Ideal

La gran fiesta americana

Los delegados republicanos posan con sus mejores galas ante el símbolo de su partido: el elefante.
Los delegados republicanos posan con sus mejores galas ante el símbolo de su partido: el elefante.
  • Cada cuatro años, EE UU vive su mayor espectáculo. No importa lo seria que sea la cosa, ni lo mucho que esté en juego. En plena batalla electoral, los yanquis aún tienen ganas de juerga

El señor que aparece sobre estas líneas disfrazado de Abraham Lincoln se llama George Engelbach y no está de broma, todo lo contrario. Delegado por Missouri en la convención republicana celebrada en Cleveland el pasado mes de julio, George no tuvo ningún problema en presentarse de esa guisa ante sus colegas porque su objetivo -contó cuando le preguntaron qué hacía caracterizado como el primer presidente republicano de la historia- era llamar la atención sobre la conveniencia de que, en el futuro, todos los jueces de Tribunal Supremo sean conservadores.

Mr. Engelbach es la prueba viviente de que los norteamericanos, por seria que sea la cosa y mucho lo que esté en juego, no desaprovechan ninguna oportunidad de pasarlo en grande. De eso, y de que hace ya muchos años que en la tierra de las oportunidades, cuna de la democracia tal y como la entendemos, política y espectáculo van de la mano.

El mayor espectáculo del planeta -ahí están para confirmarlo audiencias y presupuestos- dura un año entero en el que por el camino quedan caucus, supermartes, encuestas, debates, vencedores, merchandising y mucho, muchísimo dinero.

Desde luego, Engelbach no fue el único dispuesto a animar el gran evento. Liz Ritchie, una de las delegadas llegadas desde California, decidió aquel mismo día echar el resto, desempolvar camiseta y sombrero 'trumpiano' y demostrar al resto del mundo que se puede ser republicano y no por ello perder la alegría. Por no hablar de Arthur, 'el patriota', venido desde Arizona para recordar a todos su compañeros de qué están hechos los norteamericanos.

Ellos son solo una muestra de la colección de retratos, firmados por el fotógrafo Jim Young y publicados bajo el título 'Mensajes para el futuro presidente', en los que sus adversarios se encargan de completar la escena.

En esa suerte de guerra sin cuartel que aún no ha librado la última batalla, los seguidores de la señora Clinton no se iban a quedar atrás a la hora de demostrar de lo que son capaces si con ello logran arañar algún voto o insuflar ánimo a sus compañeros. Por eso, la señorita Karla Stoebig, llegada de Wisconsin para la convención demócrata celebrada en Philadelphia días después de la de sus rivales, no dudó en colocarse un buen trozo de queso adornado con la enseña nacional para hacer llegar a la candidata su particular mensaje: «Deberíamos avanzar unidos»; o Priscilla Chávez, de Nuevo Mexico, en envolverse en la bandera mientras Lavon Bracy y Rick Neuhoff, delegados por Florida, exhiben su mejor sonrisa para mayor gloria de la causa y regocijo de sus animados colegas.

Vale, resulta complicado hacerse una idea, pero en la versión española sería como pasearnos por un congreso nacional del PP y encontrarnos con María Dolores de Cospedal vestida de Agustina de Aragón; o al incombustible Antonio Hernando, caracterizado de Pablo Iglesias Posse, con una rosa en la boca en el próximo comité federal socialista.

Aquí, en donde no nos tomamos las cosas con la misma alegría, tampoco es probable que un partido llamado a luchar en las urnas por el gobierno hubiera aceptado un elefante, y mucho menos un burro, como símbolo. A ellos, lejos de importarles, les encanta la idea. Dice la historia que lo del burro 'mascota' surgió en 1828; que fueron los enemigos del por entonces candidato demócrata, Andrew Jackson, los que, considerándolo tontorrón y tozudo, decidieron apodarlo así. Aquello, que a cualquier otro habría levantado del sillón preso de ira, a Jackson le pareció perfecto. El candidato lo convirtió en su símbolo electoral y explicó a los norteamericanos que verdaderamente tenía muchas similitudes con el animal: también él era trabajador y modesto.

Fue Thomas Nast, un ilustrador de finales de ese siglo, el que, en un día de inspiración, dibujó un elefante, «un animal inteligente, pero dócil y fácil de someter», representando a los republicanos. Más de un siglo después, unos y otros sigue exhibiendo con el mismo orgullo mascotas y bandera. Definitivamente, lo nuestro, por más que creamos que aquí las cosas están más animadas que nunca, es un aburrimiento.