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Los otros puentes de Praga

Los otros puentes de Praga
  • Un grupo de 'sin techo' monta rutas alternativas para enseñar la crudeza de vivir en la indigencia en la capital checa. «No os paréis encima de las alcantarillas. Los de abajo sienten angustia y vergüenza cuando quieren salir y hay gente a la puerta de su casa», previene un guía

Por el centro de Praga pasean cada día legiones de turistas que bovinamente persiguen la estela de un paraguas o una banderita de colores. Ser guía turístico en la bella ciudad de Kafka no es una originalidad y tal vez por eso tampoco sea un gran negocio. Desde hace varios años sus calles cuentan con una serie de cicerones muy singulares. Se llaman Karim, Peter, Pepa y Honza, y son personas 'sin techo' que recorren Praga mostrando a los interesados (principalmente público checo) esa otra Praga que a menudo pasa desapercibida pero que vive pareja a la ciudad monumental de los puentes y las estatuas.

Puede que hayamos estado allí alguna vez e incluso es muy probable que hayamos pasado cerca de Karim y sus colegas, y sin embargo no los hayamos visto. Su manera de estar parados en un rincón y su atuendo menesteroso los hacen casi invisibles. Es así.

Para quebrar este aislamiento surgió hace cinco años Pragulic, una empresa social cuyo objetivo es dar visibilidad a las personas sin hogar y cambiar los estereotipos que la sociedad tiene sobre ellos. Con ese fin han diseñado una serie de rutas por el centro de Praga en las que los interesados pueden conocer de primera mano, y en la voz de sus protagonistas, el complejo drama de la indigencia. Después de un tour de más de dos horas, la hermosa capital de Bohemia se ve, definitivamente, con otros ojos. «La vida en la calle es una escuela donde se paga una matrícula muy alta», dice Karim, un checo con un largo pasado de drogas y prostitución callejera a sus espaldas. Al igual que el resto de sus compañeros, él ha encontrado en su nuevo trabajo el modo de obtener unos ingresos regulares al tiempo que aprende el oficio y desarrolla las cualidades propias de un buen guía turístico (estrategias de comunicación, claridad en la exposición de los datos, jugosas anécdotas, empatía con los visitantes...). Desde su estrafalario atuendo de sombrero calado, gafas oscuras e inclasificable bisutería, Karim va desgranando ante su auditorio una Praga paralela que conmueve, y no precisamente por su belleza. Ronda los cuarenta y cinco, fuma un cigarrillo detrás de otro y en su manera de expresarse se adivina un pasado burgués. Al poco confirma que fue un chico «normal» al que una suerte de rebeldía juvenil puso muy pronto en la calle. Luego llegaron las drogas, el sexo por dinero...

La visita arranca en Hlavní Nádrazí, la principal estación de trenes. Allí Karim somete a los participantes a un ligero interrogatorio para sondear su mayor o menor conocimiento de la marginalidad (¿cuáles son las zonas del cuerpo donde un drogadicto suele pincharse?, ¿cuánto cuesta un servicio sexual callejero?, ¿cuál es el lugar más conveniente para dormir en invierno?). Así, con un método tan socrático como eficaz, conduce a su grupo hasta la frontera del lado oscuro, donde las fuentes públicas son baños, las calderas de la calefacción camas calientes, un seto del parque un improvisado burdel y los contenedores de basura perfectos escondites para ocultar droga.

Antes de dar el primer paso los visitantes ya están hipnotizados por la voz dolorosa e inquebrantable de Karim, así como por la crudeza y sobriedad con que plantea los asuntos más incómodos. «¿Qué es lo peor de vivir en la calle?», le pregunta un joven que graba la visita con su cámara. El 'sin techo' no mueve un músculo de la cara y contesta inapelable: «La soledad». No lo dice en sentido poético, sino a nivel de pura supervivencia. Un mendigo es un ser extremadamente vulnerable. En invierno, a la hora de dormir, se necesita al menos un acompañante para que el frío (las noches de enero el termómetro suele bajar más allá de los -10 grados) no te juegue una mala pasada (todos los años aparece muerto algún indigente solitario que no resistió las temperaturas nocturnas). La compañía ayuda también a prevenir los robos de otros compañeros de calle y, sobre todo, para que no te moleste en exceso la Policía. «No les gusta vernos merodear solos por ahí, prefieren tenernos localizados por grupos».

