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Los extraños enfermos de miedo

Los extraños enfermos de miedo
  • Paquita vive encerrada hace 8 años. No soporta la luz, las radiaciones ni los detergentes. Nadie la cree. Solo los médicos que se han quedado con sus ahorros. Sus dolencias son psicosomáticas: el cerebro produce los síntomas, pero el dolor es real

Paquita Pérez vive encerrada en su piso de Lorca (Murcia) desde hace ocho años. Las persianas están echadas porque no soporta la luz. En su casa nadie lleva perfume ni ropa lavada con detergente. El simple olor de esos productos le pone enferma. No hay aparatos eléctricos, aparte de la nevera y el teléfono. Para hablar con ella, es necesario gritar un poco, porque usa el inalámbrico a cierta distancia. De lo contrario, asegura, las radiaciones electromagnéticas del terminal le producen asfixia. «No aguanto ni la pila de un reloj, ni el agua del grifo, por el cloro», confiesa. Al cabo de un rato de describir sus dolencias –sensibilidad química múltiple(SQM) e hipersensibilidad electromagnética–, esta mujer de 67 años se derrumba. «Vivo como un perro, rabiando de dolor, ahogándome. Esto es lo peor que le puede pasar a una persona», clama.

Lo terrible es que, aparte de su familia y algunos allegados, nadie más la cree: todos los médicos de la Seguridad Social que la han visto le dicen que lo suyo es psicológico. Para ser exactos, hay quien sí la cree, pero siempre es cobrando: ella y su marido, Baltasar, se han gastado los ahorros de toda su vida en medir radiaciones, comprar materiales protectores, alimentos ecológicos y ropa de algodón 100%, y pagar tratamientos e ingresos en clínicas especializadas en trastornos que la Organización Mundial de la Salud no reconoce. La Sanidad española clasifica la SQMcomo una ‘alergia no específica’ que sufren entre 250.000 y 2,7 millones de personas –el 90%, mujeres– y frente a la que recomienda sobre todo «apoyo psicosocial». Para muchos científicos, Paquita y cada vez más personas en el mundo tienen una enfermedad, sí, pero no la provocan los productos químicos ni las ondas electromagnéticas, sino su propio cerebro.

La capacidad de nuestra mente de producir síntomas físicos ha sido estudiada gracias al efecto placebo, por el que una sustancia inerte produce una mejoría en la salud. Hoy en día, el desarrollo de todo fármaco incluye una fase en la que un grupo de pacientes es tratado con el medicamento en prueba y otro, con un placebo –pastillas de azúcar o una inyección de suero salino–; ninguno lo sabe y se compara lo que les ocurre a ambos, ya que el simple hecho de tomar algo hace que ciertas personas sientan alivio. Eso explicaría los éxitos que se atribuyen a la homeopatía.

Pero también hay quien se siente enfermo cuando piensa que algo le va a sentar mal. Es el efecto nocebo. Tras tomar una sustancia inocua –virtualmente, nada–, espera que algo malo ocurra y su cerebro se esfuerza por cumplir sus expectativas. Ambos fenómenos tienen sus límites: ni el efecto placebo cura el cáncer o el sida –más bien acelera la recuperación en dolencias banales o de remisión espontánea– ni el nocebo mata. Al menos, en teoría:ciertos tipos de brujería, como el mal de ojo o el vudú, se basan en la capacidad de algunos individuos de autosugestionarse hasta la postración.

Magi Farré, investigador de Neurociencias en la Universidad Autónoma de Barcelona, recuerda que, según distintos estudios, el placebo puede afectar a entre el 30 y el 80% de las personas, mientras que el nocebo, «peor estudiado», se observa en entre el 10 y el 50% de los casos. Eso sí, el poder del cerebro sobre el organismo no responde solo a un mecanismo de aprendizaje –«Siempre que tomo pastillas se me pasa el dolor de cabeza, así que ahora también ocurrirá»–, sino que tiene una base neuroquímica. «Sujetos que responden al placebo liberan endorfinas y dopamina y modifican las zonas cerebrales encargadas del procesamiento del dolor o la depresión», señala Farré.

