Ideal

En el tajo a los 80

Teresa Berganza.
Teresa Berganza.
  • La jubilación se estira. 156.000 españoles trabajan después de los 65. Algunos incluso son octogenarios

Alejandra es artista, tiene 79 años, y el suficiente cuajo para enfrentarse a su familia para hacer valer su derecho a decidir dónde va a pasar los años que le quedan. A su favor tiene su ingenio y pasión por la vida. Como último ‘argumento’ ante un entorno que ya no le escucha, prepara su alegato final: una trinchera de cócteles molotov para defender su lugar en el mundo. Alejandra es en realidad el último personaje que encarna la actriz Lola Herrera en el teatro. A sus 81 años, Herrera recorre otra vez los escenarios con ‘La velocidad del otoño’. La veterana intérprete vallisoletana alerta en esta pieza contra una sociedad que «trata a los mayores como si fueran un saco que hay que depositar en algún sitio». Y defiende que aquellos límites de las diferentes etapas de la vida se han difuminado. «Hay una nueva edad», insiste. Vidas sin fecha de caducidad laboral. Y ella es un buen ejemplo.

No solo ella. Cada poco tiempo, los países ricos hablan de aumentar la edad de jubilación para contener los costes de una población que cada vez vive más. En Alemania estudian elevar esa cifra hasta los 69 años. El debate afecta a toda Europa. Y aún más a España, que es el tercer país más envejecido de un continente que año a año justifica más aquello de ‘viejo’.

Casi el 6% de los españoles supera ya los 80 años, más de 2,5 millones de personas. En cuatro décadas, serán más del 20%. Según Eurostat, hay provincias como Orense, Zamora y Lugo que están entre las 10 más envejecidas de Europa. «Ninguna sociedad puede soportar esto», clama el presidente de la Sociedad Gallega de Geriatría y asesor de Naciones Unidas, Miguel Ángel Vázquez. Profesor de Geriatría en la Universidad de Vigo, Vázquez forma parte de una nueva corriente que reclama «una revolución social que ofrezca a los mayores algo más que el papel de abuelos». Por mucho que el 55,9% de esos abuelos españoles confiese que ha sido el motor económico de sus familias en estos tiempos de crisis.

Y como toda revolución empieza por pequeños detalles, hay notables ejemplos de longevidad laboral que van más allá de la edad oficial, todavía, del retiro: los 65 años. Esa «nueva edad» de la que habla Lola Herrera parece un ‘fin de la edad’, que permite a algunos seguir en activo ya octogenarios. Una frontera que, hasta hace bien poco, solía marcar la distancia entre la vida y la muerte.

La citada Herrera, pero también sus colegas Nuria Espert y María Galiana (también 81) o Arturo Fernández (87). Músicos como Antón García Abril (83), Teresa Berganza (81) o Cristóbal Halffter (86). Y empresarios como Leopoldo Abadía (83) o Amancio Ortega (80), del que se dice que «su forma de dirigir es de las que más cantera joven crean». La lista se haría interminable si incluimos a los escritores, entre los que el más laureado de los últimos años, Mario Vargas Llosa, estrenó sus 80 la pasada primavera.

Y son legión los que serán octogenarios en unos meses en plena agilidad laboral: Eduardo Punset, el padre Ángel García (Mensajeros de la Paz), Ramón Arcusa y Manuel de la Calva (Dúo Dinámico)... «A todos ellos les une algo: la ilusión, que es el motor de todo», resume el presidente de la Sociedad Española de Geriatría, José Antonio López Trigo. El ‘jefe’ de los geriatras (el sector médico que más se ha expandido en las últimas décadas) agradece a estos nombres de postín que hablen por todos los mayores que luchan contra «el gran mensaje contradictorio de nuestra sociedad: el de pedirles que dejen sitio a los jóvenes a la que vez que reclamamos para ellos el envejecimiento activo».

Su colega Miguel Ángel Vázquez lleva años analizando todas las variables y ofrece un dato demoledor. «Las personas con actitud positiva viven de media siete años más. Luego una persona que cree que puede hacer cosas, vive más».

