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La Universidad no cambia pañales

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Mireia Cabanillas asegura que la pequeña Naima, de once meses, no supone un problema para la marcha de la clase.

  • Una madre de 24 años se enfrenta al campus barcelonés que le pide que no vaya a clase con su niña de once meses. «No quiero dejarla con extraños», dice Mireia

Ya en el embarazo comenzó a darse cuenta de que el aula le era hostil. El pupitre, con la silla fijada a la mesa, era una trampa para su prominente barriga. Lo que ha venido después no ha hecho sino confirmar sus peores augurios. Mireria Cabanillas -24 años y madre de una niña de 11 meses-, estudia el último curso de Pedagogía en la Universidad de Barcelona. Le quedan dos asignaturas, sólo son un par de horas de clase los lunes y los miércoles, así que decidió llevarse a la pequeña Naima a clase. Pero a los responsables del centro no les ha parecido buena idea. Hace unas semanas recibió una carta en la que le pedían que dejara de hacerlo. Lejos de avenirse a la recomendación, la combativa Mireia inició su particular cruzada en pro de la conciliación de la vida académica y familiar. «No lo hago sólo por mi, sino por todas las madres jóvenes que no quieren renunciar a sus estudios», advierte.

El primer día del curso se presentó en clase con la cría, sin solicitar ningún permiso especial. Así se lo habían recomendado expresamente algunos de sus profesores anteriores. «Me dijeron que era mi derecho como mujer». Ahora echa en falta algo de apoyo por su parte ante el revuelo que se ha montado, pero eso es otro cantar. Al ver que no había ningun problema siguió asistiendo a sus clases con normalidad. Y con su hija. «A veces se mueve, o dice algo, es un bebé, pero si llego a ver que se pone nerviosa o supone un problema hubiera dejado de asistir, tampoco estoy loca», aclara.

A la cuarta o quinta sesión, uno de los docentes comunicó la situación directamente a la jefatura de estudios. «Cuando me enteré, una semana después, no entendí que no hablara conmigo primero». A los pocos días recibió una carta en su domicilio. «Me pareció un gesto muy impersonal, sobre todo tratándose de una carrera social, en la que se hace tanto hincapié en las personas y en la empatía», desliza molesta Mireia.

En la misiva se le pedía que desistiera en su actitud, alegando que la niña no estaba cubierta por un seguro en caso de accidente, y se le informaba de «otras alternativas académicas». No es una prohibición, aclaran desde el vicerrectorado de alumnos. Prueba de ello es que Mireia ha seguido asistiendo a clase. «Pero existen otras posibilidades y le recomendamos que opte por alguna de ellas». Puede solicitar la evaluación única o pactar las fechas de exámenes para que se acomoden a sus necesidades.

En cualquier caso, tendría que renunciar a asistir a clase o bien dejar a la niña con otra persona. Ninguna de las dos opciones le convence. «Soy partidaria de educar a mi hija en familia, no quiero tener que dejarla tan pronto con una persona que no conoce, pero los tres con los que se sentiría cómoda -ella, su marido y su madre- tenemos obligaciones».

Entre sus compañeros ha encontrado un apoyo mayoritario. El pasado lunes se reunió con ellos para tratar de hallar una solución al conflicto. Si todos están de acuerdo en que el bebé acceda al aula, elevarán un escrito al rectorado. De momento, la mayoría lo está, «pero hay tres o cuatro que no lo terminan de ver», reconoce. Desde la Universidad le han sugerido que pida plaza en una guardería municipal cercana, «pero no es probable que me la concedan porque no tengo un puesto de trabajo».

Su caso ha servido para abrir un debate que apenas se menciona. Si la conciliación laboral y familiar es complicada, compaginar la maternidad con la vida académica resulta prácticamente una quimera. «Ni siquiera se aborda el asunto, directamente se obvia como si no existiera», clama Mireia, que no sólo está decidida a terminar la carrera, sino que no renuncia a seguir estudiando.

El objetivo de su lucha es lograr que el centro habilite un espacio para niños -«llámalo guardería o como quieras»- que dé respuesta a quienes están en su situación. Al fin y al cabo, ella terminará la carrera en diciembre y, de continuar con su formación, buscará un centro más acorde a sus necesidades. Pero la Universidad de Barcelona podría encontrarse con el mismo dilema en pocas semanas, puesto que «una compañera de la clase de al lado está a punto de dar a luz». Ha solicitado la evaluación única, pero algunos profesores se la han denegado.«Da la sensación de que si eres joven y tienes un hijo no tienes derecho a ir a la Universidad», lamenta Mireia.