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En busca de verdes prados

En busca de verdes prados
  • Tres millones de herbívoros recorren por estas fechas 3.200 kilómetros desde el Serengueti hasta los pastos frescos de la reserva natural Masai Mara. Un 5% no llega al destino

El titular no alude a una cita evangélica, aunque el fenómeno que lo explica adquiere proporciones bíblicas. Se calcula que más de tres millones de herbívoros (dos millones de ñus, 700.000 cebras y 500.000 gacelas) cruzan cada año por estas fechas la frontera tanzana hacia Kenia, del parque nacional de Serengueti a la reserva natural Masai Mara, para procurarse el sustento de los pastos frescos que las lluvias han gestado al Norte. Los animales avanzan en hileras que se pierden en el horizonte, en riadas de grupos interminables. Durante este periodo migracional las manadas recorren cerca de 3.200 kilómetros y devoran cada día más de 4.000 toneladas de hierba. Aunque la mayor preocupación de estos trashumantes a lo largo del trayecto será la de no ser ellos quienes sirvan de alimento a los depredadores. Quieren llegar vivos a su destino. Aproximadamente un 5% no lo conseguirá, víctimas del hambre, las enfermedades o del ataque de leones, hienas y cocodrilos. Un viaje de riesgo.

En compensación, el milagro de la vida, que nunca se detiene, hará que un cuarto de millón de ejemplares vean por primera vez la luz en pleno itinerario. Un elevado índice de natalidad explicado porque el inicio del periplo coincide con la temporada de celo de los ñus.

La marcha se detiene en Masai Mara, convertido en territorio fértil durante la estación de lluvias, de finales de junio a octubre. Cuando el terreno ocre da paso al verde humedal. La reserva natural, en el sudoeste de Kenia, ocupa una superficie de 1.510 kilómetros cuadrados, como toda la isla de Gran Canaria. Es principalmente una sabana salpicada de acacias y otros arbustos y se creó hace cinco décadas para proteger la vida salvaje de su más despiadado depredador: sí, el hombre. Nosotros. Los cazadores furtivos colocaron el cartel de especie amenazada al hipopótamo, al guepardo, al elefante o al rinoceronte negro. La población de este último se ha recuperado levemente, pero llegó a verse diezmada a apenas quince ejemplares.

Un periplo permanente

Masai Mara. Masai en homenaje a la tribu de pastores que lo habita, censada en unos 880.000 miembros. Mara por el nombre del río que atraviesa parte de su superficie mucho antes de desembocar en el lago Victoria al final de sus 395 kilómetros de longitud. Y este, el Mara, es punto estratégico y delicadísimo para nuestros rebaños nómadas. Los animales, seguidos en todo momento por depredadores hambrientos, tropiezan en el río con el momento de mayor inseguridad. Y lo saben, no crean. El instinto les alerta de que decenas de cocodrilos aguardan ansiosos para lanzarse sobre ellos y destrozar entre sus fauces músculos, huesos y tendones.

El episodio en el que perecen cientos de herbívoros congrega a miles de curiosos que, teleobjetivo en mano, observan y captan el espectáculo brutal y morboso de la lucha extrema por la supervivencia en una pelea desigual. Son las fechas de mayor afluencia de turistas. El Masai Mara recibe cada año 300.000 visitantes, con los que el gobierno keniata recauda del orden de 16 millones de euros.

Pero no es la reserva natural una meta definitiva, sino una etapa más de la gran migración continua, del viaje sin fin que ñus, cebras y gacelas emprenden al nacer y concluyen solo al morir. La climatología transforma en expedicionarias permanentes a estas manadas, que se mueven en círculo constante Norte-Este-Sur-Oeste-Norte del Serengueti al Masai Mara. Cuando la sequía se instala en su emplazamiento marchan en busca de zonas húmedas. Así de enero a diciembre.

Por tanto, la odisea de los tres millones de ejemplares experimentará ahora un descanso de cuatro o cinco semanas en los pastos frescos de la reserva natural de Kenia, convertida en un gigantesco arca de Noé natural al que acuden no para protegerse de amenazadoras inundaciones, sino precisamente para asentarse entre la fertilidad que proporciona el agua. Un avituallamiento hasta que en noviembre el periplo migratorio retome su ciclo vicioso.