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Aparcados en el aeropuerto

Aparcados en el aeropuerto
  • Un centenar de caravanas toman el parking B del aeródromo de Los Ángeles. A sus trabajadores no les compensa ir y volver a casa al finalizar su turno y han improvisado una ciudad dormitorio

Sin saber cómo, las caravanas fueron creciendo en número y sus inquilinos, creando una suerte de barrio residencial cutre donde antes solo había asfalto. Ahora son cien las casas volantes que inundan el aparcamiento B del aeropuerto de Los Ángeles y, en justa correspondencia, un centenar largo las almas que se cruzan por las improvisadas calles yendo o viniendo del trabajo. La diminuta ciudad dormitorio nació, como nacen la mayor parte de las cosas, a fuerza de necesidad. En el año 2008, con la mayor crisis económica de la historia castigando sin piedad, los trabajadores del tercer aeropuerto del país de las oportunidades decidieron que no tenía sentido volver a casa -la mayor parte de las veces, a varias horas de distancia- entre turno y turno. Al principio eran solo unos pocos, pero el vecindario fue creciendo conforme la voz se fue corriendo y pilotos, oficiales de vuelo, trabajadores de mantenimiento y mecánicos hicieron cuentas. Por cien dólares al mes (90 euros), uno tiene un techo en el que cobijarse y descansar hasta el próximo viaje.

Todd Swenson, un piloto de 40 años que trabaja para Alaska Airlines, ha contado a BBC Mundo hace solo unos días que corren malos tiempos para un oficio al que la mayor parte de los mortales miramos con envidia, convencidos de que la mayoría, además de ganar un montón de dinero, vive rodeada de glamur. «Quise ser piloto toda mi vida. Esto puede ser horrible, pero tengo que ganar dinero para mi familia y me fascina pilotar», explica el hombre, cuya esposa e hijo de 7 años viven en Fresno, una ciudad situada a unas cuatro horas de Los Ángeles en coche.

Todd gana 63.000 euros al año, vive en un tráiler del año 1973 (que era de su padre), las ventanas tapadas con cortinas oscuras para poder dormir durante el día. Hace deporte en un gimnasio cercano y se ducha allí para ahorrar agua. Así hasta que acumula unos días libres y puede volver a casa. Desde luego, nada que ver con la idea romántica que uno tiene de alguien capaz de hacernos surcar los cielos y sortear las nubes.

La vida en la ciudad de las caravanas es, en cualquier caso, una vida tranquila. Los inquilinos han impuesto sus normas para evitar problemas y solo se aceptan nuevos vecinos si acreditan unos requisitos y se comprometen a cumplir unas normas que obligan, entre otras cosas, a ser silenciosos y limpios.

Sin embargo, ese espacio poblado de viviendas ambulantes, más parecido a un selecto campamento de refugiados que a cualquier otra cosa -por más que sus inquilinos vayan a trabajar como pinceles-, podría tener los días contados. La prensa californiana ha publicado estos días que la entidad que gestiona el aeropuerto, Angeles World Airports, empieza a pensar que el asunto se les ha ido de las manos y no descarta desalojar la zona y rogar a la comunidad que se busque otro lugar para plantar sus casas.

Un ruido difícil de soportar

Como Todd, Jim Lancaster, otro piloto de Alaska Airlines, pasa quince días al mes en ese aparcamiento. Cada cuatro minutos, los rugidos de los aviones le recuerdan dónde está y le impiden conciliar el sueño, pero a él no le importa. Su mujer reside en el Estado de Washington, en una casa con fantásticas vistas a la bahía de Puget, y haberse instalado allí junto a otros compañeros le ahorra el dinero que pagaría por un apartamento en Los Ángeles y las muchas horas de vuelo que debería añadir a su ya apretada agenda para poder pasar unas horas junto a la familia. La idea, dice, es aguantar para no tener que sacar a su mujer y su hijo de su hogar. Por eso se ha comprado «una máquina de ruido blanco», algo así como un aparato que emite sonidos relajantes con los que, dice, amortigua el estruendo de los motores de esos enormes pájaros cargados de gente que no dejan de pasar. Tanto Jim como sus colegas aseguran que el sector está herido de muerte tras los atentados del 11-S, el brote del síndrome respiratorio agudo severo de 2003 (un vuelo de la compañía Air China que salió de Hong Kong con destino a Pekín propagó hace más de una década por Asia una epidemia) y la crisis económica más severa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Lo cierto es que, aunque no todos los empleados del sector viven tan angustiados, y sigue habiendo compañías que pagan generosamente a sus tripulaciones, no es oro todo lo que reluce. Hace poco escuché cómo le preguntaban a un piloto español por su trabajo. El hombre contestó: «No tienes tanto tiempo libre como tus vecinos se creen, ni tanto dinero como tus parientes se piensan, ni tantas novias como tu mujer imagina». Debe de ser verdad.

Conocido como LAX, el aeropuerto de Los Ángeles ofrece 692 vuelos diarios a 85 ciudades en Estados Unidos y 928 semanales sin escalas a 67 ciudades del planeta. Antes del 11 de septiembre de 2001 era el tercer aeropuerto con más tráfico del mundo.