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Ana y sus 1.525 compr@s

Ana y sus 1.525 compr@s
  • Asesora fiscal de 57 años, es la persona que más artículos adquiere por internet en España. Trabaja en casa y allí cuida de su madre con alzhéimer. Adora los libros de papel... «pero esos los compro en la calle»

  • Ana y Pablo son los que más pedidos hacen por internet, casi uno al día. Ernesto es el tercero. Vive en Cazorla, un pueblo entre montañas. A veces compra por impulso. «Soy débil a las dos de la mañana»

En España las ventas online representan apenas un 15% de la facturación total del comercio. Varían entre el 1% en alimentación y el 70% en viajes y hoteles. Dicen los expertos que los españoles somos muy desconfiados y nos cuesta darle el número de la tarjeta de crédito a cualquiera. O que estamos aún muy apegados a la tienda de la esquina, la de toda la vida. Al menos, la mayoría. Desde luego, la culpa no la tienen Ana Parra, Pablo Iglesias –otro Pablo Iglesias– ni Ernesto Vela. Por ellos, que no quede. Ocupan los puestos uno, dos y tres entre los mejores clientes de Amazon España, que es como decir que son los campeones nacionales del comercio electrónico. ¿Compradores compulsivos? Para nada, sostiene la compañía, que ayer celebró su quinto aniversario en nuestro país con una fiesta en su centro logístico de San Fernando de Henares, en Madrid: si nos paramos a pensarlo, todos compramos algo casi a diario, pero solemos hacerlo en tiendas distintas y no contabilizamos nuestro historial de adquisiciones. Por circunstancias personales diversas, Ana, Pablo y Ernesto consiguen casi todo en internet, y eso les convierte en pioneros de una tendencia que, probablemente, acabará siendo mayoritaria. Y no deben hacerlo al tuntún, por adicción o por el simple placer de comprar, ya que jamás devuelven nada.

Ana Parra, asesora fiscal de 57 años, ostenta el ‘número uno’, con 1.525 pedidos acumulados desde 2011. Su marido se pone malo cada vez que ve aparecer un paquete en la puerta de su piso en el centro de Madrid, pero ella tiene sus razones. Tres: la espalda le duele horrores a causa de una artrosis degenerativa, trabaja en el despacho de su casa y cuida a su madre de 85 años con alzhéimer. «Casi no salgo. Vivo muy atada. Me resulta más fácil comprar por internet –explica–. Él no se lo cree, pero ahorro». Él, su esposo, tiene 84 años, uno menos que su madre, y son padres de 8 hijos, los siete que aportó su marido cuando se casaron («con 21 años me enamoré hasta las trancas de un viudo y aquí seguimos») y una hija que tuvieron en común.

Ana empezó a echar mano de las tiendas virtuales hace unos años, cuando se trasladaron a vivir a un pueblecito de Ávila por motivos laborales, y se acostumbró. Ana encuentra curioso que cierta gente la mire raro por su afición a las transacciones a golpe de ratón pero, a la vez, le haga encargos. Como si ella fuera una especie de intermediaria privilegiada entre los usuarios bisoños y la multinacional fundada en Seattle en 1995. «Tengo amigas más jóvenes que yo que no le dan la ‘visa’ ni a su tía», ironiza.

Adquiere a base de ‘clics’ desde la melatonina para dormir hasta el material de oficina de su despacho, pasando por los vaqueros, las gafas de cerca, la ropa interior, el perfume y algunos objeto de decoración. «Este cojín me costó 30 euros –señala, como ejemplo–. Si lo compro en una tienda del barrio de Salamanca, me dan el palo».

En resumen, lo pilla todo online, menos la comida –su marido, ya jubilado, baja cada día al súper de al lado–, los libros de papel y los discos de ópera. «No echo de menos ir de tiendas, pero sí a los tenderos que se han convertido en mis amigos –matiza Ana, que nunca ha sido asidua de los grandes almacenes–. A mi librero lo conozco desde los 18 años y me gusta que me recomiende títulos. Ahora se los pido por teléfono».

