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Madres que son fieras en combate

Madres que son fieras en combate
  • De víctimas a verdugos. Pobres, sometidas y hartas de llorar a sus muertos, una iraquí, una kurda, una afgana y una colombiana dan un paso al frente. Matan tanto y tan cruelmente como los hombres

Quien dijo que si las mujeres mandaran en el mundo no habría guerras no conocía a estas cuatro. En lugares donde la igualdad entre los sexos es un sueño lejano, ellas se equiparan a los hombres en valentía, capacidad de liderazgo y, sí, también en crueldad. Son madres que dejaron aparcadas las responsabilidades familiares y domésticas que les atribuía una sociedad conservadora para comandar a sus huestes. Justicieras, sádicas o visionarias, pero siempre fieras. Wahida y Xate, iraquíes que ahora mismo combaten contra el Estado Islámico en el cerco de Mosul, la exguerrillera colombiana Elda y la policía afgana Feroza no son las primeras soldados de la historia. Antes que ellas se vistieron para matar las amazonas de la mitología griega, Juana de Arco y Agustina de Aragón, las milicianas de la República española, las francotiradoras del Ejército Rojo y las escoltas de Muamar el Gadafi.

Charlotte Lindsey, miembro de la dirección del Comité Internacional de la Cruz Roja, rechaza la etiqueta de «mujeres y niños» como sinónimo de víctimas vulnerables de los enfrentamientos bélicos. «Sus necesidades, experiencias y papeles en la guerra difieren», señala la experta. Por desgracia, muchas féminas son usadas como arma de guerra a través de las violaciones, los embarazos forzosos y la esclavitud sexual. Por suerte, algunas se defienden.

«No hay nada biológico que haga a las mujeres más violentas o más pacíficas que los hombres –advierte la historiadora Margarita Sánchez, investigadora del Instituto de Estudios de Género de la Universidad de Granada–. Lo que ocurre es que las guerras han sido siempre consideradas el motor de la historia, la forma más habitual de conseguir el poder, y las mujeres no estaban implicadas en esa lucha». Hasta ahora.

Permanecer alejadas del gobierno y de las armas, agrega Sánchez, ha dado a las mujeres más habilidades para conseguir cosas por otras vías: «La negociación, la mediación, la súplica y la seducción». No en vano, la mayoría de los conflictos a lo largo de la historia se han resuelto sin choques bélicos. «Si no, estaríamos todos muertos», aduce la profesora.

En un mundo en el que las mujeres avanzan en todos los ámbitos en el difícil camino hacia la igualdad, Um Hamadi, Khatoon, Karina y Hajani han dado un paso al frente.

Wahida Mohamed al-Jumaili vive en Shirqat (Irak), se cubre el pelo con un hiyab negro y sus ropas oscuras, informes, ocultan un cuerpo pequeño y robusto. A sus 39 años ya es abuela, pero una abuela atípica. Solo ve a sus dos hijas y a sus nietos unas horas al mes. El resto del tiempo comanda una compañía de 125 hombres que combate a muerte al autodenominado Estado Islámico (EI); ahora mismo debe de estar, junto a las 30.000 tropas del Ejército regular iraquí, las milicias locales y los peshmerga kurdos, en el frente de Mosul, 80 kilómetros al norte de su casa, cercando con apoyo de la alianza internacional el último gran bastión del ISISen el país.

Mujer en un entorno masculino y profundamente machista, se ha ganado la fama de comandante implacable. La teme el enemigo, pero solo pronunciar su nombre –se hace llamar Um Hamadi– también hiela la sangre de sus vecinos.

Quizá antes de juzgarla habría que conocer su historia: era un ama de casa «normal y corriente» hasta que en 2004 empezó a colaborar con las fuerzas de seguridad de su país y la coalición internacional contra Al Qaeda, primero, y el EI, después. Su fama creció y Abu Bakr al-Baghdadi, el ‘califa’ del Daesh, se propuso eliminarla. Ha sobrevivido a media docena de coches-bomba. Tiene metralla en la cabeza y las piernas y se ha roto varios huesos, pero ahí sigue. Su primer marido falleció en combate en 2007; se casó de nuevo y los

yihadistas mataron a su segundo compañero, hace unos meses. También a su padre y a cuatro de sus hermanos. A otro le cortaron las manos. Volaron su corral y perdió a sus animales. «Una oveja, mis perros y mis pájaros», enumera, como si aún fuera necesario para convencer a su interlocutor de la calaña de los islamistas.

