Ideal

La (re)vuelta al cole

La (re)vuelta al cole
  • Don Luis libró al púber Antonio Muñoz Molina de un futuro como hortelano. Su alumno se lo agradeció dedicándole un ‘Planeta’. Regresamos a la escuela con cuatro aplicados estudiantes y sus más sagaces maestros

  • A María Blasco se le atragantó Lengua; solo hablaba valenciano. A Pablo Heras-Casado le mandaron con el piano a otra parte y Ana Pastor era un ‘crack’de las matemáticas 

El final del verano suena y sabe a Apocalipsis. Y en buena medida lo es. Se precipita y evapora el mejor de los mundos. Como prueba incontestable de que existió, un átomo de bombón helado a medio camino entre la nariz y la boca, y un tratado de aventuras con mercromina en las rodillas. En un abrir y cerrar de ojos, el sumidero del tiempo se ha tragado la dulce anarquía conquistada a menudo en la piscina y extendida, como el derrumbe vertiginoso de un dominó, por el cuarto de las bicicletas, el ropero, el salón del televisor y los horarios de aseo, comida y cama, hasta pulverizar el paquete de inercias, rutinas y quehaceres perentorios. La burbuja estival ha pinchado. El sueño ha caducado. En España, cerca de ocho millones de chavales regresan estos días a las aulas. Por delante, nueve meses bajo la férula del reloj, el deber y la rutina para ganarse un nuevo salvoconducto al ‘planeta verano’ y, sobre todo, para pulir la pepita de sus aptitudes de la mano de sus profesores más sagaces. Al escritor Antonio Muñoz Molina, el director de orquesta Pablo Heras-Casado, la presidenta del Congreso de los Diputados, Ana Pastor, y la directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), María Blasco, también les ocurrió algo parecido, hace unas décadas, antes de hollar muy altas cumbres profesionales. La idea de hacer una pequeña regresión para pasar la gamuza a aquellos septiembres y compartir su memoria escolar más tierna y reveladora les sonó apetecible. Entretanto, pedimos a sus maestros que desempolvaran sus pupitres y sus notas. Esta es su re-vuelta al cole.

«¿Sí?, ¿dígame?». Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 60 años) y Elvira Lindo descuelgan a la vez. Lo hacen desde la casa a la que se acaban de mudar, de las afueras al puro centro de Madrid. Está cerca del Retiro y, frente a su puerta, como una alfombra roja, se despliega un carril de bicicletas, dos extras que agradan sobremanera al escritor jienense. Porque cuando ‘El jinete polaco’ no cabalga sobre las teclas de su portátil, casi seguro que se ha puesto a pedalear rumbo a los antiguos jardines privados de Felipe IV o a degustar por cuarta vez a El Bosco entre las paredes de El Prado. Viene de darse el tercer festín.

Le pillamos en una etapa vital y profesional de «relajación efervescente», con varios proyectos abiertos aunque exentos de urgencias. Entre ellos, un diario de lectura de Cervantes. Parece un estado óptimo para incitarle a que ponga en marcha la maquinaria del tiempo. La tiene engrasada. Rebobina sin trompicones y las imágenes fluyen con sorprendente nitidez. Se retrotrae a Úbeda, cuando tenía 5 o 6 añitos, y a su debut en una escuela de ‘perra gorda’, «que era lo que la mayoría de la gente podía pagar» en esos días. En realidad, se trataba de la casa «grande, destartalada y con animales», de una campesina amiga de su abuela. Como el resto de chiquillos de su quinta, acudía a diario con una silla de casa y un trozo de pizarra a cuestas. Allí enseñaron al Premio Príncipe de Asturias de las Letras a leer, a escribir y a contar. Y allí aprendió también la eficacia de una suerte de polvos para exterminar a tanto polizón vestido de chinche.

Ingresó al poco tiempo en el centro Sagrada Familia, fundado por los jesuitas. «No se pagaba», precisa. Los chispazos neuronales le devuelven una gran masa azul desparramada por las calles. Los alumnos vestían mandiles de ese color. «Todo era muy grande: el patio, las aulas...», rememora y ríe el niño adulto con su voz susurrante y desmadejada, como si el aire que impulsa sus palabras no transitara por el aparato fonador. Su memoria portentosa conserva una imagen enfocada de su primer día en Primaria, la de su padre y su tío en la calle, buscándole con la mirada a través de un ventanal. Le habían dejado a la puerta inmerso en un «llanto feroz», admite el novelista con una pizca de pudor.

