Ideal

Yanin Silva y Eva María García, venidas de Huelva y Sevilla, cubiertas por una manta; Carmen Zambrana, de Málaga, y Silvia Gómez, acampadas en el Palacio de los Deportes.
Yanin Silva y Eva María García, venidas de Huelva y Sevilla, cubiertas por una manta; Carmen Zambrana, de Málaga, y Silvia Gómez, acampadas en el Palacio de los Deportes. / ÓSCAR DEL POZO

Novicias de Bieber

  • Llevan más de un mes acampadas para ver de cerca a su ídolo este miércoles en Madrid. «Justin sigue siendo un niño con mucho dinero, pero un niño. Me da pena que esté tan solo», dice cubierta por una manta Eva María, una fan llegada de Sevilla

Justin Bieber encarna la nueva religión. Las seguidoras de este rubio de 22 años y brazos historiados de tatuajes no temen el castigo por incumplir el quinto mandamiento. Matarían por tocar a ese jovencito canadiense que no promete ninguna utopía en la tierra. Tampoco anda sobre las aguas ni multiplica los panes y los peces. Él se limita a tocarse con una gorra de béisbol y a hibernar cuando no canta, a juzgar por la eterna capucha con la que abriga su cabeza. Pese a esos inconvenientes, trae locas a las adolescentes de medio mundo. Todo sacrificio es poco si logran contemplarle desde primera fila. España no es inmune a la fiebre. Desde hace un mes y medio sus adoradoras hacen guardia en el Palacio de los Deportes de Madrid, en pleno centro de la capital, donde Bieber ofrecerá un concierto este miércoles. Guardan cola disciplinadamente y han montado un sistema de turnos para ir relevándose y poder así cumplir con sus obligaciones mundanas. «Las entradas que permitían a las fans hacerse fotos con Justin valían 2.800 euros. Pero como él ya no se fotografía con nadie, bajaron el precio a 800. A mí me ha costado 90 euros que me ha dado mi madre. Como no soy rica y quiero verle de cerca, hago turno para ser de las primeras. Hay que aprovechar, porque Justin viene poco a España», dice Amaya, de 17 años. Ella es una privilegiada, porque vive en Getafe y puede dormir en su casa. Otras seguidoras que llegan de Andalucía, Comunidad Valenciana o Castilla-La Mancha pernoctan en sacos de montaña a la intemperie y con mínimas de 2 grados. Se despiertan en medio de la destemplanza del suelo, sembrado de fiambreras de plástico, mantas y botellas de refresco. En el Palacio de los Deportes los organizadores les dejan visitar el baño.

La vida del dios de las adolescentes puede ser fácil, pero no descansada. Desde hace ochos meses lleva embarcado en su tercera gira mundial, que empezó el 9 de marzo en Seattle (EE UU) y pronto tendrá su parada en Madrid y Barcelona, donde el martes actuará en el Palau Sant Jordi. Su objetivo es dar a conocer su último trabajo, 'Purpose', el disco que grabó el año pasado el niño bonito de las mil sudaderas. Las fans de Justin Bieber se alimentan tanto de su música como de una mística especial. Una mística preñada de fervor por el canadiense y devoción por el pop más comercial, bailable y electrónico. No por casualidad se hacen llamar 'beliebers', un neologismo anglosajón que remite a la palabra 'creyente'. «Muchos están deseando verle caer, pero él siempre se levanta. Aunque Justin se rinda, nosotras estamos detrás», asegura Eva María García Rodríguez, que ha llegado bien equipada: tienda de campaña, esterilla y saco de dormir. «Me gusta acampar en alta montaña, pero, la verdad, la espera está siendo dura», sostiene esta sevillana de 19 años y estudiante de la ESO.

«Se meten conmigo»

A las fieles del cantante nada les espanta: han resistido las adversidades climáticas con estoicismo. El éxtasis llegará cuando este miércoles vean flotar el espíritu de Bieber entre la luz de los focos y su ídolo se haga carne para habitar entre sus adeptas. Eva María es una de las pocas críticas con el cantante y confiesa tener «vergüenza» por algunas de sus barrabasadas, que al final acaba justificando. «Quieras que no, el dinero aburre y tienta, se hacen estupideces. Justin sigue siendo un niño con mucho dinero, pero un niño. Tampoco tiene alguien detrás que le diga: 'Justin, esto es así'. Me da pena que con 22 años esté tan solo», apunta.