Padre gurú, abuelo famoso

Leopoldo Abadía nunca pensó que sería capaz de dar cuatro conferencias el mismo día. Pero la última gran crisis fue su ‘revival’ personal. Tenía 74 años y había cumplido de sobra con una sólida carrera de más de tres décadas como profesor de la escuela de negocios IESE, de la que además fue socio fundador. «Un domingo que llovía se me ocurrió coger unos papeles, recortar y escribir. Un amigo los hizo ‘correr’. Ahí empezó todo». Ese ‘todo’ se tradujo en ‘La crisis ninja y otros misterios de la economía actual’. Desde entonces ha publicado cinco libros, entre ellos ‘Cómo hacerse mayor sin volverse un gruñón’. En septiembre cumplió 83 años mientras espera a sus «nietos 46 y 47». Son las nuevas ‘ramas’ de un ‘bosque’ de hijos que se detuvo en la docena. Unos y otros presumen de «un padre gurú» o «un abuelo famoso». Leopoldo lo asume con naturalidad y no solo no gruñe sino que es de un trato tan aterciopelado que emociona a sus interlocutores. Tampoco ha sido nunca un hombre de «retos pendientes», así que vive esta ajetreada nueva vida profesional incluso con cierta distancia.

–¿Cuál cree que es su mayor mérito?

–Ninguno. Solo tengo la ventaja de la experiencia. E intento no despreciar a quien no la tiene.

También tiene claro que él no le quita el pan a nadie. «No ponemos ningún tapón. Escribí una cosa que tuvo éxito. Y ya está. No tengo sensación de quitar el sitio a ningún talento. El peligro son esos mayores que van a la empresa y se quedan solo por estar, porque no tienen nada mejor que hacer».

En esto coincide con el portavoz de la Confederación Española de Organizaciones de Mayores (Ceoma), José Luis Elosúa, que advierte de que no se puede «mantener un puesto de trabajo solo con el paraguas de la experiencia». Pero el terciopelo del ‘gurú’ Abadía, que tiene a uno de sus hijos como jefe de prensa y responsable de su amplia agenda, se arruga un poco cuando le preguntan por sus expectativas de futuro.

– ¡Cortas!

Si Leopoldo Abadía ha reciclado su vida gracias a la crisis de 2008, meses antes de la más grave que ha sufrido la economía mundial en toda su historia ya gateaba camino de los escenarios el actor Arturo Fernández. Él es el verdadero ‘crack del 29’, el año de su nacimiento. En la nueva temporada teatral repite en los escenarios con ‘Enfrentados’, un cambio de registro para este galán eterno (sus «¡chatina!», han creado escuela de seducción), en el que hace de cura chapado a la antigua. «Para envejecer hay que tener tiempo y yo no le he tenido nunca», se anticipa a la pregunta de qué le motiva para seguir en los teatros haciendo (casi) siempre de meloso conquistador.

Fernández presume de regentar la compañía teatral más antigua de España («y probablemente de Europa»). Esos 87 años que se pasean con garbo por los escenarios tienen el secreto de una profesión de éxito en la que «te jubilas cuando tú quieres... o mejor, te jubila el público». Su extenso currículum incluye más de 70 películas, en un género como el cine que parece cada vez más pensado para públicos jóvenes. Por eso, nunca quiere dejar las tablas, «porque en el escenario no se impone esa juventud sino la técnica».

No hay manera de conducir la conversación a temas familiares. Casado dos veces, tres hijos y una vida personal discreta y muy alejada de su estereotipo de galán, en su recámara no hay más secreto que «tener siempre un nuevo proyecto. Cuando ves que algo se acaba hay que buscar algo para no perder el ritmo». En su caso, el trabajo parece el mejor gimnasio para el resto de la vida porque «cualquier dolor que tengas, al levantarse el telón ya no lo tienes. Pero te exige y te da. Nunca puedes bajar la guardia».

López Trigo insiste mucho en que los mayores «cambian agilidad por capacidad» y que la edad «se ha convertido ya en un simple criterio administrativo». Pero también hay que ponerse en la piel de estos entregados y longevos currantes.

