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La fe mueve fichajes

La fe mueve fichajes
  • El futbolista Jeremy Helan renuncia a un contrato suculento para estudiar el Corán. Otros deportistas abandonaron sus carreras por la religión

Puede un hombre joven, sano y rico, que cobra una millonada por hacer lo que más le gusta, que es adorado, aclamado y envidiado por miles de personas, apearse de este tren de vida con tan solo 24 años por la llamada de la religión? El futbolista francés Jeremy Helan acaba de demostrar que sí. El defensa del Sheffield Wednesday conmocionó esta semana los cimientos del balompié británico al anunciar su retirada del fútbol profesional para «centrarse en el islam». Helan, a quien sus compañeros ven como un tipo introvertido, en los últimos tiempos había buscado refugio espiritual en una mezquita de la ciudad inglesa. «Últimamente era la comidilla del vestuario, nos dijo que quería viajar a Arabia Saudí, donde espera iniciar una nueva vida alejado del fútbol», ha revelado otro jugador. Ahora negocia la cancelación del contrato que le ata al club.

No abundan los deportistas de elite que renuncian a un contrato suculento y a sus mejores años de carrera para abrazar la religión, aunque el de Helan no es un caso único. El guardameta argentino Carlos Roa, más conocido por su mote de ‘el Lechuga’ –es vegetariano–, fue fichado en 1997 por el Real Mallorca para defender su portería. A las órdenes de su compatriota Héctor Cúper, y a pesar de ser un equipo recién ascendido, el Mallorca causó sensación ese año: quedó en quinta posición de la Liga y llegó a la final de la Copa del Rey, que jugó el 29 de abril de 1998 en Mestalla contra el Barça. En aquel partido, marcado por las expulsiones de dos jugadores de su equipo y la lesión de un tercero, la actuación inconmensurable de Roa permitió al Mallorca llegar vivo a los penaltis, donde el ‘Lechuga’ estuvo a punto de cambiar el curso de la historia balompédica nacional al parar tres tiros y marcar el que le tocó lanzar al portero rival. Pese a todo, no pudo ser y la Copa viajó a Barcelona. Unos meses más tarde, Roa se desquitó conquistando la Supercopa frente al Barça. Aquel fue el primer título oficial en toda la historia del club, que en la temporada siguiente llegó a la final de la Recopa de Europa –la perdió frente al Lazio– y alcanzó el tercer puesto en la Liga –un nuevo techo en su palmarés– gracias en parte al meritorio trabajo del ‘Lechuga’, que ganó el trofeo Zamora al portero menos goleado. Su buena racha continuó con su convocatoria como titular en la selección argentina en el Mundial de Francia de 1998, donde se lució frente a la odiada Inglaterra.

A los 29 años y con mucha carrera por delante, tentado por el Manchester United para subir un peldaño más en su progresión, el 29 de junio de 1999 Carlitos Roa convocó a la prensa en Palma de Mallorca. «Me voy», soltó a los atónitos reporteros. «He sido un mal cristiano por jugar en sábado, el séptimo día, un día sagrado. Hay que tener fe, agarrar la Biblia y saber dejarte guiar por Dios». Dios le guió hasta Colonia Margarita, una aldea del interior de la provincia argentina de Santa Fe, donde se dedicó a su familia, a leer las Escrituras y a rezar. «Estoy feliz sin este fútbol tan competitivo, donde uno siempre quiere prevalecer sobre el prójimo y ser el mejor. Para las cosas de Dios uno tiene que dedicarse por entero», confesaba meses después, antes de admitir que su verdadera pasión era la Biblia. «Estoy en paz. Algunos me dijeron que estoy loco pero no me importa, tengo el apoyo de mi esposa; no necesito más».

Un año más tarde, volvió a dar la sorpresa: el ‘Lechuga’ regresó al Mallorca con la única condición de que se le eximiera de jugar los sábados. Pero su tren había pasado ya, y de su trono bajo los palos pasó pronto a calentar banquillo, a la reserva por un cáncer testicular del que logró reponerse, a jugar en Segunda, entrenar en Tercera y terminar su carrera sin pena ni gloria en su país natal. Actualmente es el entrenador de porteros del club Atlético de Banfield, de la primera división argentina.

«Dejarlo todo fue lo mejor»

Un caso muy similar lo protagonizó el jugador de fútbol americano Asher Allen, ‘cornerback’ en los Vikings de Minnesota cuando, en mayo de 2012, decidió colgar su camiseta con el número 21 para predicar por las calles como Testigo de Jehová. Tenía solo 24 años y renunció a un sueldo de 615.000 dólares por temporada. «Es una decisión que tomamos mi mujer y yo. Dios nos dice que él nos proveerá de todo si le ponemos a Él en primer lugar en nuestra vidas. Nosotros lo hacíamos, pero teníamos la sensación de que queríamos hacer más. Ser capaces de dejarlo todo fue lo mejor para nosotros. Cuando vamos puerta a puerta tratando de emular el ejemplo de Jesucristo, tenemos en mente el reino de Dios».

– ¿Y la gente le reconoce?

– ¿Sabes? Debería llevar puesta mi camiseta, porque la gente no se lo cree. Dicen que soy demasiado bajo.