La estrategia del terror

«Luché contra ellos. Los decapité. Cocí sus cabezas y quemé sus cuerpos», relata impasible Wahida al periodista de la CNN que ha ido a entrevistarla, atraído por su leyenda. «Puedes comprobarlo en mi página de Facebook», invita, sin una pizca de arrepentimiento. Y ahí están las fotos. Ella posando al frente de sus hombres. Ella con el machete de decapitar. Cabezas en una cazuela al fuego. Restos humanos semiabrasados y pisoteados. ¿Trucadas? Nunca lo sabremos, asume el reportero de la cadena norteamericana.

Profanar los cadáveres de los enemigos es una estrategia de terror: un yihadista puede tener la seguridad de que, si cae en manos de la milicia de Um Hamadi, puede ir despidiéndose de la vida eterna en el paraíso junto a las 72 vírgenes que le correspondían ‘por convenio’.

La sonrisa de Wahida en esas fotografías es inquietante. ¿Siente placer? «Lo que siento me lo reservo», declaraba la semana pasada la combatiente, que asegura haberse cargado a 18 terroristas solo en el último mes. Como dice un personaje de la película ‘Los siete magníficos’: «Busco justicia, pero acepto venganza».

Es probable que la sanguinaria fama de Um Hamadi haya llegado a oídos de Khatoon Khider, nombre de guerra de la cantante folclórica Xate Shingali. A sus 36 años, también comanda un batallón con el Estado Islámico en el punto de mira. La diferencia es que el suyo, con base en Duhok, a 75 kilómetros al norte de Mosul, está formado exclusivamente por mujeres y que, en vez de hiyab, como Wahida, lleva su pelo rubio cubierto por una gorra militar y viste el mismo uniforme que los hombres de la peshmerga kurda.

Ella pertenece a la minoría yazidí, una secta monoteísta de 4.000 años de antigüedad de la que apenas quedan 200.000 miembros en Irak –un tercio de los que hubo hace siglos– y pequeñas comunidades en Armenia, Georgia, Rusia, Siria y Turquía. El ISISconsidera «adoradores del diablo» a los integrantes de esta etnia –en la que predominan el pelo, la tez y los ojos claros– y lleva años tratando de borrarlos de la faz de la Tierra. En agosto de 2014 tuvo lugar en la provincia de Sinjar una de las peores masacres que recuerda esta minoría perseguida: los yihadistas asesinaron a tiros a cientos de personas, torturaron o mutilaron a otros tantos y tomaron como esclavas sexuales a 5.000 mujeres y niñas.

Mientras los terroristas cometían atrocidades sin freno contra sus familiares, más de 50.000 yazidíes huyeron a las montañas. Entre ellos estaba Khider. Estuvieron semanas aislados, sin agua ni comida. Muchos murieron antes de que las fuerzas de la coalición internacional rompieran el cerco. «Vi a gente dejar a sus mayores en las cunetas porque no podían cuidarlos. Vi a madres arrojar a sus bebés montaña abajo, para no tener que contemplar cómo morían lentamente», recuerda.

No podía quedarse de brazos cruzados y, tras la liberación, obtuvo permiso del presidente kurdo, Masud Barzani, para fundar la brigada de las Chicas del Sol, cuyo nombre alude al astro protector de los yazidíes. Más de un centenar aprendieron a usar los pesados AK-47. Ahora forman un cuerpo de elite que ya ha hecho varias incursiones en el frente de guerra.

Contra el diablo

Algunas escaparon de aquel infierno de violaciones y torturas en Sinjar. «Luchamos contra el diablo», afirma Khider. Pero ese diablo cruel y sanguinario teme a estas guerreras: los islamistas creen que morir a manos de una mujer les impedirá alcanzar la eternidad.

La comandante declaraba hace unas semanas a Fox News su deseo de formar parte de la ofensiva contra Mosul. «Aún hay muchas mujeres esclavas allí», argumentaba. «Estoy muy orgullosa de proteger a mi pueblo. Después de todo lo que nos ha pasado, los yazidíes ya no tenemos miedo». Con una excepción: le aterra encontrarse con los niños de su etnia a los que el ISISconvirtió en terroristas, «algo nunca visto entre nosotros». «Cuando estalla una guerra, las mujeres siempre somos víctimas», reflexiona. Pero a veces las víctimas se tornan verdugos.

Elda Neyis Mosquera ingresó a los 16 años en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, por ideales y para escapar de la pobreza, y pocos años después ya se había convertido en Karina, la terrorista más sanguinaria del país. El Gobierno ofrecía por su captura un millón de dólares.

Su leyenda negra es inabarcable. Antes de cumplir los 18, recibió la orden de matar a un joven que la visitaba en la selva y al que sus jefes consideraban un infiltrado del Ejército. Era una prueba de lealtad y no le tembló el pulso: lo degolló. Pasó por cuatro frentes antes de convertirse en comandante en jefe del número 47, que causó miles de víctimas entre campesinos, soldados y milicianos arrepentidos en las ricas regiones cafeteras de Antioquía y Caldas.

