco, que anteriormente obtuvieron el Misterio de Elche, el Silbo Gomero o los Castells. Por el camino se quedaron hace un par de años las Tamborradas de Semana Santa. «No porque no lo merezcan, sino por un defecto de forma en la presentación de la documentación, que es muy exigente, además de compleja desde el punto de vista técnico. En el siguiente intento acabarán obteniendo la declaración», aseguran fuentes autorizadas del área de Protección de Patrimonio Histórico de la Secretaría de Estado de Cultura.