Solo reconoce tener un vicio: los bolsos. Tiene un montón y su escasa vida social no le da para lucirlos todos. «Me pierden y de vez en cuando me doy un lujo. Por lo demás, me ciño a mi presupuesto. No ando procrastinando; busco cuando necesito algo. Intento comprar barato y de buena calidad. Miro mucho las valoraciones de otros clientes», resalta la asesora fiscal, que calcula su gasto mensual medio en operaciones online en unos 400 euros.

A Pablo Iglesias, funcionario de Calahorra (La Rioja) que viaja a menudo por su trabajo, no le llega para tanto: «Mi sueldo es el que es. Unos meses gasto 100 y otros, 500». Por su edad, 29, asume con total naturalidad la idea de adquirir bienes y servicios a través del ordenador o el móvil. Ahorra en desplazamientos, apenas tiene gastos de envío –está suscrito al servicio Premium por el que recibe a domicilio en 24 horas un número ilimitado de artículos por menos de 20 euros al año– y le da «confianza y seguridad» la puntualidad del reparto y la facilidad de la devolución.

A la caza de ofertas

En su pueblo, de 24.000 habitantes, la oferta comercial es limitada. En la red siempre encuentra el último grito en tecnología a buen precio. «Tengo un monitor de ordenador de 34 pulgadas ultrapanorámico: en las tiendas vale 900 euros y a mí me costó 150», ejemplifica.

Admite que siempre está «a la caza de ofertas». Y se muestra convencido de que es más probable comprar compulsivamente en un establecimiento real que en uno virtual. «Del supermercado siembre salgo con más cosas de las que necesito», reconoce. Con la cabeza fría, ahorra dinero adquiriendo regalos de Navidad rebajados en marzo, y hasta se prueba ropa en los negocios ‘analógicos’ para después encargarla cómodamente desde casa. «La misma marca y el mismo modelo salen más baratos», asegura.

A Ernesto Vela, farmacéutico de la localidad jienense de Cazorla, le da un poco de pena el «daño» que el ‘ecommerce’ les hace a los negocios tradicionales. En contrapartida, la compañía con el logo de la flechita sonriente presume de ser una gran aliada de las pymes españolas, que en 2015 exportaron 2,6 millones de productos de todo tipo al extranjero gracias a su plataforma de distribución. Y macroempresas de aquí como Zara o El Corte Inglés también han encontrado una excelente vía de expansión en el ciberespacio.

Volviendo a la provincia de Jaén, Vela, de 58 años, asegura que residir en un pueblo de 7.000 vecinos enclavado entre montañas es «como vivir en el quinto pino», pero con esa infinita variedad de artículos a solo un centímetro de los dedos se siente «como en la calle Recogidas de Granada», en alusión a la zona comercial de la ciudad en la que estudió Farmacia y que es, junto a Madrid, su referente cultural.

Ernesto no sabe cuánto gasta en el bazar virtual. Ni le importa. «Trabajo y gano dinero –argumenta–. No tengo hijos. No hago vida social. No me drogo. No me interesan los cruceros, los chalés ni los coches deportivos». Apasionado de la literatura, la música, el cine y el teatro, su trabajo de boticario y su madre de 91 años, a la que atiende «con mucho gusto», le impiden acudir a todos los eventos a los que le gustaría y a menudo debe conformarse con la cultura ‘empaquetada’. Admite comprar por impulso: «Soy débil a las dos de la mañana». Muchas veces le llega a través de los medios una reseña de un libro y se apresura a buscarlo.

Le fascina la maquinaria logística que es capaz de poner en un solo día cualquier título en ese «triángulo de las Bermudas» en el que habita. «Es alucinante. No sé cómo lo hacen», reconoce Vela, para quien el consejo personal de un dependiente no es esencial. «Ya sé lo que quiero».

Todo le interesa, pero no le da la vida. «En mi casa tengo libros hasta por el suelo. A mi madre la tengo negra. Si me jubilara hoy, no tendría tiempo de leer todos los que tengo. Aunque viviera hasta los 100».