La faena de ‘Pelado’

La faena de ‘Pelado’

El Toro de la Peña de Tordesillas acabó tan agotado y mojado como la pelea dialéctica sobre su torneo

ANTONIO CORBILLÓN

Una tromba de agua casi bíblica enfrío los ánimos, dispersó a las multitudes y dejó el terreno despejado a Pelado, el primer Toro de la Peña de Tordesillas. Sus atributos no acabaron en la punta de la lanza del ganador, convertido durante un año entero en el hombre más admirado de Tordesillas. Porque este año no lo hubo. Atrás quedaban casi cinco siglos de tradición. Un argumento este de la tradición medieval de doble vuelta que manoseaban hasta la extenuación tanto sus defensores como sus detractores.

El cielo pareció enviar una señal a todos. Porque en Tordesillas y alrededores no llovía desde antes del 20 de mayo, el día en que la Junta de Castilla y León prohibió la muerte pública del animal. «Cuatro meses sin llover y tenía que ser precisamente hoy, ¡coño!», mascullaba con rabia un aficionado mientras cruzaba en retirada el puente sobre el Duero por el que media hora antes había trotado Pelado.

Cuatro meses de ideas y encontronazos verbales recocidos por la inquina de posturas irreconciliables. Tanto que ser forastero era ayer una opción de riesgo. Desde primera hora, miles de tordesillanos, muchos de ellos armados con sus tradicionales garrotes, hacían corrillos por bares y plazas. De las balconadas, incluido el Ayuntamiento o las Casas del Tratado (en ellas se repartió el mundo entre España y Portugal) colgaban carteles en favor del Toro de la Vega tal y como está datado desde 1543. Al fondo, en un bar de la Plaza Mayor retumbaba el vaya torito, ay torito bravo, de El Fary.

La Guardia Civil regulaba desde muy temprano el tráfico de acceso. Coches detenidos y maleteros abiertos. Ya en las calles, miradas torvas a todo aquel que no fuera conocido o no llevara alguna pegatina o camiseta que le identificara como un defensor a ultranza del festejo. Hace tiempo que nadie se atreve en una calle de esta localidad de 8.900 habitantes a criticar esta fiesta que ha limado cualquier diferencia entre sus políticos locales. Cuando se pide un café en un bar, uno nota cómo toda la clientela le repasa de arriba abajo buscando una señal.

La lidia del Toro de la Vega ha dejado en segundo plano los atractivos de una villa llena de historia. Cuando arrancó el torneo medieval hace 473 años, Juana I de Castilla (Juana la Loca) ya estaba encerrada allí en un palacio-cárcel por su hijo, el rey Carlos. Medio siglo antes de nacer este torneo, en una casona junto a las cuestas que ayer descendió Pelado se trazaron las líneas en los mapas que hacen que en Brasil se hable portugués, pero en Argentina no.

A las nueve de la mañana, dos horas antes de que una salva de cohetes, al mejor estilo sanferminero, avisara de la salida del morlaco, un encierro humano amenazó con repetir los incidentes del pasado año. Aunque los colectivos ambientalistas habían descartado nuevas protestas, un grupo de algo más de 200 personas se desplazó hasta la zona para verificar que se cumplieran las normativas.

Unos 200 agentes de la Guardia Civil (tocaban a uno por abolicionista) se multiplicaban para minimizar las amenazas e insultos. Un helicóptero peinaba las nubes. No pudieron evitar algunos porrazos e incluso el zarandeo del subdelegado del Gobierno en Valladolid, Luis Antonio Gómez, que trató de mediar. «Dejadles que vengan para aquí a esos perroflautas, que se van a enterar», les gritaban desde el otro lado los vecinos. En el colmo de la guerra psicológica, un amante del festejo arroja una bolsa llena de ratas (vivas) hacia el colectivo rival.

Mientras el cielo, aunque cada vez más encapotado, aún daba tregua, los ánimos parecían a punto de romper aguas por cualquier esquina. Una ambulancia de la Cruz Roja se llevó a un joven que, al parecer, recibió un lanzazo desde el otro lado. Afortunadamente, este año eran armas convertidas en simples palos planos, ya que los controles de la Guardia Civil habían evitado la entrada al recinto de cualquiera de los que tradicionalmente se han usado para tratar de dar muerte al astado.

Demostración de músculo

Al contrario del año pasado, cuando ambas posturas trataron de medir sus fuerzas en los aledaños del recorrido, esta vez fueron los tordesillanos quienes mostraron su músculo social. Un pueblo entero detrás de un festejo. Pero un pueblo resignado. Antes de que se abriera el cajón de Pelado, los vecinos ocuparon todo el puente que cruza el Duero, un largo vial de 150 metros que tiene en su parte urbana un majestuoso monumento a su Toro de la Vega. Un día cualquiera, un turista despistado podría pensar que va a arrancarse de su pedestal para iniciar el recorrido. Eran varios miles de personas y un centenar de colectivos taurinos en torno a la Plataforma Ciudadana que aún lucha por revertir este nuevo torneo light. Un recurso ante el Tribunal Constitucional por parte del Ayuntamiento es su última esperanza.