Acusada de matar en 1983 a Alberto Uribe –padre del expresidente que la declaró enemigo público número uno–, el Gobierno contribuyó a propagar su fama de monstruo despiadado. Se decía que decapitaba y castraba a sus enemigos abatidos y jugaba al fútbol con sus cabezas. Ella siempre ha negado estas atrocidades.

En 1998 se quedó embarazada de su camarada ‘Michín’ y, consciente de que criar un hijo en la selva no era una opción –las FARCestán acusadas de provocar miles de abortos forzados–, dejó a su niña de 40 días al cuidado de unos familiares. Ese mismo año perdió su ojo derecho en combate.

En 2008, abandonada por la mayoría de los miembros del Frente 47, herida de bala, hambrienta y cercada por las tropas, se entregó a las autoridades. Un año después fue condenada a más de cien años de prisión por delitos de homicidio, secuestro, terrorismo, daños y rebelión.

Trabajo por la paz

Entonces murió Karina y renació Elda. «Me arrepiento de haber ingresado en las FARC, de haberme dejado llevar por esa rebeldía de muchacha joven, de todo lo malo que hice», afirma esta mujer que, pese a haber pedido perdón a las víctimas de sus crímenes, sigue siendo una de las personas más odiadas de Colombia. Miles de conciudadanos piden para ella la pena de muerte.

Pero el Gobierno la nombró ‘gestora de paz’ para que trabajase por la desmovilización de los guerrilleros –ha conseguido medio centenar– y la reconciliación entre las facciones. Redujo su pena a 8 años de prisión domiciliaria en un destacamento militar de Carepá, en plena selva de Antioquía, donde residió con su familia mientras cosía los uniformes de sus antiguos enemigos.

Su condena se cumplía el pasado junio y desde entonces su rastro se ha perdido. Ella misma confesaba poco antes que las FARC, hubiera o no paz, la quieren muerta por «traidora», a pesar de que, al firmar el armisticio, la guerrilla ha seguido el mismo camino que ella tomó: «Este es un país violento, porque la gente no perdona». Ya con 53 años, estaba dispuesta a ingresar en prisión o salir del país. «Ojalá Dios me dé vida para resarcir el daño que causé».

Feroza tiene 54 años, aunque su cara arrugada por el sol implacable de Afganistán la hace parecer mayor. Enfundada en su chador negro y sentada sobre una alfombra en el patio de su casa de Sistani, un pueblo perdido en el distrito de Marjah, en la desértica provincia de Helmand, podría pasar por una abuela cualquiera. Pero no lo es. Lo sugiere su nombre y lo confirma el rifle de asalto que reposa a su lado, al alcance de la mano.

Cuando en 2012 dos de sus hijos varones cayeron abatidos por los talibán, Feroza decidió relevarles en la defensa de su comunidad. Hoy es la única mujer jefe en la Policía Local Afgana (PLA), un cuerpo de 30.000 agentes formado con el apoyo de la misión de la OTAN y entrenado por las Fuerzas deOperaciones Especiales de Estados Unidos. Ante el avance talibán, pidió refuerzos al Gobierno, pero se los negaron. Esta mujer pobre y analfabeta decidió entonces armar a 40 miembros de su familia, incluidos dos de sus nietos menores de edad. «Luchan para vengar a su padre», se justifica.

En su pueblo la conocen como Hajani, un término de deferencia hacia las mujeres mayores, y la respetan, tanto si interviene en un caso de violencia doméstica –«El Islam prohíbe pegar a las mujeres», recuerda a los agresores– como si azota con un cinturón de cuero a un soldado denunciado por maltratar a un vecino.

Algunos hombres ven con malos ojos que una mujer ocupe ese puesto, pero lo cierto es que el respeto se lo ha ganado a pulso. En marzo de 2015, los talibán cercaron el pueblo. Los efectivos del Ejército y la Policía Nacional se retiraron de la zona y Feroza se quedó sola con 13 policías locales, dos hijos, dos nietos y algunas mujeres. Resistieron toda la noche a balazos hasta que llegaron los refuerzos y repelieron el asalto.

A comienzos de este año los integristas tomaron finalmente Sistani. Fueron a casa de Feroza, pero no estaba. «Queremos cortarle la cabeza», le dijeron a su nieto de 6 años. El pequeño se quedó sin habla. Ahora todos se han instalado en la capital de la provincia, Lashkar Gah. La relativa calma que reina en la ciudad permite que los chavales asistan al colegio. «Pero si tenemos que volver a Marjah, tomarán las armas otra vez», advierte la jefa de policía.