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"No quiero ese Nobel"

"No quiero ese Nobel"
  • Bob Dylan da largas a la Academia Sueca y ni siquiera se pone al teléfono. Como él hay otros muchos: escritores que renegaron del Nobel, como Sartre, o que se enclaustraron después de recibirlo, como el tímido Samuel Beckett

Bob Dylan no sale de la madriguera. Ni siquiera abre la boca para decir este premio es mío. Los académicos suecos deben de estar amustiados. Apuestan por un músico para darle el Nobel de las Letras y el galardonado no canta ni bajo tortura. ¿Es el silencio de este mito vivo de la música popular el preludio de un rechazo?

A nadie debería extrañar que Dylan haga lo contrario de lo que se espera de él. Al fin y al cabo siempre le ha importado un pimiento la parafernalia que arrastra su arte. Al estadounidense judío le trae al pairo ser una leyenda. Una vez dijo que sus canciones son un diálogo consigo mismo. Partiendo de esta premisa, ¿por qué demonios se va a poner Bob Dylan al teléfono para atender la llamada de la Academia Sueca? Lo suyo es un soliloquio ante el público. Quiere tocar la fibra sensible de quienes le escuchan, pero cuando le encañonan los focos mira para otro lado. Una costumbre que quizá hasta es saludable para evitar el deslumbramiento.

En los 120 años de historia del Nobel ha habido de todo. Bob Dylan no ha sido el primero en renegar del premio. Uno de los más sonoros portazos vino del escritor francés Jean-Paul Sartre. El padre del existencialismo no estaba para componendas y rechazó el Nobel de Literatura en 1964 porque lo consideraba un «premio burgués». El filósofo siempre había huido de condecoraciones oficiales. Así lo hizo con la Legión de Honor, distinción que se le otorgó por su actuación como combatiente en la Segunda Guerra Mundial. Sartre entendía que su independencia como intelectual le impedía figurar en el podio de los Nobel. «Un escritor que tome posiciones políticas, sociales o literarias debe actuar solo con sus propios medios, esto es, el mundo escrito. Todos los honores que pueda recibir exponen a sus lectores a una presión que no considero deseable», expresó en una carta el escritor.

Once años después, en 1975, al autor de la ‘La náusea’ no le pareció tan nauseabundo el premio y, por medio de un enviado especial, quiso obtener la pasta que le hubiera correspondido entonces. Los sartrianos de todo el mundo quedaron avergonzados por la actitud de su pope. Su aspiración no pudo ser satisfecha. Los académicos se hicieron los suecos y dedicaron la retribución a engrosar el Fondo Nobel.

A Boris Pasternak no es que le repugnara el galardón, que ganó en 1958, a la séptima tentativa. A quienes les sublevaba la distinción era a las autoridades soviéticas, que impidieron al autor de ‘Doctor Zhivago’ que lo recibiera. Pasternak fue conminado por el régimen comunista a declinar la invitación a desplazarse a Estocolmo. Una oferta que no podía rechazar.

Uno de los hombres más tímidos y reservados de la literatura, Samuel Beckett, no rechazó el Nobel que se adjudicó en 1969, pero el boato y el ser noticia dejaron tocado al irlandés. Su mujer confesó que el galardón fue una «catástrofe» para el dramaturgo y brillante exponente del teatro de absurdo. En efecto, después de la concesión, Beckett se enclaustró y desconectó el teléfono.

Desaire en Oviedo

En Asturias saben de sobra que Bob Dylan es un hombre huraño. En 2007, el cantante no acudió a recibir el Premio de las Artes que le concedió la Fundación Príncipe de Asturias. Se quedó sin recompensa económica ni escultura de Joan Miró. Y todo porque los estatutos por los que se rige la fundación que concede los premios son claros. Establecen como principio general que el galardonado, para recibir la ‘bolsa’, ha de acudir a la ceremonia que se celebra en el Teatro Campoamor de Oviedo todos los años en octubre. Hace nueve años Dylan excusó su inasistencia alegando que tenía programado un concierto. El cantautor en realidad no rechazó expresamente el galardón. Sin embargo, la organización se dio por enterada y no le envió ni el dinero ni la estatuilla. A fin de desairar a la ciudad, el poeta dijo después que viajaría a Asturias para ofrecer un recital. Allí todavía se le espera.

Tampoco Bill Gates ni su esposa Melinda se presentaron en Oviedo en octubre de 2006, pero entonces el jurado había reconocido la labor filantrópica de la fundación que creó el hombre más rico del mundo. Al mes siguiente, en noviembre el padre del fundador de Microsoft, el abogado William Henry Gates II, sí acudió a Oviedo. Parece que así se deshizo el agravio.

A fin de evitar este tipo de incidentes la organización de los Premios Princesa de Asturias procura asegurarse la asistencia del galardonado de los premiados y les sondea antes sobre si aceptarían el reconocimiento. La ausencia del atleta Carl Lewis (1996) y del ciclista Lance Armstrong (2000)–ahora por todos repudiado– aconsejó la llamada preventiva.

Por cuestiones de fuerza mayor, los hermanos Pau y Marc Gasol se perdieron el acto de entrega. En 2015, los deportistas no pudieron viajar a España porque justo entonces, en el mes de octubre, empezaba la temporada de la NBA. Su padre, Agustí Gasol, adujo que los americanos se mostraron taxativos con la negativa a desprenderse de los jugadores. Las estrellas de la NBA hicieron lo imposible por agradecer el premio a los Reyes. No en balde Pau Gasol mantiene con el jefe del Estado una relación especial, como lo demuestra que fue el único deportista que estuvo presente en la ceremonia de proclamación de Felipe VI. Con todo, nadie sabe responder si los Gasol se embolsaron los 50.000 euros.

En un ámbito más reducido Javier Marías armó una polémica hace seis años cuando rechazó el Premio Nacional de Narrativa, concedido por el Ministerio de Cultura, por su obra ‘Los enamoramientos’. Fue coherente porque hacía años dijo que de premios ya estaba bien surtido. Marías no quería ser visto como un autor mimado por el poder político, con independencia de su color. Con Marías se abrió la espita porque después, el músico Jordi Savall y la fotógrafa Colita rechazaron los galardones por venir de un Gobierno, el del PP, que había dado muestras palmarias de despreciar la cultura.

El caso inverso corresponde a Juan Goytisolo. Anunció que nunca aceptaría el Cervantes, pero cuando se lo dieron no puso pegas. En el discurso de entrega fue muy crítico con el Gobierno.