Su progenitor tenía por entonces una huerta fértil y productiva. La verdura que vendía en su puesto en el mercado era el sostén de la familia. Y ese mismo futuro rumió para su primogénito, al que los ojos se le empezaban a ir detrás de los mapas, la enciclopedia Álvarez y los tebeos, así fuera de El Capitán Trueno, Pulgarcito, el Tíovivo o la edición mejicana de Superman, «donde los pillos eran los malos y Villa Chica, Smallville». Nacía el lector compulsivo y se engendraba el narrador. En aquella época, evoca, casi todo se festejaba con concursos de redacción, que si el día del director, que si el del Caudillo, y el hijo del hortelano se los llevaba de calle. «Hilaba las palabras con facilidad y tenía capacidad paródica. Se me daba imitar la prosa del libro de texto... Creo que era un poco repelente», se flagela en un intento de rebajar magnitud al fenómeno literario en ciernes.

Luis Molina, don Luis para varias generaciones de estudiantes del Sagrada Familia de Úbeda, le vio venir enseguida. Dejó constancia de ello en las fichas escolares, de las que aún hoy conserva copia. «En el informe de 1965 puse ‘niño muy completo’; en el del 66, ‘el más completo de la clase, muy inteligente, aplicado y bueno’; y en el del 67, ‘muy inteligente y trabajador. Muy bien dotado en todos los aspectos’. Y es que menos en Matemáticas, que andaba por el notable, en todo lo demás sacaba sobresaliente. Sus redacciones eran perfectas, sin una sola falta de ortografía y con una letra preciosa. No como ahora, que escribe fatal», le reprende saleroso a sus 85 años desde su casa de Córdoba.

Ateo y librepensador con 14

En la España de la época, lo habitual era sacar a los chicos aún púberes de la escuela para ponerlos de aprendices, meterlos en un taller o llevarlos al campo. Pero una y otra vez medió don Luis con el padre hortelano para que nada de eso ocurriera. «Su hijo puede llegar a ser lo que él quiera. Déjelo estudiar». La insistencia del maestro, la receptividad paterna y un incipiente sistema de becas permitieron al joven Muñoz Molina acceder a un centro salesiano y hacerse «ateo y librepensador para los 14»; luego, al instituto; más tarde, a la universidad y, de ahí, al cielo de los literatos, desde donde no ha perdido de vista los infiernos. Al contrario, los identifica y condena con su palabra de mago.

– España lidera la UE en fracaso escolar con un porcentaje de abandono que duplica la media comunitaria. ¿A qué lo atribuye?

– Por un lado, a una tradición histórica de clasismo en España. Durante mucho tiempo, la Iglesia católica y los poderes públicos solo se han ocupado de los privilegiados. Por otro, al desprecio colectivo hacia el conocimiento, la educación, las buenas formas y el mérito. Hay más. El Estado, y hablo de todas las administraciones, jamás se ha tomado en serio la educación. Lo único que ha importado a las clases políticas de este país es el adoctrinamiento.

 Inoculamos a Pablo Heras-Casado (Granada, 38 años) el «frescor» de las mañanas de septiembre y el «aroma a lapiceros y a papel» que tanto sugestionan al escritor de Jaén. El efecto no se hace esperar en forma de «flashes». «Recuerdo el patio del colegio de Barcelona y, sobre todo, sensaciones de hacer amigos, de jugar con tierra y arena. Y recuerdo unas vías cercanas. Me encantaba seguir el paso del tren». Revisado ahora desde la atalaya de la madurez y de su reconocimiento internacional como director de orquesta, un estatus que le aboca a visitar varios países en un mes –a veces, en una misma semana–, el niño adulto lo interpreta como una premonición. Su vida consistiría en viajar y, más importante aún, en disfrutar del irse y del volver, de ese plácido aislamiento en las nubes en que el músico convierte cada embarque.

El traslado a la Ciudad Condal de su padre, policía nacional, lector de cuentos infatigable y artífice de que con 3 años su hijo leyera con soltura, duraría poco. De vuelta a Granada, su tierra natal, Pablo ingresó con otros dos millares de chavales en el colegio Juan XXIII, enclavado en el Zaidín, el barrio madrastra de los agricultores que protagonizaron el éxodo, el más populoso de la ciudad.

Allí, en el tercer curso de EGB, le aguardaba don Rafael García, un maestro melómano que tocaba el órgano y dirigía un coro informal sin más pretensiones que propagar su pasión. «La música le fascinaba y siempre andaba detrás de mí a la hora del recreo para que le enseñara canciones. Era un chiquillo vivaracho, extrovertido, siempre sonriente y con una ilusión tremenda por aprender», cuenta aquel profesor, que hoy tiene 65 años, desde su retiro a la sombra de la Alhambra.

