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Coches, alcohol y cadáveres políticos

Coches, alcohol y cadáveres políticos
  • La ‘número dos’ de Castilla y León, Rosa Valdeón, ya no presidirá esa comunidad. Conducía a toda pastilla con unas copas de más. Como ella, una veintena de cargos públicos ha dejado la carrera en la cuneta

Pese a los esfuerzos de la Dirección General de Tráfico por evitar que los automovilistas ejerzan como tales cuando han ingerido alcohol –han pasado ya tres décadas desde que contrató a Stevie Wonder para la primera campaña–, muchos ciudadanos continúan dejándose la piel en la red vial por poner en práctica ambas actividades y muchos cargos públicos, la carrera. El asfalto combinado con unas copas de más se ha revelado como un eficaz fagocitador de trayectorias prometedoras. La última en zamparse es la de Rosa Valdeón, vicepresidenta de Castilla y León, y una de las figuras más interesantes del PP nacional por su perfil crítico y progresista. La semana pasada, la Guardia Civil la interceptó cuando circulaba por la A-6, a la altura de Ávila, a 170 kilómetros por hora y con el triple de alcohol en sangre de lo permitido. Antes de convencerse de que lo decente era presentar cuanto antes su dimisión irrevocable –como así lo anunció finalmente el sábado–, defendió lo indefendible: que si todo había sido un «error», que si unos «problemas familiares» mezclados con «ansiolíticos», que si primero «una cerveza», luego dos y solo una «pulguita»... Imposible colar algo así. A sus 55 años, está fundida. Deja en la cuneta un sólido currículo en la Administración y un considerable roto en el mayor granero nacional de la derecha. Todo apuntaba a que, más pronto que tarde, ocuparía el sillón de Juan Vicente Herrera, al frente de esa comunidad autonómica desde hace más de quince años. Aunque sus disensiones con la cúpula de su partido escocían a los sectores más reaccionarios, en las filas de Mariano Rajoy están que se tiran de los pelos por su ‘pérdida’. Ella la primera.

Licenciada en Medicina y Cirugía, el tirón político de esta galena de Toro era incuestionable. Antes de que ingresara en el Gobierno regional, fue jefa del área de Inspección del Insalud y responsable del hospital salmantino de Los Montalvos. Ya dentro del Ejecutivo autonómico, ejerció de directora general de Salud Pública y, más tarde, de primera consejera de Familia e Igualdad de Oportunidades. En 2015, después de gestionar el Ayuntamiento de Zamora durante ocho años, fue reclutada por Herrera, que la convirtió en su particular Soraya Sáenz de Santamaría. La veía como su sucesora y la colmó de cargos: la vicepresidencia, la cartera de Empleo y la portavocía de su gabinete. Durante su impresionante trayectoria, Valdeón ha tenido tiempo de participar como cooperante en proyectos de ayuda a refugiados etíopes y argelinos, y ha dado repetidas muestras de su talante valiente, social y comprometido. Lo mismo se encaró en su día con las cofradías de Zamora por no aceptar mujeres en su seno, que aplaudió el matrimonio homosexual aprobado por Zapatero o apoyó que esa capital se declarara ‘ciudad amiga de los gais’ y promoviera el turismo homosexual. Su última rebelión, hace sólo unas semanas, la protagonizó en forma de protesta contra la decisión del presidente del Gobierno en funciones de colocar al exministro Soria en un puesto directivo del Banco Mundial, que posteriormente el elegido rechazó muy a su pesar.

La exalcaldesa, exconsejera y exvicepresidenta catellana tenía que dar aún su última campanada política en su comunidad autónoma, y quién sabe si de allí dar el salto a Madrid, al igual que hizo la antigua presidenta de Castilla-La Mancha, María Dolores de Cospedal, hoy secretaria general de los populares contra viento y marea. El carrerón de Valdeón también pintaba imparable. Sin embargo, acaba de frenarse en seco. La semana pasada, conducía a toda pastilla y con unas copas de más. Su turismo golpeó contra una rueda de un camión, y el conductor de este último se vio obligado a efectuar una maniobra brusca para no volcar. Pillaron ‘in fraganti’ a la infractora y en un soplido se fueron por la borda todos sus planes, sueños y cábalas. Incluidos los de su partido para ella.