Pasito a pasito

Cuando las productoras del famoso serial ‘Cuéntame’ (TVE) negociaban dos temporadas más, la abuela Herminia se tentó la ropa. «¿Dos años...? ¡Vamos a ver! Si yo solo pienso en lo que puedo hacer en los próximos seis meses», bromea María Galiana, que encarna a este tierno personaje. Este pasado verano su agenda incluía 50 escenarios de toda España en los que representar ‘La asamblea de mujeres’, una pieza de Aristófanes.

El suyo es un caso atípico de reconversión laboral en plena jubilación. Ya había dado vida a algunos papeles en cine y teatro, aunque su vocación fue la enseñanza y se jubiló a los 65 después de casi cuatro décadas dando clases de Historia de España y del Arte en bachillerato. Su madre sufridora en la película ‘Solas’ (1999) abrió una nueva carrera que la ha convertido en la abuela de la escena y de todos los españoles. Una vez más, la motivación lo explica todo. «Lo negativo de la jubilación es ese nirvana que muchos ven en ella. Sí, he cambiado de vida y me encanta viajar. Pero es cansado y se disfruta menos de tus espacios y tu casa. Levantar una obra es muy duro y a veces estoy muerta tras pisar escenarios inhóspitos por esos pueblos del interior».

Viuda, con 81 años, cinco hijos y seis nietos, Galiana no echa de menos el papel clásico que sí interpreta delante de la pantalla: el de madre y abuela de toda la vida. «Sería muy difícil para mí ser una abuela convencional. Me gustó ser madre pero fue una vocación ‘sui generis’, nunca tuve dependencia». Sus hijos, incluso sus nietos, son sus amigos. Todo parece fruto de una mujer que trató con jóvenes toda su vida como profesora. E intentó siempre estar al día con ellos, aunque reconoce que hay distancias insalvables. Esa agilidad mental alimenta la positividad de María, que «no ha parado la rueda de la vida». Vive sola, se levanta a las 7.30 para ir a grabar a la tele y siente que todavía es una actriz «con poco recorrido y que tiene mucho que aprender».

–Toda la vida con jóvenes, ¿cree que se están rompiendo las distancias entre las edades?

–Lo dudo. Para los jóvenes de hoy los mayores no tenemos alicientes, no les intrigamos.

Los expertos en edades tardías, que hablan de la ‘revolución pendiente’, ya no defienden el papel del abuelo como transmisor de sabiduría. «Hoy día sabe más un niño de 12 años que un señor de 80. El mito de la experiencia que pueden transmitir los mayores se está acabando con una tecnología en permanente cambio», reflexiona Miguel Ángel Vázquez.

Sin embargo, esa tecnología nunca podrá sustituir una voz como la de la mezzosoprano madrileña Teresa Berganza. Dejó los escenarios en 2009 cuando le atrapó la mudez en un concierto en Santander. ¿Fin de su carrera? En absoluto. Este verano viajó a Graz (Austria), donde estuvo una semana dando una clase maestra. En agosto se fue a Panticosa. Y en noviembre la esperan en Karlsruhe (Alemania). En medio no paran las galas, actos y homenajes.

–Tras medio siglo en el escenario, ¿qué le impulsa a seguir?

–Sigo trabajando impulsada por mi amor y respeto a la música y a la vida. Necesito entregar todo lo que llevo dentro. Quizás sea una forma de devolver lo recibido.

Al igual que María Galiana, Berganza (dos maridos, tres hijos) fue un ama de casa atípica para su tiempo. Una mujer que acabó separándose dos veces porque llevaba mal que los hombres «se enamoraran primero de la artista y después de la mujer» y que siempre reclamó libertad para organizar su vida. Lo que no le impide seguir sintiendo que sus hijos «son lo más importante».

Diva por encima de todo, a sus 83 años y en un mundo tan competitivo y exigente como la música culta, insiste en que nunca se ha sentido «arrinconada u olvidada». Y, como Abadía con la economía y Galiana y Fernández con el teatro, defiende a ultranza que «la genialidad y experiencia de las personas mayores hay que aprovecharlas siempre». Dos millones y medio de octogenarios españoles seguro que asienten con la cabeza.