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La misteriosa historia del hombre que secuestró un avión comercial y se tiró en paracaídas

  • En 1971, D.B. Cooper se convirtió en protagonista por lo que hizo. Nunca más se supo de él, ni vivo ni muerto

Hace 45 años, un hombre de mediana edad con una calvicie incipiente, traje oscuro y gafas negras se aproximó al mostrador de la compañía Northwest Orient en el aeropuerto de Portland (Oregon) y compró un billete de ida para Seattle (Washington) en el vuelo 305. Pagó en metálico 18 dólares con 52. Ya en el avión, se sentó en la parte trasera, encendió un cigarrillo y le pasó una nota a la azafata que tenía más cerca. Ella pensó que trataba de ligar y se la guardó sin mirarla. Hasta que él le advirtió: «Tengo una bomba en el maletín y la usaré si es necesario». Pocas horas después, saltaba en paracaídas por la puerta trasera del Boeing 727 con diez kilos de billetes de 20 dólares pegados al cuerpo. Nunca más se supo de él, ni vivo ni muerto. D. B. Cooper entró en la leyenda.

Aquella víspera de Acción de Gracias marca el nacimiento de un enigma que ha mantenido en vilo al FBI durante más de cuatro décadas. A principios de este verano, el Departamento de Justicia dio por terminada la investigación, impotente ante la absoluta ausencia de resultados. Aquel tipo anodino del que ni siquiera se conoce la verdadera identidad ha pasado a los anales de la historia criminal de Estados Unidos: el suyo es el único caso de piratería aérea no resuelto. Desde aquel 24 de noviembre hasta hoy, el FBI ha gastado millones de dólares en las pesquisas, ha interrogado a más de mil sospechosos y producido informes que podrían llenar varias habitaciones. Para nada.

La misteriosa historia del hombre que secuestró un avión comercial y se tiró en paracaídas

«No estaba nervioso. Era bastante agradable, excepto por las cosas que pedía. En ningún momento intentó hacerme daño y, aunque un par de veces se mostró impaciente, no fue cruel ni maleducado conmigo», declaró en los días siguientes a la televisión la azafata Tina Mucklow, que estuvo varias horas sentada junto al secuestrador. Su testimonio lo recoge el documental ‘D. B. Cooper. ¿Caso cerrado?’, que Canal Historia emite a las diez de esta noche.

¿Quién era ese hombre misterioso? Hay muy pocos datos ciertos. En el aeropuerto se identificó como Dan Cooper, pero la prensa se quedó por error con las iniciales de un tipo que fue interrogado e inmediatamente descartado por los investigadores.

Whisky con soda

La asistente de vuelo a la que entregó la nota con sus reivindicaciones corrió a transmitirlas a la cabina. La Policía y el FBI se pusieron a trabajar. Mientras atendían sus peticiones –200.000 dólares en billetes pequeños sin marcar y cuatro paracaídas–, el avión sobrevoló el mar en círculos durante un par de horas. Cooper se tomó tranquilamente un whisky con soda, que intentó pagar, y se fumó un cigarrillo tras otro. La azafata Tina le daba conversación y lumbre, porque él mantuvo todo el tiempo una mano dentro del maletín, en el que ella atisbó unos cables, una batería y lo que parecían unos cartuchos rojos de explosivo. La amenaza parecía real.

El aparato aterrizó en Seattle, donde Cooper intercambió a los 36 pasajeros –ignorantes de la peliaguda situación– por la pasta y volvió a despegar. Exigió volar con la cabina despresurizada, a menos de 3.000 metros de altura y 320 kilómetros por hora, una tercera parte de lo habitual, hasta Ciudad de México, pero le convencieron de que en esas condiciones tendrían que repostar. Pusieron destino a Reno, Nevada. El captor pidió a Tina que se encerrara en la cabina con los otros tres tripulantes. Segundos después, el piloto recibió la señal de que las escaleras traseras del avión –el 727 es uno de los pocos modelos comerciales que las tiene– habían sido abiertas.

D. B. Cooper desapareció en la noche, en medio de la tormenta. En la misma nada de la que había salido. Tras de sí dejó bastantes huellas dactilares, una corbata, ocho colillas y un misterio. Las autoridades se mostraron convencidas de que había muerto en el salto, quizá ahogado en las heladas aguas del río Lewis, pero jamás se encontró ni rastro del cuerpo, el maletín o los dos paracaídas que empleó, a pesar de que se batieron cientos de kilómetros cuadrados en la zona del supuesto impacto.

En 1978 se halló en el área un panel con instrucciones para abrir las compuertas de la aeronave y dos años más tarde un niño encontró 5.880 dólares cerca del río Columbia. El dinero estaba muy deteriorado, pero su numeración –previamente registrada en un microfilm– coincidía con la del rescate. Del resto jamás se supo nada.

Durante cierto tiempo, los investigadores mantuvieron la idea de que el fugitivo era un loco temerario al saltar de un avión comercial a demasiada velocidad (90 metros por segundo), con temperaturas bajo cero, a oscuras y sin cómplices en tierra. Ningún valiente se había atrevido antes a intentar tal gesta. Se rumoreó que le habían proporcionado aposta paracaídas defectuosos o que el avión desvió su ruta para que el fugitivo cayera en el pico de una montaña.

Nadie le echó de menos

Algunas de las decenas de reportajes, libros y documentales que se han hecho siguiendo su pista especularon con que, en realidad, se trataba de un veterano de Vietnam experimentado en saltos casi suicidas. Por otro lado, nunca nadie acudió a la Policía denunciando que en su mesa en torno al entrañable pavo relleno faltaba un familiar.

El mito creció. En estos años, 922 personas se han autoinculpado –uno, en su lecho de muerte–, pero fueron descartados porque no se parecían al retrato robot o había testigos que los situaban en otra parte la noche de autos. Esto ha levantado a su vez las hipótesis más alocadas: algunos periodistas están convencidos de que el propio Cooper y todos los falsos Cooper son el resultado de un experimento secreto de lavado de cerebro para entrenar agentes de la CIA, como los que se describen en los libros (y películas) ‘El candidato de Manchuria’ o ‘El hombre que miraba fijamente a las cabras’.

Entre los sospechosos hay perfiles para todos los gustos, desde un empleado de aerolínea hasta una mujer transexual y un asesino en serie. Uno de los más plausibles era Richard McCoy, uno de los cuatro delincuentes que lograron repetir la hazaña: en marzo de 1972, emuló paso a paso la proeza del prófugo, cambiando solo el rescate exigido (500.000 dólares) y el arma empleada; en su caso, una granada y una pistola sin balas. Excombatiente de Vietnam y maestro en una escuela mormona, McCoy sobrevivió a la machada, pero lo pillaron un par de días después, por las huellas. Escapó de la cárcel y acabó muerto en un tiroteo con la Policía. Tampoco él era D. B.

Para añadir morbo al caso, la principal testigo, la azafata Mucklow, tildada de heroína por mantener calmado al malhechor durante horas, se metió monja y rehusó hablar más del suceso.

En 2007, cuando la gran mayoría de los agentes del FBI eran demasiado jóvenes para haber oído batallitas sobre Cooper y estaban más preocupados por el terrorismo islámico que por un viejo crimen sin víctimas, la oficina federal reabrió el caso clasificado como ‘código Norjak’: las nuevas técnicas habían permitido trazar por fin su perfil genético a partir de la corbata que se dejó en el avión. Pero cada vez que han intentado cotejar el ADN del que fuera el criminal más buscado de América con el de algún sospechoso superviviente han fracasado. Nueve años después, se han dado por vencidos. ¿Caso cerrado?