Cae la noche y Karim se quita las gafas. Lleva los ojos pintados de negro y unas pestañas postizas tan largas como estrafalarias. No ha parado de fumar y ni siquiera ha probado un sorbo de agua. Su figura inconfundible se adentra en la céntrica y bulliciosa Plaza Wenceslao, corazón comercial de la ciudad y frontera entre el Staré Mesto (el barrio antiguo, donde está la casa natal de Kafka) y el Nove Mesto (barrio nuevo). Esta curiosa plaza (en realidad es una ancha avenida) concita bajo sus neones y de manera casi imperceptible buena parte de la vida clandestina de Praga.

El brazo de Karim (con su mano repleta de anillos que por superstición nunca se quita) apunta en diferentes direcciones para ilustrar la división que las mafias extranjeras han establecido en la prostitución: «Allí las chicas búlgaras, allí las ucranianas y en la otra esquina las rusas». «¿Y las prostitutas checas?», le pido a mi traductor que pregunte. «Las mujeres checas», me responde con un esbozo de sonrisa maliciosa en los labios, «están en Karlovo Námestí», un parque bastante céntrico a cuatro paradas de tranvía de allí.

Topos humanos

En un momento dado el cicerone se detiene sobre la tapa de una alcantarilla y hace que el grupo mire hacia sus pies (a esas alturas ya todos estamos hipnotizados por su inaudita presencia). Nos pide por favor que, de ahora en adelante, tengamos la delicadeza de no pararnos encima de una alcantarilla; en invierno bajo nuestros pies hay vagabundos que recorren el subsuelo de la ciudad. Los de abajo sienten mucha angustia (y también vergüenza) cuando quieren salir y hay gente parada en la puerta de su 'habitación'. Abandonamos la Plaza Wenceslao y callejeamos por los alrededores hasta llegar a Národní Divadlo, donde se encuentra el fastuoso Teatro Nacional, orgullo de la cultura y la música checas. Allí, a orillas del eterno Moldava, concluye la visita de Karim. Nos da su contacto por si necesitamos localizarle en un futuro y se deja retratar asumiendo el papel de estrella momentánea y fugaz.

El objetivo se ha conseguido; el 'invisible' ha tomado cuerpo, se ha hecho presente. Tanto, que todos buscan la ansiada foto. Antes de despedirnos, alguien le pregunta si hay un lugar realmente tranquilo donde las personas sin techo puedan tener un poco de paz e intimidad. «Oh, sí, claro, debajo de los puentes. Es lo más parecido a una casa. Puedes poner un colchón e incluso guardar algo de ropa; eso sí, hay que tener cuidado cuando llegan las lluvias y crece el río».

A la mañana siguiente, ya libre del grupo, me dirijo a los bajos del Puente Mánesúv, a menos de cien metros del atestado y turístico Puente de Carlos. Me guío por un olor acre y pronto llego a un refugio habilitado junto a uno de los pilones laterales del puente. Karim tenía razón; a pesar de la precariedad, hay en aquel rincón escondido una clara vocación de hogar. Acaso sea el orden con que están distribuidos los pocos elementos: una tienda de campaña, un abrigo, una escoba, una silla de oficina. Hago un par de fotos y salgo de allí con urgencia. Tengo la impresión de estar profanando cierta intimidad y eso no me gusta. Subo arriba y me dispongo a cruzar hasta Staromestská. Junto a mí pasan coches, tranvías, turistas y transeúntes apurados. A la derecha se divisan los puentes de Praga en una perspectiva memorable. Los veo ahora, sin embargo, de un modo diferente.

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