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Cambia una vida del lujo para ayudar a los más necesitados

Cambia una vida del lujo para ayudar a los más necesitados

  • La exeditora de 'Vogue' Lisa Lovatt-Smith dejó un mundo de privilegios para montar un orfanato en Ghana. Llegó a África con un bolso de Chanel y hoy tira todo el año con un vaquero y un jersey

Lisa Lovatt-Smith (Barcelona, 1967) lo era todo en el mundo de la moda. Fue el ojito derecho de la poderosa Anna Wintour y lo dejó todo, un mundo plagado de alfombras rojas, belleza, lujo, excesos y glamour, por una choza de barro y el deseo de ayudar a los niños más pobres y olvidados de África. Como editora se codeó con lo mejor de cada casa. Se iba de compras con las mujeres del clan Missoni, trabajaba con Mario Testino, uno de los fotógrafos de moda más reputados del mundo, frecuentaba los mejores 'front row' con la prestigiosa periodista italiana Franca Sozzani y el excéntrico André Leon Talley y apuraba la noche con sus íntimas amigas Carla Bruni y Victoria Abril, además de Gianni Versace, Giorgio Armani y Mick Jagger. Española de nacimiento, italiana de corazón e inglesa de sangre, Lisa sacaba tiempo para todo, pero, a la mañana siguiente, era la primera en desperezarse para lo mismo organizar desfiles con el 'káiser' Karl Lagerfeld que posar para Henri Cartier-Bresson, de quien fue su musa.

Todo lo ha hecho a una velocidad de vértigo. Marcó una carrera precoz. Con sólo 19 años, consiguió algo inaudito al ser nombrada reportera gráfica de la edición británica de 'Vogue', la biblia mundial de la moda, donde empezó a trabajar tras ganar un concurso de redacción. Si profesionalmente no tenía rival y la pagaban todo lo que quería, aunque nunca mostrara el más mínimo interés por el dinero, su vida personal en la capital londinense fue un fiasco. «Conecté cero con los ingleses. Nadie me silbaba o me decía piropos por la calle; todos en su casa, tan fríos... Tenía tres amigos y los tres eran peruanos. Por las noches cantaba y bailaba en un bar de travestis del Soho», recuerda. Después lanzó la edición española de 'Vogue' hasta recalar finalmente en París, donde se convirtió en auténtica imprescindible. A ojos de los demás, llevaba una vida envidiable: se la pasaba entre restaurantes de lujo, fiestas exclusivas y encuentros con aristócratas y millonarios. Se codeaba con la élite, vivía en mansiones y, por si fuera poco, sus opiniones tenían un gran predicamento en casas legendarias como Valentino.

Abandonada de niña

Tenía todo lo que podía desear cualquiera, pero aquella vida seguía sin llenarla. Lo ratificó cuando Sabrina, la pequeña a la que adoptó con sólo cinco años, se dejó arrastrar en plena adolescencia por las malas compañías. En realidad, la vida de su hija fue un calco de la suya. Su padre también la abandonó a ella y a su madre, por lo que pasó gran parte de su infancia junto a una familia de acogida. «Quería reproducir con otros niños el sistema que en mi caso funcionó tan bien», esgrime. Por eso no se lo pensó dos veces cuando vio que la rebelde Sabrina, a la que acababan de expulsar del instituto, se le iba de las manos. Dio un giro vital y se la llevó todo el verano de 2002 a Ghana, donde echaron una mano a un orfanato de niños abandonados, víctimas de malos tratos y, en algunos casos, enfermos de sida. Fue un viaje sin retorno. La transformación caló para siempre. Lisa pisó África por primera vez con un bolso de Chanel y unas alpargatas de cuña y hoy dice que puede «tirar» todo el invierno con «un pantalón y un jersey. Y no compro un cubo de fregar hasta que no está roto», detalla.

La antigua editora se reinventó. Cortó todos los vínculos emocionales, dejó la moda y acabó con su vida de privilegios. Dejó también a su novio de entonces, el hermano de la actriz Isabelle Adjani, para montar su propio orfanato, donde atiende a medio millar de menores, y fundar la ONG OÁfrica, dedicada a encontrar familias para pequeños que han sido abandonados. La organización cuenta con varias delegaciones europeas. Adoptó a otros cuatros hijos -Fátima, Mensajh, Beliratu y Ernest-, rehizo su vida sentimental y es abuela de tres nietos. Pero, sobre todo, es inmensamente feliz.

«Cuando llegué moría gente cada día y hoy llevamos cuatro años sin perder a nadie», se congratula. Sus quehaceres no tienen nada que ver con los que le dieron fama y dinero. La exeditora, que visitó recientemente Barcelona para participar en la recogida de fondos promovida por Roche Bobois, sostiene que su vida no es tan distinta a la de antes: «El corazón humano es igual aquí (Acra, capital de Ghana) que en cualquier lugar», remarca. Ya lo contó en el libro 'Mañana quién sabe', donde profundizó sobre las razones del cambio que dio hace 14 años. Cuenta que lo escribió animada por sus hijos: «En la vida es muy importante contar lo que llevamos dentro, sacarlo a la luz. Es una manera de que las cosas traumáticas pierdan trascendencia».

Lisa se ha dado cuenta de que todo lo que le ataba al mundo occidental y la moda no era tan importante. «Vi que podía cambiar cosas y eso fue suficiente. He aprendido a vivir con lo justo. Ahora no hay elección. Hay una mantequilla, hay una leche», explica esta mujer a la que le abruman «los excesos» del primer mundo. «Me fijo mucho en los retretes. Hay demasiados», relata la benefactora, que atiende en sus orfanatos a chavales «muy necesitados. Algunos han sido esclavos domésticos y 'niños soldados'. Muchas niñas han sido violadas», lamenta Victoria Abril, que se deshace en elogios hacia Lisa. «Demuestra que todos podemos cambiar de vida y cambiar la vida de los demás».

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