En el campamento improvisado por las fans rige un orden férreo. Ya habrá tiempo para que se desmelenen. Entretanto, para evitar pasar las 24 horas del día de vigilancia, en la plaza de Felipe II han establecido tres turnos de guardia de mañana, tarde y noche. Las primeras horas, que coinciden con las de clase, el lugar presenta un aspecto desangelado. Pero por la noche empiezan a sentirse los primeros síntomas de la fiebre Bieber.

Poco les importa que el muchacho se haya convertido en un dictadorzuelo caprichoso. Recientemente prohibió al público que le escuchaba en Birmingham que gritase mientras él hablaba. ¿Qué importa que monte broncas, conduzca ebrio y drogado, ponga en cuestión el reinado de Prince o abandone una entrevista radiofónica para ir al baño? Las adoratrices de la congregación Bieber se lo perdonan casi todo. Yanin Silva, de 19 años y estudiante de Bellas Artes, viene de Huelva y sufre en silencio en la universidad las insidias de sus compañeras por sus gustos musicales. «Me meten mucha presión, aunque sé que lo hacen en plan de cachondeo. También se metían conmigo en los últimos años de primaria. Pero es algo que le pasa a cualquier 'belieber'», se lamenta.

Suspiran por él, pero no se duelen de sus innumerables novias, una al mes de media. Algunos de sus amoríos son sospechosamente mediáticos, como el que protagonizó hace meses con Sofía, hija del cantante Lionel Richie. Sus rupturas y reencuentros con Selena Gómez son un filón inagotable para la prensa. «Aunque haga cualquier cosa mala yo voy a estar ahí, porque es mucho lo que me transmite. Normalmente nunca le veo solo, pero sé que sufre. No tiene a nadie», dice Yanin.

En los aledaños del Palacio de los Deportes -aunque desde hace unos días se llama WiZink Center- se vive a las seis de la tarde una calma chica impropia de la adolescencia, esa patología que se cura con la edad. Con 68 millones de seguidores en Twitter, el niño rebelde sin causa barre a otros líderes del mundo como Barack Obama o el Dalái Lama en las redes sociales. «Es que es Justin, no Bertín Osborne, con todo mi respeto para los fans de éste. He crecido con Justin, que lo es todo, es mi inspiración», argumenta Amaya, la chica de Getafe.

La esperanza de saludarle

A pesar de que el fenómeno Bieber empezó cuando sus vídeos de melosas versiones de Stevie Wonder o Chris Brown se colgaron en Youtube, cuando tenía trece años, su éxito meteórico tiene mucho que ver con la persona que lleva su carrera. No es otro que el productor Scooter Braun, un pope de la industria musical que se las sabe todas. A Carmen Zambrana, de 18 años, estudiante de un doble grado de Comunicación Audiovisual y Administración y Dirección de Empresas, le tiran más sus temas antiguos que los recientes. «Tiene letras muy bonitas. Su música es bailable y juvenil», dice.

Para la mayoría de sus devotas, la comunión con Bieber no es sólo una afinidad músico-espiritual. «Es verdad, como dice mi madre, que Justin es un chico tan guapo que empalaga. Pero a mí lo que me gusta de él es su voz, tiene mucho talento», señala Carmen, una malagueña temporalmente afincada en Fuenlabrada (Madrid) mientras estudia su grado universitario. «Hay cosas que dicen de él que son mentira, como que tira sillas o escupe a sus fans. No es justo que a una persona que no ha podido crecer como yo lo he hecho le exijan que se comporte igual que yo», zanja Carmen, que disculpa la exigencia de silencio que impuso el cantante: «En parte está mal, pero también es cierto que, si vas a un concierto de Justin, se supone que vas a escuchar el mensaje que tiene que decir».

Silvia Gómez, de 18 años, ha llegado al pabellón desde Guadarrama, en la sierra madrileña. Silvia, que estudia segundo de Bachillerato, no pierde la esperanza de saludarle. «Es muy difícil, pero lo voy a intentar. Iré al aeropuerto, al hotel, a donde pueda», declara bien orgullosa de haberse pagado los 90 euros de la entrada con el dinero ganado como socorrista durante el verano.