El hombre que hoy lo mismo afina a la Filarmónica de Viena que pone en pie al Metropolitan Opera de Nueva York con su visión de ‘Rigoletto’ se enganchó a la música cantando «folk cristiano». El veneno, eso sí, ya lo llevaba dentro. Se lo inoculó su madre, siempre tarareando las melodías de la radio sobre sus faenas domésticas, siempre canturreando a su bebé, «como hace ahora en cuanto coge en brazos al mío». Se refiere a Nicolás, el hijo que hace poco más de dos meses tuvo con su esposa, la presentadora de televisión vasca Anne Igartiburu. Mientras va y vuelve en el tiempo, Heras-Casado descubre la verdadera dimensión de la sombra de aquel maestro. «Se ocupaba de mí. Me prestaba atención y me transmitía seguridad. Sentía que esperaba mucho de mí y eso marca una actitud. Conmigo lo hizo. Ahora yo hago algo parecido con los músicos en esa parte didáctica de mi profesión que es exigir a través del respeto, el reconocimiento y la camaradería».

Por supuesto, don Rafael prescribió su ingreso inmediato en el Conservatorio. «Sus padres venían a menudo a verme. La familia de su madre había sido emigrante en Alemania y querían una formación sólida para sus hijos, para que no tuvieran que marcharse. Y se lo dije». Con un «tremendo» esfuerzo, acabaron comprando un piano al único músico de la familia. «Al final, los vecinos se quejaron de tanta resonancia y acabaron mandando el instrumento a casa de la abuela, en Gójar, un pueblo a 10 kilómetros de la capital. Y para allí que iba Pablo en una motillo, cada tarde, para tocarlo», cuenta con un indisimulado cariño que es recíproco. Aún le quedaban bastantes partituras que interpretar hasta llegar a comprender que el instrumento madre se le quedaba pequeño, que lo suyo requería una batuta y toda una orquesta sinfónica al frente.

– ¿Cómo se explica el elevado índice de fracaso escolar en España?

– No ayuda que los planes de estudio se cambien a cada momento; ni que la educación se emplee como arma ideológica, de forma que, en función del punto cardinal, se añadan unas cosas o se omitan otras; ni ayuda que la enseñanza se modernice falsamente hacia una especialización; ni que se mida desde el prisma de que tiene que producir un rendimiento. Cuando las personas tienen valores, no se pierden en la vida.

Taxi a escote para ir a clase

A diferencia de los demás, podría parecer que la «casi premio Nobel» María Blasco (Alicante, 1965) engañó por completo a su maestro de referencia. Luis Ramón Laguna, profesor de Ciencias Sociales de sexto, séptimo y octavo de EGB, y director en su día del colegio Azorín en San Vicente del Raspeig –un municipio de 50.000 habitantes situado en el noroeste de la actual área metropolitana de Alicante–, atisbó maneras de «periodista, incluso de analista política», en la actual directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). La razón, las incisivas colaboraciones que la ya entonces «sobria y trabajadora» alumna escribía para una publicación periódica del centro. Que si entrevistas a los profesores, que si vehementes apologías de la democracia en los prolegómenos de la Transición. Hasta ella misma, reconoce, fantaseó durante algún tiempo con ser reportera. De investigación, por supuesto. Detrás de su espíritu crítico se agazapaba un impetuoso afán por penetrar en la trastienda de las cosas, meter la linterna hasta el fondo de sus cajones y desentrañar porqués.

Lo que probablemente don Luis ignora es el origen lingüístico de la vocación científica de aquella niña espigada y morenita que tenía que pagar un taxi a escote con otros vecinos para asistir al colegio desde Verdegás, una partida rural alicantina que hoy registra poco más de 300 vecinos. «Tendría 5 añitos cuando fui por primera vez a la escuela. Yo solo hablaba valenciano y entonces no se educaba en otra lengua que no fuera el castellano. Y lo que suele ser una labor gustosa para los niños, como es aprender a leer y a escribir, a mí me resultó dura y confusa», confiesa desde su despacho en Madrid. La frustración la saldó con un intenso idilio con las Matemáticas. Ellas eran racionales, exactas, libres de subjetividades. Idénticas en catalán, manchego y suajili. Nunca le fallarían. «En contraposición con la Lengua, que me había resultado difícil, eran un terreno seguro». Aun así, a la estudiante aplicada y polivalente le costaría decantarse por ciencias y dejar las letras en la cuneta. Don Luis le había despertado el hambre por la Historia «con un modo de enseñar interactivo, creativo y participativo», y también disfrutaba con el latín. Sin embargo, cuando años después oyó hablar de biología molecular e ingeniería genética, los ojos le hicieron chiribitas.

Hija del encargado de una fábrica de hormigón, Blasco se recuerda pidiendo por Reyes un juego de química. El caso era hacer experimentos y abrir nuevos caminos. No la imagen como una máquina de formular porqués. «Por desgracia, este no es un país que estimule a los estudiantes a preguntar».

–¿Se atreve a señalar la causa de tanto abandono prematuro en el sistema educativo actual?

– Seguramente, falta implicación por parte de los padres.