Ideal

El pingüino solitario

El pingüino solitario
  • Además de perdido, parece un náufrago que hace señas desesperadas al fotógrafo de la Antarctic Ocean Alliance que le divisa desde el aire.

El pingüino de la imagen parece un poco perdido. Sobre los témpanos resquebrajados del Mar de Ross se yergue solitario, detenido en el extremo de un laberinto de huellas que van y vienen, se entrecruzan y desmadejan sin encontrar la salida a tanta desolación. El pingüino, además de perdido, parece un náufrago que hace señas desesperadas al fotógrafo de la Antarctic Ocean Alliance que le divisa desde el aire.

Es un ser pequeño y desvalido, y su fragilidad se acentúa sobre la fría dureza de las placas que chocan como cristales en un agua oscura y hostil. Pero hay algo engañoso en la imagen: ese es su hábitat, y la amenaza que pende sobre él no proviene de la naturaleza que le rodea sino del ser humano que le contempla con compasión mientras destruye implacablemente su ecosistema, esquilma sus recursos y derrite sus hielos. Pero aún hay esperanza para él.

El mundo acaba de acordar la creación de la mayor reserva natural del planeta en el Mar de Ross, un área de 1,55 millones de kilómetros cuadrados –tres veces la superficie de España– que alberga pingüinos adélie y emperador, petreles antárticos, focas Wedell, merluzas negras y una especie única de orca. Así que, quién sabe, quizás el del pingüino sea un baile efusivo de alegría y reconocimiento.