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El juego de la botella voladora que arrasa entre los niños de España

El juego de la botella voladora que arrasa entre los niños españoles
  • El lanzamiento de envases de agua para que caigan de pie se convierte en el juego de moda y desvía la dependencia tecnológica de los niños

Puede que hayan visto la escena: un grupo de chavales lanzan al aire botellas de agua de plástico medio vacías en un ejercicio que recuerda vagamente al de un malabarista. Gana el que consigue que su envase quede posado de pie después de haber dado el mayor número de volteretas. El de la botella es la última tendencia en materia de juegos infantiles, un terreno que se suele mover por modas. «El ser humano siempre ha necesitado jugar, especialmente de niño, y los juegos van y vienen en función de las modas», reflexiona Manuel Hernández, director del Museo del Juego de Madrid, una institución que ha hecho un meritorio trabajo de recopilación de las actividades lúdicas que se han practicado en España a lo largo de los siglos.

El juego de la botella no es una novedad en las calles, aunque sí lo es la difusión que ha alcanzado en los últimos meses. Nadie sabe a ciencia cierta cuál es su origen aunque su inusual proyección tiene probablemente mucho que ver con una grabación que se ha hecho viral en la que un adolescente llamado Michael Senatore muestra sus habilidades con la botella en una exhibición en un instituto de Estados Unidos. En la versión básica, el truco consiste en que la botella aterrice en vertical. A partir de ahí las variaciones son infinitas: lanzamiento desde tejados, recepciones sobre el tapón en vez de la base, deslizamientos sobre carrocerías de coches o barandillas...

Se trata de un juego de calle que enlaza con la tradición de aprovechar material desechado, algo muy presente en los entretenimientos infantiles a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, uno de los juegos favoritos de los niños de la generación del ‘baby-boom’ fue el de las chapas, que consistía en hacer entrechocar los tapones de los botellines de refrescos y cervezas antes de que se generalizase el uso de las latas. Aunque los juegos tradicionales van perdiendo terreno ante la tiranía de las pantallas de los teléfonos móviles, el lanzamiento de botellas demuestra que la pulsión sigue presente en los chavales. «Jugar es algo que está en nuestros genes y que nunca va a desaparecer por mucho que se acumulen los factores que actúan en su contra», observa Hernández.

A nadie se le oculta que la forma de vida en las grandes ciudades no es la más indicada para que los chavales cultiven su inclinación al juego. El tráfico, la hostilidad del entorno, la ausencia de espacios adecuados y la falta de tiempo de los escolares, sometidos a una agenda cada vez más cargada de actividades, hacen que jugar entre ellos sea casi más una excepción que una costumbre. «Ver a unos niños jugando ha dejado de ser una estampa común en nuestras calles», piensa en voz alta Francisco Luna, del Instituto Vasco de Evaluación e Investigación Educativa. Tanto es así que una de las tareas de la pedagogía moderna consiste precisamente en enseñar a jugar a los alumnos. La catedrática Maite Garaigorobil lleva años estudiando la mejor forma de conseguir que los escolares potencien sus cualidades lúdicas a través de juegos que fomentan la cooperación. «Hacemos lo que podemos, pero la realidad nos demuestra que cada vez dedican más tiempo a las pantallas en detrimento de los juegos tradicionales», sentencia.

Inmersión precoz

El móvil gana por goleada a la comba, el tres en raya o la bicicleta. Las cifras avalan esa impresión. El último informe del Instituto Nacional de Estadística sobre el uso de las tecnologías en los hogares confirma que la utilización del terminal entre la población infantil española crece a un ritmo que no tiene parangón en el resto de Europa. El 50,9% de los niños de 11 años ya dispone de un móvil, un porcentaje que crece hasta el 93,9% entre los chavales de 15 años. España está en ese terreno diez puntos por encima de otros países como Reino Unido, Italia, Francia o Alemania. «Están por ver –observa el especialista Francisco Luna– las consecuencias de una inmersión tan temprana de la población infantil en la telefonía móvil. No sólo se van a resentir los hábitos de juego, sino que actividades como la lectura van a pasar a ser aún más marginales porque la atracción es tan fuerte que les impide concentrarse en cualquier otra cosa».

El retroceso de los juegos tradicionales no significa su desaparición. Basta echar un vistazo al patio de cualquier colegio durante el recreo para certificar que la pelota mantienen intacto su atractivo entre los escolares. «Otros juegos de toda la vida como la peonza o el diábolo también han resurgido en los últimos años», contraataca el director del Museo del Juego. ¿Serán capaces el escondite, los columpios o las humildes canicas de resistir el arrollador avance de Facebook, Instagram, Google, los Pokémon y demás heraldos de la nueva civilización?