Ideal

La jubilación feliz del rinoceronte que se curó en España

‘Rómulo’, en su último destino, la Reserva El Castillo de las Guardas, en Sevilla .
‘Rómulo’, en su último destino, la Reserva El Castillo de las Guardas, en Sevilla .
  • Este rinoceronte nació en un safari park, creció en un circo y acabó en el cubículo de un zoo. Solo andaba en círculos, pero le curaron en el Bioparc de Valencia

Rómulo’ no ha tenido una vida fácil. La suya, más que de rinoceronte, ha sido una vida de perros. Nació en un safari park del Reino Unido el 15 de abril de 1979 y hasta hace unos meses no ha sido medianamente feliz. Su historia es la de los viejos zoos, lugares de angostas jaulas y crueles condiciones.

Este rinoceronte blanco acabó quedándoselo un circo, donde empezó a adquirir el terrible hábito de caminar en círculos para lucir en un escenario no muy amplio. El día que dejó atrás a payasos y equilibristas tampoco mejoró su suerte. ‘Rómulo’ fue trasladado entonces, en 1984, al zoo de Valencia, en el parque de Viveros, junto al río Turia que aún pasaba por dentro de la ciudad.

Allí, con cinco años, se vio condenado a una cárcel con barrotes, una jaula claustrofóbica de 18 metros de diámetro para un bicho de más de dos toneladas. Al principio no tenía ni un refugio y allí, en ese triste rincón con el suelo de cemento, acentuó su estereotipia. El joven ‘Rómulo’ no tenía otra alternativa que dar vueltas y más vueltas.

Ignacio Docavo era el director del zoo de Valencia y durante décadas se peleó con las instituciones para arañar unos metros al parque que revirtieran en una vida más agradable para los animales, muchos de ellos convertidos ya en ‘amigos’ de los valencianos. Como ‘Tarzán’, un chimpancé con muy mala gaita que le tiraba las heces al público. O ‘Boris’, el orangután pelirrojo capturado en Borneo por un cazador furtivo al que le fue decomisado antes de enviarlo al zoo. O ‘Turita’, la primera jirafa, auspiciada por Cervezas Turia y apadrinada por Raphael.

Eran animales muy queridos por los niños, muchos donados por gente conocida, como el elefante ‘Noi’, un obsequio de Dalí, o ‘Carabina’, un burro de Rafael Alberti, que era tío del profesor Docavo. Pero también fueron bestias que vivieron en hábitats penosos. Las jirafas acabaron con la boca deformada de tanto morder la valla metálica. Y el vigilante se dio un susto de muerte la noche que se encontró a seis yonkis dentro del recinto de ‘Rómulo’, aunque el animal, que siempre se ha llevado mejor con los humanos que con los animales, seguía allí tan pancho.

La historia del zoo, que abrió el 10 de junio de 1965 con 25 ejemplares, concluyó en 2007, cuando se produjo el traslado al Bioparc, a la otra punta de la urbe, donde abundan los espacios abiertos y se recrea la sabana africana. Los veterinarios y cuidadores de ‘Rómulo’ confiaban en que entonces dejara de andar en círculo y, por fin, a sus 18 años, pudiera deambular a sus anchas. Pero sus comportamientos estereotipados se mantuvieron.

Loles Carbonell conoció a ‘Rómulo’ en 1995. «Era la primera vez que veía un rinoceronte de verdad y me maravilló lo bonito que es y que le encantara el contacto con la gente. Era habitual que se acercara a la cerca a que le rascaras debajo de las orejas. Le gustaba mucho. Pero también me dio mucha pena verlo andar en círculos en un lugar tan pequeño».

Estímulos

La veterinaria y sus colaboradores se empeñaron en corregir este vicio adquirido y mejorar su bienestar en el Bioparc. «De entrada ya tenía más espacio», explica Carbonell. «Pero además había una ría, charcos de barro, que le encantan, cascadas en las rocas... Y le colocábamos obstáculos para que tuviera que esquivarlos y dejar de ir en círculos. Había muchos elementos que le estimulaban, pero no fue fácil».

‘Rómulo’ tardó años en aprender que había otra forma de moverse y el visitante veía, apenado, los círculos que dejaba marcados sobre la arena, una condena de por vida a causa de su triste pasado. Pero el ingenio y el empeño del personal del Bioparc permitieron acabar con su estereotipia y todos celebraron el triunfo de este veterano.

Aún quedaba un fleco colgando. Al ser un animal habituado a vivir solo, sin relacionarse, no servía como semental. Pero en los rinocerontes resulta necesario el papel del macho encelador, aquel que por su simple presencia incita a que el otro macho copule con las hembras. ‘Rómulo’ era un actor indispensable en el programa europeo de reproducción para especies en peligro de extinción (EPP), aunque, de manera involuntaria, provocaba el efecto contrario: inhibía a su compañero y arruinaba el programa.

El coordinador del EPP recomendó establecer algunos cambios. Una de las dos hembras se trasladó al Parque de la Naturaleza de Cabárceno, en Cantabria, y la otra permanecería con el segundo macho, que conseguía copular, pero sin éxito. Y, visto lo visto, recomendó enviar a ‘Rómulo’ a la Reserva El Castillo de las Guardas, en Sevilla.

Los cuidadores colocaron semanas antes de la mudanza una caja dentro del cobijo del rinoceronte con la entrada encarada a la puerta. Al fondo le ponían la comida para atraerlo. ‘Rómulo’ acabó habituándose a ese cambio y un buen día la puerta de la caja se cerró. Una grúa la subió a un camión y salió rumbo a Sevilla.

‘Rómulo’ tiene ahora 37 años y le quedan cerca de 13 para vivir como un marajá en esta enorme reserva de 230 hectáreas de frondosa masa forestal y una charca natural. Un día recibió la visita de una antigua cuidadora de Viveros. El rinoceronte reconoció su voz, se dirigió a la cerca y le acercó su oreja para recibir las carantoñas. Hay hábitos que nunca perderá.