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El peor padre del mundo

El peor padre del mundo
  • Abusó de cinco niños que tenía a su cargo durante 17 años y fue condenado a medio siglo de cárcel. El escritor Carles Porta se sumerge «sin juzgar» en la historia de David Donet, el pederasta de Castelldans

Carles Porta (Vila-sana, Lleida, 1963) se desplazó en 1997 con un equipo de TV3 a Tor, un diminuto pueblo de la provincia leridana, con trece casas, al que una montaña separa de la estación andorrana de Arinsal. Su objetivo era intentar poner luz en el oscuro asesinato de un vecino, miembro de una de las dos familias que se disputaban la propiedad de esa mole, vía de entrada para los contrabandistas y potencial negocio del esquí en el futuro, y elaborar un reportaje para el programa ‘30 Minuts’ que tituló ‘Tor, la muntanya maleïda’ (Tor, la montaña maldita).

El periodista dejó la huella de su fino olfato con nuevos datos y declaraciones en un caso confuso. Tiempo después regresó con la familia para mostrarles aquel bello paraje y encontró gente que no había hablado en su día pero que quería hacerlo. Porta siempre ha tenido una habilidad, natural o educada, para que las personas se sinceren con él. De golpe, se vio con una valiosa información en su poder y se animó a escribir un libro en primera persona en el que muchos creyeron encontrar a una especie de Truman Capote en catalán.

Cuando la sangre volvió a correr por otra de esas aldeas de la España profunda, Fago, un lugar donde todos los vecinos se convirtieron en sospechosos, le picó la curiosidad y pensó en hacer algo, aunque lo desechó. «Era como una moderna Fuenteovejuna y me apetecía escribir una historia bonita sobre aquello, pero no podía: tenía otros proyectos en marcha». Horas después recibió un encargo periodístico: ir al municipio oscense para redactar un artículo. Aceptó, claro.

El periodista buscó en internet dónde alojarse. Halló dos casas rurales. Una estaba a nombre del alcalde asesinado y la otra creyó que, en señal de luto, estaría cerrada. Pero un hombre, el dueño, le informó de que estaba disponible. Cuando llegó a Fago, en la comarca de la Jacetania, vio que estaba repleto de periodistas y pensó que sería imposible rascar algo. Hasta que cayó la noche y todos se fueron yendo. El único que dormía allí era él. Increíble. Para amarrar ese golpe de suerte, reservó las tres habitaciones. Porta pasó allí dos noches, escribió su artículo y se marchó.

Un día escuchó que habían detenido como principal sospechoso del crimen a Santiago Mainar. No se lo podía creer. Aquel hombre era el dueño de la casa rural donde había estado hospedado. Y escribió un segundo artículo: ‘¿Cenando con el asesino?’. Una vez más, como en Tor, pensó que aquello había terminado. «Pero las historias vienen a mí», aclara humildemente antes de explicar que, estando en París, recibió la llamada de una hermana de Santiago. Quería hablar con él, transmitirle esa angustiosa sensación de que, de la noche a la mañana, tu hermano, una persona a la que consideras totalmente pacífica, aparezca en todos los periódicos y televisiones junto a la palabra asesino. «Ella me preguntó: ‘¿Y qué haces ahí? ¿Dejas de amar a tu hermano?’».

La hermana le propuso ir a ver a Santiago a la cárcel de Zaragoza. El acusado también confió en él, como siempre ocurre, y le concedió varias visitas. El día del juicio, en Huesca, entró en el calabozo junto a los familiares y el abogado. Fuera, en la calle, aguardaban 200 periodistas que se hubieran cambiado por él. De aquella experiencia nació otro libro, pero a diferencia del de Tor, en primera persona, éste decidió escribirlo desde el punto de vista de la hermana: ‘Fago, si te dicen que tu hermano es un asesino’.

Documentos atrasados

Su último trabajo literario –Porta se define como «un equilibrista» porque es periodista, escritor, productor, guionista y hasta director de cine– es la culminación de su obsesiva búsqueda de la realidad. Después de hablar con todas las personas relacionadas con un sorprendente caso de pederastia, el de un hombre soltero que llevaba 17 años conviviendo, y manteniendo relaciones sexuales, con niños en acogida, optó por la opción más aséptica que puede existir, transcribir literalmente lo hablado. «Solo les he añadido técnica literaria para dotarlas de ritmo y tensión ordenando las conversaciones», advierte. Y así desgrana las declaraciones de los cuatro personajes principales: el mosso d’esquadra que descubre y resuelve el caso; el hijo no biológico del que estaba enamorado y obsesionado el pederasta; el condenado a 51 años de cárcel, y la mujer que periódicamente le validaba como padre de acogida.