«Hoy nos mira la España taurina entera», gritó por megafonía la voz que leyó su manifiesto. «Con la norma no van a poder arrancarnos lo que tenemos en el corazón. Ni un paso atrás. Este decreto lo vamos a tumbar». Aún no estaba resbaladizo el empedrado pero llueve sobre mojado en el ánimo de los amantes de la tauromaquia que, en muchos pueblos castellanos, se vive como una religión. Así que a esta marcha acudieron personajes como el presidente del Observatorio de las Culturas Taurinas de Francia, André Viard, que se despachó contra «los tiranos y totalitarios» (los animalistas) y «los faltos de talento que juegan con los sentimientos y la tradición de los pueblos» (los políticos).

A las 11.17 horas llegó el momento de inaugurar el Toro de la Peña. Avisos por megafonía, talanqueras (defensas) cerradas y saltitos y carreritas nerviosas. Pelado ya conocía el recorrido porque la noche del lunes lo había hecho a la inversa. Hasta ahora, el animal correteaba puente abajo hasta que alcanzaba un descampado y se abría la veda. Ha habido años que no ha durado mucho más que un encierro en Pamplona. El año pasado, Rompesuelas murió a los 20 minutos de empezar.

El más antiguo

Una fiesta del siglo XV

El cronista de Tordesillas, Jesús López Garañeda, autor de un tratado sobre el Toro de la Vega, ha establecido la fecha de arranque en el 29 de agosto de 1465, cuando Enrique IV de Trastámara concedió a Tordesillas el privilegio de mercado franco los martes. Por eso se celebra siempre en ese día de la semana. A partir de 1543, el recorrido comenzó en la Plaza Mayor.

¿Un santuario animal?

Una plataforma animalista ha propuesto que los Toros de la Peña sean enviados a un santuario animal que existe en Tarragona.

La normativa abolida

En sus 53 artículos señalaba todo el ritual que incluía la prohibición de alancear al toro fuera de los lugares señalados, el tipo de arma, las posibles sanciones y la potestad de un jurado de deignar como vencedor al autor de la lanzada más noble y mortal para el animal.

La nueva ley

El Gobierno de Castilla y León no sabía cómo modernizar esta fiesta hasta que una sentencia del Tribunal Superior de Justicia dio la razón a los animalistas del PACMA y declaraba nula una autorización al Ayuntamiento de Tordesillas. Un día después, la Junta regional publicó un decreto-ley con un único artículo: «En la Comunidad de Castilla y León queda prohibido dar muerte a las reses de lidia en presencia del público en los espectáculos taurinos populares y tradicionales». Es una ley ad hoc ya que el Toro de la Vega era único con muerte que quedaba en la región. Por eso ahora los animalistas afilan sus argumentos para que se extienda a otras tradiciones como el Toro Júbilo de Medinaceli (Soria), donde sueltan un toro con los cuernos ardiendo.

1993

fue la primera vez a lo largo de la historia del Toro de la Vega en que el animal logró salirse de los límites establecidos y fue designado vencedor, por lo que salvó su vida. Solo se repitió otra vez: en 1995. Pero es una muerte diferida ya que el destino posterior de un animal de festejo es siempre el matadero (por ley).

El nuevo Toro de la Peña estaba previsto que durara hora y media. Demasiado. A las 12.08, los caballistas con sus lanzas romas ya lo habían encaminado a su cajón. Durante sus apenas 50 minutos de trote arriba y abajo, Pelado acabó agotado. Tanto que, a pesar de que volvió sobre sus pasos cuesta arriba y dio algún sustito, llegó un momento en que muchos mirones que nunca se plantearon ocupar el escenario se atrevieron a cruzar las barreras y mirar de frente al toro, aunque a prudente distancia. La desbandada que provocó el aguacero despejó el recorrido y las dudas de aquellos que se armaron de un cierto coraje. Para entonces, Pelado parecía Usain Bolt reconvertido en corredor de maratón. No le daban las fuerzas para más. Finalmente, se perdió detrás de los caballos hacia su destino: el cajón y el matadero. Pero hizo falta una grúa con pala para retirarlo.

Ayer hizo 50 años que el franquismo, obligado por las presiones, prohibió también la muerte en directo del toro. Un testigo escribió en El Norte de Castilla: «Cada vez viene menos gente. El toro tiene ahora la vida ganada de antemano. Y el Toro de la Vega es, o era, la lucha de un buen atleta por la vida». La prohibición solo duró hasta 1969. Un año después 14.000 persona volvieron a Tordesillas al sacrificio ritual. ¿Será igual en el siglo XXI?

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