Molestias articulares, dolor de cabeza, náuseas, mareos, fatiga, taquicardias y dificultad para respirar son algunos de los síntomas –difusos, difíciles de medir– que describen quienes aseguran reaccionar a químicos o radiaciones a dosis inocuas para la mayoría. «La mente humana es capaz de sugestionarse tanto para bien como para mal. Si tu cerebro dice que te pica, te pica, aunque no haya ninguna reacción en la piel», confirma el biólogo del CSICEnrique de la Rosa. La ciencia también estudia por qué los magos nos hacen percibir cosas irreales, para entender mejor la capacidad de sugestión de la mente, resalta el autor del blog Ciencia con Chocolate.

Alfonso Díaz, psiquiatra y especialista en Medicina del Trabajo, cree que «no se trata de una enfermedad inventada», pero en nueve de cada diez casos de los que ha conocido como perito en juicios de demanda de pensiones de incapacidad el problema de fondo era una depresión, un trastorno de ansiedad o una personalidad proclive a somatizar los conflictos psicológicos.

El miedo es contagioso

El psiquiatra norteamericano Stephen Barrett, fundador de la web Quackwatch –una especie de observatorio de la charlatanería–, cita en su manual sobre la SQM investigaciones en las que individuos que alegaban sufrir este trastorno fueron incapaces de discernir cuándo eran expuestos a las sustancias que supuestamente les afectaban y cuándo no.

Algo similar ocurre con la hipersensibilidad electromagnética. Alberto Nájera, profesor de Radiología y Medicina Física en la Universidad de Castilla-La Mancha, recuerda que los supuestos afectados de esa dolencia no logran distinguir señales reales de otras falsas en el marco de experimentos controlados. A su juicio, la desinformación –multiplicada hasta el infinito por internet– y unos medios de comunicación poco críticos han alentado un clima social de histeria frente a algunos avances tecnológicos. Ocurrió a principios del siglo XXcon la radio y se repitió décadas después con los hornos microondas, las líneas de alta tensión, las antenas de telefonía móvil y, últimamente, el wifi.

Para Nájera, la prueba del poder ‘curativo’ de la información está en Albacete: hace unos años, se generó allí un movimiento «bastante violento» que afirmaba que las antenas producían cáncer. La Facultad de Medicina realizó por toda la ciudad una medición de catorce bandas de frecuencia del espectro electromagnético –FM, móviles, inalámbricos y wifi, entre ellas–, invitando a la población a participar: 75 voluntarios tomaron trece millones de datos y la conclusión fue que las radiaciones eran entre 10.000 y 100.000 veces menores que los límites autorizados en Castilla-La Mancha, los más restrictivos de España; la equivalente a la que produce una bombilla de 100 vatios a un kilómetro de distancia. Tras difundir los resultados, los movimientos antiantenas cesaron.

Pilar Muñoz-Calero, médica y presidenta de la Fundación Alborada, que atiende en su clínica privada de la Comunidad de Madrid a cientos de afectados por «patologías ambientales», recuerda que también en algún momento de la historia de la medicina se atribuyó un origen psiquiátrico a la esclerosis múltiple, el párkinson, las migrañas o la artritis reumatoide. «Posteriormente se ha demostrado que todas ellas eran enfermedades fisiológicas reales», asegura Muñoz-Calero, quien confía en que algún día los «costosos tratamientos» de estos males sean cubiertos por la Seguridad Social.

El miedo puede ser tan contagioso como un virus e igual de letal. Hace poco más de un año la adolescente británica Jenny Fry se suicidó, incapaz de soportar el dolor, el insomnio y el cansancio que supuestamente le provocaban las radiaciones. Sus padres eliminaron el ‘veneno’ electromagnético de la casa, pero el colegio se negó a aceptar sus peticiones porque carecían de base científica. «El wifi la mató», sostiene su madre.