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El refugiado que huyo de su país y hoy en España es un chef 'a la carta'

Un voluntario de la asociación Madrid for Refugees sirve comida a los invitados a la cena en favor de los desplazados.
Un voluntario de la asociación Madrid for Refugees sirve comida a los invitados a la cena en favor de los desplazados. / MARTA JARA
  • Khaled se fue de Siria y se gana la vida preparando cenas en pisos particulares. Hay refugiados como él: son los ‘chefugees’

Khaled al-Dier empezó ofreciendo cenas en casas de particulares y ahora está haciendo dos cursos de alta cocina, uno por internet y otro presencial. Prepara el tabulé con la destreza de un profesional y da a sus platos un inconfundible toque de especias. Khaled, de 24 años, es un refugiado sirio que decidió escapar de las bombas cuando quedó malherido por la metralla en un pie. Su madre, una profesora de inglés que guisaba para sus ocho hermanos en la casa familiar en Daraa, al sur de Siria, le conminó a abandonar el país. En su éxodo dejó atrás Jordania, Egipto, Argelia, Marruecos, España y Bélgica para volver de nuevo a España. Gracias a la asociación Madrid for Refugees (MFR) se está labrando un currículum. «Hace cinco días terminé unas prácticas como pizzero en un restaurante italiano. Ahora estoy buscando empleo, pues ya tengo permiso de trabajo», dice.

Khaled empezó con cenas íntimas en pisos de amigos en los que él cocinaba el menú a cambio de una aportación de cada comensal. La iniciativa ha funcionado mejor de lo previsto. Las viviendas y apartamentos, por muy amplios que sean, ya no pueden acoger a sesenta comensales, que son los que se dieron cita el sábado en el restaurante Mona Pinkerton, en el barrio madrileño de La Latina, a donde Khaled ha tenido que trasladar puntualmente su ‘negocio’ ante la avalancha de peticiones. Y como la gastronomía es un lenguaje que no entiende de fronteras, al joven sirio le acompañaron otros seis chefs, todos refugiados como él, que cuentan con la ayuda de la asociación MFR, que organiza cenas solidarias para recabar dinero con destino a quienes han tenido que huir de su país.

Cada uno de los comensales desembolsó 25 euros para degustar platos de Siria, Irak, Ucrania y Venezuela, de donde son originarios los desplazados. Los voluntarios de MFR se han inventado un neologismo anglosajón para denominar esta nueva figura de chef y refugiado: ‘chefugee’. Una parte de la recaudación se dedica a pagar a los cocineros, y la otra a ONGs que ayudan a migrantes que viven en campos de refugiados en Grecia.

Christina Samson, la presidenta de MFR, es una estadounidense de California afincada en Madrid, donde trabaja en el programa de Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. Christina se animó a fundar Madrid for Refugees cuando conoció a una desplazada siria. «Al principio no me contó mucho, pero luego me detalló su estancia en un centro de refugiados de Vallecas. Quise ayudar, de modo que emprendí yo sola una campaña de recogida de ropa. Fue una locura. Cuando se publicó la foto de Aylan Kurdi, el niño que pereció ahogado en una playa de Turquía, creé un grupo en Facebook donde nos juntamos gente con deseos de hacer cosas», relata.

Arquitecta sin trabajo

Los venezolanos Edgar Osuna y Óscar Moreno, una pareja de homosexuales agredidos y extorsionados en su país; las ucranianas Natalia Tsivenko y Natalia Oleksovych; los sirios Khaled al-Dier y Ruba Hanna, y la iraquí Ghada Dada prepararon este pasado sábado comida típica de su tierra, platos sencillos pero sabrosos que iban desde el pabellón criollo del Caribe al yalanji de Oriente Próximo. Aparte de probar un menú exótico, los asistentes tuvieron la oportunidad de conversar con los refugiados, cuyas vidas están lastradas por la persecución y, en muchos casos, la guerra. Salvo para Edgar y Óscar, la mayor dificultad para insertarse en la vida laboral estriba en el idioma, que no dominan por completo. Otra adversidad es un mercado de trabajo con un 20% de paro y que ofrece escasas oportunidades.

Ruba Hanna, de 38 años, estaba afincada en Damasco, donde trabajaba como arquitecta. «Después de cinco años de guerra, la situación se hizo insufrible, sobre todo para mis hijos de 11 y 5 años, por lo que decidí huir de allí con mi marido». En España, da por descontado que no podrá reanudar su antiguo oficio. Además de la crisis de la construcción, juegan en su contra los obstáculos para convalidar su título de arquitecta. Por añadidura, le pidieron algo que la dejó perpleja. «Me dijeron que tenía que estudiar la ESO. Me gustaría montar un puesto de comida rápida en la Puerta del Sol, aunque sé que es muy difícil».

Muchos voluntarios de MFR son angloparlantes. «Como extranjeros que somos, no tenemos familia aquí. Quizá eso nos empuja a trabajar con ONGs. Damos clases de guitarra, danza y de deportes para refugiados», dice la californiana Christina.

Natalia Tsivenko y Natalia Oleksovych están preocupadas por la extinción de la ayuda, dentro de unos meses, que concede el Gobierno y que canalizan las ONG. Porque el tiempo transcurre y aún no han encontrado trabajo. Tsivenko, de 31 años, es originaria de Donetsk, la provincia que ha seguido el ejemplo de Crimea al proclamar su secesión. «Era fotógrafa de bodas y croupier, y terminé muy harta. La gente que pierde en los casinos se vuelve loca. Me gustaría ser repostera».