Ideal

El barco fantasma tiene un 'problemón'

El ‘Sailing A’ maniobra este fin de semana en sus primeras pruebas de navegación; a la derecha, su propietario, Andrey Melnichenko.
El ‘Sailing A’ maniobra este fin de semana en sus primeras pruebas de navegación; a la derecha, su propietario, Andrey Melnichenko. / AFP
  • El velero más grande y caro del mundo se hace a la mar. Sus dimensiones son tan bestiales que los agoreros vaticinan que no podrá salir del Báltico

Para algunos es el barco más feo del mundo. Para otros, el más espectacular. Los puristas se llevan las manos a la cabeza viendo el tosco casco en forma de zueco holandés, su voluminosa popa levantándose como el culo de un pato, sus mástiles curvados pinchados en la cubierta sin ninguna jarcia que los sostenga, y auguran consecuencias funestas cuando el barco se enfrente a su primer temporal. Los vanguardistas admiran la osadía de su diseño, que rompe con todo lo establecido, y las complejas soluciones técnicas adoptadas para hacerlo navegable. Lo que nadie puede negar es que, con sus 143 metros de eslora y 25 de manga, es el velero particular más grande del mundo, el más avanzado tecnológicamente y, por supuesto, el más caro. El pasado fin de semana, el ‘Sailing Yacht A’, encargado por el magnate ruso Andrey Melnichenko, abandonó por primera vez la dársena del puerto alemán de Kiel y surcó las aguas del Báltico para iniciar las pruebas de navegación. Bajo la densa niebla parecía un barco fantasma. Con niebla o sin ella, una fantasmada de barco.

Melnichenko, que ha cimentado su inmensa fortuna en las minas de carbón, los fertilizantes, la industria metalúrgica y la banca, es a sus 44 años un hombre acostumbrado a los atajos. Y nada hay más rápido para alcanzar el reconocimiento social que un gran yate amarrado en los puertos más exclusivos. Sobre todo si encarga su desarrollo a uno de los diseñadores más reputados del momento, el francés Philippe Stark. ¿Y qué importa que carezca de formación en la ingeniería naval si es capaz de plasmar su sello inconfundible en un simple exprimidor, un café parisino con solera o una vieja alhóndiga en Bilbao? Cuando uno aspira a empatar, Stark gana por goleada.

Es imposible discutir la originalidad a este diseño de Stark, autor también del anterior barco de Melnichenko, el ‘A’, que hace escasas fechas visitó los puertos de Pasaia y Bilbao y que el caprichoso millonario quiere ahora vender para dejar sitio en el muelle a su nuevo juguete.

El primer ‘A’, que como su sucesor fue bautizado así en honor a la inicial de los nombres de su propietario y de su mujer, Aleksandra, salió del astillero hace apenas ocho años rompiendo todos los moldes con su afilada proa invertida, su triple puente acristalado en elegante retroceso, su torre de comunicaciones coronándolo y sus escotillas ovoides, que le asemejaban a un submarino blanco nuclear. Un yate nunca visto, en cuya construcción se dejó Melnichenko la friolera de 300 millones de euros.

¿Cómo que no cabe?

Era un dinero bien gastado pero, ay, los 119 metros de eslora del ‘A’ pronto se le quedaron pequeños. Así que, antes incluso de que el yate comenzara a acumular mejillones en su obra viva, el magnate dobló la apuesta encargando a Stark otro aún más grande y espectacular. Y, para distinguirse aún más de los millonetis del montón, ordenó que fuera un velero. Starck se puso inmediatamente manos a la obra para trabajar como a él le gusta: sin ideas preconcebidas, solamente un tablero en blanco, libertad absoluta y un ingente presupuesto, cerca de 400 millones de euros. El resultado es tan estrambótico como se podía suponer. Eso sí, dotado de fábrica del paquete completo:ocho cubiertas, varias piscinas, un salón con vistas subacuáticas, el preceptivo helipuerto, un submarino en la bodega, tres palos pivotantes de 90 metros de altura y tan gruesos que en el interior de uno de ellos incluso se ha habilitado un camarote...

Si Melnichenko quería que se hablara de él, ha acudido al lugar adecuado. La colosal silueta del ‘Sailing A’ ha dado pie a pintorescos comentarios y curiosas especulaciones. La más llamativa, que las dimensiones del barco le condenan a permanecer para siempre en el Báltico, ya que sus mástiles superan ampliamente la altura del vano de los puentes entre Dinamarca y Suecia que se interponen en su ruta hacia el Atlántico. Un portavoz del magnate ha tenido que salir al paso del «ridículo» chismorreo asegurando que pasará por un puente levadizo próximo a Copenhague navegando por un canal cuya profundidad, de 8,3 metros en marea alta, supera por apenas un par del palmos el calado de la embarcación convenientemente aligerada. Los superricos detestan las sorpresas.