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Embajadores en lista de espera

Embajadores en lista de espera
  • Más de la mitad de las misiones españolas en el exterior cambiarán de jefe el próximo año. Diez meses en funciones sin nombramientos tienen a la carrera diplomática «a la expectativa»

Quienquiera que asuma la cartera de Asuntos Exteriores se va a encontrar sobre la mesa una larga lista de deberes. Durante los 315 días que el Gobierno ha estado en funciones se ha paralizado el nombramiento de embajadores, una situación que tiene al cuerpo diplomático «a la expectativa». Más de la mitad de los máximos representantes de España en el exterior cambiarán de cara en los próximos meses. Cuatro sedes están descabezadas, plazas tan importantes como Washington, Moscú o Londres llevan meses en situación de interinidad, a las que hay que sumar las que deben renovarse el año que viene, como París, Pekín, la OTAN o las Naciones Unidas, entre otras. En total, 69 de las 128 legaciones españolas tendrán nuevo jefe en 2017, una renovación sin precedentes en la democracia, como casi todo lo que ha pasado en la vida política del país desde el pasado 20 de diciembre.

El último nombramiento aprobado por el Consejo de Ministros se remonta al 15 de agosto de 2015, cuando Juan Manuel de Barandica fue enviado a la embajada de Lisboa. Durante los cuatro meses siguientes, el ministro José Manuel García Margallo optó por no comprometer misiones diplomáticas. Comenzó a acumularse la lista de espera. Algunos diplomáticos lo llaman «pudor», pero lo cierto es que cubrirlas hubiera generado controversia muy cerca de unas elecciones que se adivinaban reñidas. No obstante, podría haberlo hecho. Hay precedentes: Trinidad Jiménez nombró en sus últimos meses como ministra de Exteriores a medio centenar de embajadores, algunos en misiones estratégicas como Rusia, Italia o Irán.

Esa posibilidad queda sin embargo restringida para un ejecutivo en funciones. La Ley de Gobierno dice que éste debe limitar su gestión «al despacho ordinario de asuntos públicos» y abstenerse de tomar otras medidas «salvo casos de urgencia acreditados o por razones de interés general». No parece que el nombramiento de un embajador entre en esa categoría. Lo que pocos imaginaban entonces es que la interinidad del gobierno iba a prolongarse durante más de diez meses.

En este tiempo hasta cuatro legaciones se han quedado sin jefe, y sus funciones han sido asumidas por el encargado de negocios. Es el caso de Jamaica, cuyo embajador, Aníbal Jiménez Abascal, falleció en diciembre de 2015 de un ataque al corazón mientras estaba en España. Tan sólo unos días después quedaba descabezada la embajada en India, después de que su titular se viera envuelto en un escándalo por el presunto cobro de comisiones para lograr contratos para empresas españolas. Gustavo de Arístegui, exdiputado del PP y perteneciente a una saga de diplomáticos, presentó su dimisión «para no perjudicar al Gobierno». Quedaban siete días para las elecciones.

El inquilino de la legación en Bélgica, también vacante, fue fulminado en abril tras destaparse un informe demoledor en el que varios trabajadores criticaban el absentismo y las maneras despóticas de Ignacio Matellanes. La última embajada en quedarse sin titular ha sido la de Noruega. Antonio López Martínez había cumplido la edad de jubilación en diciembre y, después de diez meses de prórroga, solicitó su cese. Concedido.

Otros siete embajadores debían haberse jubilado en 2016 y no lo han hecho por la situación de bloqueo político. El Gobierno les pidió que siguieran en sus puestos hasta que se resolviera su reemplazo. En esa situación están Javier Elorza en Roma o José Ignacio Carbajal en Moscú. «Es un hecho sin precedentes en la carrera diplomática española –explica Inocencio Arias, retirado desde hace una década–, normalmente la jubilación, voluntaria a los 65, pasa como una cuchilla al llegar a los 70».

En un gremio que depende de la movilidad de sus miembros para colmar sus expectativas profesionales, esta prórroga está generando cierta «ansiedad». Unos 400 profesionales de los más de 900 que componen el escalafón han sido ya embajadores o están preparados para el ascenso y esperan destino. Sin embargo, la parálisis en el cuerpo diplomático no ha sido total. El ministro sí nombró en abril cónsules en Jerusalén, Nueva York o La Habana, para disgusto de la oposición.

El ‘bombo’ diplomático

Por otra parte, el Gobierno aprobó en 2014 un nuevo reglamento para la carrera diplomática. Entre otras novedades, limitaba el servicio en cada destino a un periodo de entre tres y cuatro años. Hasta 35 embajadores han cumplido ya ese plazo y otros 21 lo harán en los próximos meses. El proceso de designación establecido en la nueva normativa es una suerte de concurso en el que se tienen en cuenta los méritos y las preferencias de cada aspirante, pero en el que prevalece el criterio del Gobierno.

Arranca el 15 de octubre de cada año con una circular en la que se informa a los funcionarios de Exteriores de las próximas vacantes. Cada aspirante solicita dos o tres plazas a las que le gustaría optar. Pero es el ministro quien tiene la última palabra en base a una terna que le presenta, como jefe del cuerpo diplomático, el subsecretario de Exteriores.

Las solicitudes correspondientes a 2016 entraron en octubre del año anterior en el ‘bombo’ –como lo llaman informalmente en el ministerio–, pero las designaciones no llegaron a producirse. A pesar de seguir formalmente en funciones, hace unos días el Ejecutivo inició el proceso para cubrir las plazas de 2017 enviando la circular correspondiente. Incluye embajadas tan importantes como la de las Naciones Unidas, la OTAN, China o las de Francia, Argentina y Portugal, cuyos titulares se jubilan.

La recompensa es grande. Un embajador en el extranjero puede llegar a cobrar un sueldo de hasta 21.000 euros netos al mes y tiene todos los gastos pagados. El salario del titular, que puede rondar los 5.000 euros mensuales, se ve en la práctica multiplicado en función de la lejanía, peligrosidad o nivel de vida del destino, hasta superar con creces al del presidente del Gobierno (unos 6.000 euros al mes). Los gastos de la residencia oficial, o el alquiler de una independiente si el titular decide vivir fuera de la embajada, corren por cuenta del Estado. Transportes, servicio doméstico, incluso el 60% de la escolarización de sus hijos, también salen de las arcas públicas. Además, solo tributan en el extranjero el salario base, en virtud de acuerdos internacionales. «Decir que están mal pagados sería una hipocresía, pero una embajada no es ningún retiro dorado, hay mucho trabajo y el embajador percibe unos emolumentos dignos, en la línea de los países de nuestro entorno», sostiene un diplomático destacado en Madrid.

Entre los destinos más codiciados, por el lustre que proporcionan a su titular, están obviamente Washington, París, Londres o Rabat, pero también la embajada ante la Unión Europea, «que hace un trabajo ímprobo en favor de los intereses del país», o la de las Naciones Unidas, «si bien su peso decae si España sale del Consejo de Seguridad, como sucederá el 31 de diciembre», apuntan las mismas fuentes. Sirven para coronar la hoja de servicios de los diplomáticos de carrera, pero también son más proclives a ser ocupadas por personas de confianza del Gobierno de turno.

Frente a la «escrupulosidad» de la que se ha preciado Margallo, está por ver el criterio que sigue el próximo gabinete. Pronto comenzará el goteo de nombramientos, pero lo que parece claro es que el ministro ya no tendrá las manos tan libres.