Con esta decisión consigue un objetivo: «No juzgar». Porta no estaba decidido por este modelo para su libro ‘Le llamaban padre’ (Ediciones Península). Pero tiene el hábito de completar un boceto, imprimirlo, leerlo y dejarlo reposar. Al cabo de una semana, lo relee y ve si ha cambiado su impresión. Su hija se encontró el borrador por casualidad encima de una mesa y, pese a que no es, a sus 20 años, una fanática del papá escritor, le comentó, creyendo que era la obra definitiva, que le había entusiasmado. Aquello fue el espaldarazo que necesitaba.

Todo empezó cuando Héctor, el mosso d’esquadra, se decidió a despachar trabajo atrasado, una pila de documentación sobre delitos informáticos. Al agente le mosquearon los elementos de una denuncia: un menor, Facebook y una propuesta para hacer fotos eróticas o insinuantes. «Aquí hay un pedófilo», pensó. Tiró del hilo y dio con David Donet.

El policía logró una orden de registro y el día que llamó a su puerta a las siete de la mañana le pilló por sorpresa. Después de dos horas revolviendo todos los muebles, no encontraban nada y Héctor temía que la secretaria judicial les obligara a marcharse sin pruebas. Así que se fue a Donet y se marcó un farol: «Ya sabes lo que estamos buscando. Nos pasaremos aquí los días que haga falta, pero lo encontraremos». El sospechoso se fue a un escritorio y sacó unas llaves. Subió a una habitación de la segunda planta, la abrió y les dijo: «Aquí tenéis todo lo que estáis buscando».

De las paredes colgaban decenas de fotos de Santi, uno de los chicos que vivían con el pederasta –el joven le llama papá y asegura que es lo que es gracias a su mentor– y que le tenía obsesionado. En un armario encontraron numerosas cintas de vídeo donde había grabado los abusos con los menores. Y en una caja, preservativos usados y sobres. Héctor abrió uno al azar y leyó: ‘Primera vez de Santi’ junto a una ficha y un condón.

David Donet le explica al autor que él comenzó con la acogida por vocación, pero que en un año pasó de ver a Santi con amor paternal a desearlo. Empieza poniéndole una película pornográfica, tiempo después se masturban juntos y al final acaba haciéndole una felación consentida. El chico no se atreve a comentarlo con sus amigos y acaba pensando que es normal. Con los otros niños pasó lo mismo. Donet introdujo el sexo como un juego, aunque lo de Santi era pura fijación y trataba de evitar que se liara con las chicas del pueblo. Cuando iban a casa, les espiaba y les grababa.

Montse Juvanteny, la mujer encargada de controlar a este padre de acogida, con treinta años de experiencia, estaba en Eurodisney el día que le dieron la noticia. Está convencida de que era imposible detectarlo, aunque avisaba antes de cada visita porque no podían desplazarse hasta el pueblo desde Barcelona y arriesgarse a que no estuviera. Después del shock, y de digerir la desgracia, llegó a una conclusión: «Si en un semáforo en verde un niño se te tira encima, lo llevarás dentro toda tu vida. Y no tienes ninguna culpa». David Donet fue detenido el 27 de junio de 2013. El 18 de mayo de 2015 la Audiencia Provincial de Lleida lo condenó a 51 años de cárcel (donde estará cerca de 20 años), una pena que aceptó.

Aunque a Porta le perseguía un temor. Ofrecer la versión sin aderezos de David Donet, el pederasta de Castelldans, y la de uno de los chavales, ya mayor de edad, que seguía queriéndole y que tomó aquellas relaciones consentidas como un juego, o quizá como un precio por tener una familia, le inquietaba. Así que le pasó el original a una amiga psicopedagoga y su opinión le reafirmó: «Esto es espectacular; se lo voy a recomendar a mis alumnos». Esa consideración tenía mucho valor porque uno de los objetivos del periodista y escritor era hablar de la pederastia y romper un tabú en la sociedad, una palabra que genera asco y silencio o, como mucho, indignación.

El efecto cerilla

‘Le llamaban padre’ fue galardonado con el Premio Godó de Reporterismo y ensayo periodístico de 2015. Carles Porta vuelve a quitarse importancia y recuerda la porción de azar que siempre concede. Como que el mosso, con el que lloró recreando la historia, viendo las cintas de vídeo en las que los niños aparecen risueños mientras ese adulto tiene relaciones con ellos, salía a correr con él de vez en cuando. O que él empezara a tirar del hilo una vez había pasado el efecto cerilla. «Cuando se descubre, todo el mundo habla a todas horas de esto, pero a los tres días desaparece de los medios. A mí me gusta nadar en solitario y a contracorriente, y pensé que había que hablar de esto. Creo que, cuando yo llego, dos años después, ya ha pasado un tiempo, han reflexionado y tienen la necesidad de hablarlo. Yo siempre digo que la gente necesita que la escuchen».

Y, escuchando, escuchando, la gente de Tor volvió a contarle cosas novedosas. Y la de Fago. Y a fecha de hoy, Carles Porta está convencido de que los autores materiales de los dos crímenes están en libertad. «Sí, sí, los dos».