Este es el último de una serie de casos similares sucedidos en los últimos años, en los que la carretera frustró las ambiciones de otros políticos. Uno de los más sonados le ocurrió, en febrero de 2010, a otro peso pesado de la cantera del PP, el entonces presidente de las Nuevas Generaciones, Ignacio Uriarte. Un control de alcoholemia le sorprendió cuando conducía por la calle Serrano de Madrid. Dio positivo con el doble de la tasa legal permitida. Dado que también era vocal de Seguridad Vial en la Cámara Baja, no le quedó otra que dimitir. El niño mimado de la derecha quedaba KO para la primera línea de la política, no así para la segunda y tercera. Su partido le buscó acomodo en la socorrida Secretaría General Iberoamericana, dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores.

«Lo coherente es dimitir»

A los también populares Ángel Espadas y Veronia Gormedino, concejales en los Ayuntamientos de Santiago de Compostela y Tudela, en Navarra, respectivamente, también les han cazados cometiendo infracciones similares. Y aunque al menos el primero no representó ninguna amenaza contra la integridad de ningún ser humano –se quedó sopa al volante en un semáforo–, ambos entendieron que tenían que despedirse de sus cargos. «Aunque se trata de una falta administrativa, es lo coherente», admitió la edil gallega.

Aun así, como ya es sabido, dimitir no es un práctica que abunde en este país. Ni siquiera, cuando se ponen al volante habiendo bebido antes y les interceptan. De la veintena de políticos que se han visto en una de esas en los último años, apenas la mitad han tenido a bien abandonar sus cargos en la Administración y renunciar a sus salarios públicos. Algunos, incluso, invocan para intentar librarse su condición de peces gordos. Eso es precisamente lo que hizo Joan Antoni Pérez, teniente de alcalde de Esquerra Unida (EU) en la localidad valenciana de Xirivella, tras ser arrestado por unos agentes que se las vieron y desearon para detenerle. El edil circulaba de madrugada por Valencia con las luces apagadas, se saltó dos semáforos en rojo y se dio a la fuga al percatarse de que le seguía la Policía. Una vez en el calabozo, después de que aprobara con nota el test de alcoholemia, se hinchó a gritar «no sabéis lo que estáis haciendo. Yo sí que soy la autoridad». En las elecciones municipales del pasado año se presentó de nuevo como cabeza de lista de EU.

Como si nada hubiera pasado, Nicolás José Navarro sigue como miembro de la Corporación en el Consistorio granadino de Motril después de que en 2009 unos agentes constataran que iba al volante pasado de copas. En esa época, se aplicaba en la lucha contra el botellón desde su posición de concejal del Departamento de Juventud. En una mera multa de 600 euros, un recorte de cuatro puntos del carné y unos meses sin conducir se quedó el caso del máximo responsable político de Tráfico de Alcalá de Guadaíra Manuel García Torres después de caer en el dispositivo que él mismo debía coordinar el último día de feria de la ciudad. Por cierto que de copiloto llevaba al alcalde, Antonio Gutiérrez Limoes. Mantuvo su cargo pese a dar positivo por la mínima, con 0,51. El Reglamento General de Circulación establece que no se puede circular con un vehículo cuando la tasa de alcohol en sangre es superior a 0,5 gramos por litro, o a 0,25 miligramos por litro de aire espirado.

Absolutamente ileso desde el punto de vista político salió el edil del PP en Valverde del Camino (Huelva) después de, atención, ser sancionado por no respetar un semáforo, conducir de forma temeraria, circular ebrio y con el permiso caducado, lo que le dejó como a Remedio Amaya tras cantar en Eurovisión. Con cero puntos, vamos. «Forma parte de mi vida privada», zanjó de camino a su puesto de trabajo en el Ayuntamiento de esa localidad. En idéntica sintonía se expresó el exalcalde de Trujillo, en Cáceres, el socialista José Antonio Redondo, que se hizo el sueco cuando unos guardia civiles le dieron el alto. Iba ebrio en el coche oficial y hablando por el móvil. «Mi vida es mía y pido un mínimo de respeto», reclamó antes de renunciar a regañadientes, obligado por su partido.