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La cara oculta y desgraciada del porno español

La cara oculta y desgraciada del porno español
  • La detención de Nacho Allende ‘Torbe’ por usar a menores en sus rodajes saca los colores al cine de sexo explícito. «Ahora manda una generación de chorizos y buscavidas que andan en el filo de la ley»

  • El porno sobrevive gracias a la «casquería» que se emite en internet. Una actriz apenas cobra 250 euros por escena. Los chicos, a veces nada. Más de 800.000 españoles entran cada día en estas páginas

El cine pornográfico ya ha sentido que tenía los días contados varias veces en España, aunque siempre acaba resucitando. No son muy adictos a las bromas en esta industria, pero algunos reconocen que viven un permanente ‘coitus interruptus’ con el mercado. Desde mayo de 1983, cuando se reguló la exhibición de películas X en salas comerciales, hasta hoy, con más de 800.000 españoles entrando cada día en una web de contenido sexual gratuito, el sector se ha sentido más esclavizado por causas ajenas que por las pulsiones eróticas de sus usuarios. Ningún espectáculo ha cambiado tanto sus usos y costumbres a lo largo del tiempo. Siempre con una imagen sospechosa, las viejas salas fueron arrinconadas en los años 90, víctimas de las trabas legales a su publicidad. Las remataron unos impuestos (33% de las taquillas) acordes al complejo de culpa que sentía el Gobierno socialista por dejarles sacar la cabeza.

Entonces llegó el primer renacimiento, con el distribuidor Antonio Marcos como mentor. Abrió la puerta al disfrute privado de los vídeos porno en VHS para tranquilidad de sus consumidores y un cierto alivio de la moral pública. Comenzó la edad de oro. «Se llegaron a grabar más de 100 cintas al año», calcula. Tantas como el resto del cine español, ya fuera de humor o policíaco. Ahora vuelven a estar de capa caída. Apenas se graban tres o cuatro películas al año. «Yo mismo llevo sin producir seis años. Vivimos en espera de un mañana que no llega. Mientras, la Ley Audiovisual ampara al actual submundo en el que vive la profesión, una jungla en la que se mezclan actores y prostitución y que nos ha equiparado a las drogas», se descarga Marcos.

Esa selva creció rápida a lomos de internet. Consolidó y multiplicó el número de usuarios del viejo vídeo casero y llevó todo el porno a la privacidad del ordenador y, en estos momentos, de los móviles. El problema es que ya nadie habla de cine, es una palabra que apenas se maneja. Ahora solo se producen ‘escenas’: unas 3.000 al año. Rodajes que casi nunca superan los 20 minutos, donde no se gasta ni tiempo ni dinero en un guión que justifique lo que ocurre en pantalla.

Con tan escasas exigencias artísticas, este subgénero del séptimo arte puede presumir de ofrecer estrenos sin parar: solo en España salen cada día ocho o nueve piezas al mercado. Esta voracidad ha arrinconado a profesionales como Antonio Marcos, que aún defiende «el valor artístico» de una película X bien producida. O a directores como Roberto Valtueña, uno de los pocos que sobrevive con grabaciones para el mercado extranjero –Alemania, Holanda y EE UU–, que admite lo duro que es «no rendirse a la casquería». Desde su productora, Film Art, se empeña en buscar «un mercado que halle el erotismo en la cabeza más que en la entrepierna».

En lo que sí coincide el cine porno con el resto es en la afición que hay en España por el pirateo sin complejos. El portal Pornhub, el mayor agregador de contenidos de sexo explícito, precisa en su último balance que nuestro país es el décimo consumidor mundial. El 2% de sus 40 millones de usuarios diarios se conectan desde la Península. Su informe de 2015 da idea del peso de un sector que genera 88.000 millones de visualizaciones al año en todo el mundo. Una cifra suficiente para saturar la memoria de todos los iPhones vendidos en el planeta en ese mismo año.

Pero tanta demanda no se refleja en las cuentas de resultados. Las cifras más optimistas sitúan la facturación del sector en España en 400 millones de euros al año, muy poco teniendo en cuenta las miles y miles de horas que los miles y miles de españoles se pasan bajándose material. Una cifra que Antonio Marcos, presidente de la única patronal del cine porno patrio (Apeoga), rebaja a «no más de 50 o 60 millones».

Uso de menores

Tal es la competencia y tan contados los beneficios, que los portales X de internet se miran de reojo mientras celebran que un competidor se despeñe: como le ha pasado a Nacho Allende ‘Torbe’, el rey del ‘porno cutre’. «Ahora manda una generación de chorizos y buscavidas que no pagan impuestos. Van tan al filo que dan un paso en falso y se caen», sentencia Marcos, que denunció varias veces ante los jueces las prácticas ilegales de ‘Putalocura.com’, la web del promotor vasco. En esta nueva realidad, los gestores del sexo digital han convertido la lucha por los datos de tráfico en la red en su razón de ser. Así que la mayoría de las 30 productoras que funcionan en España se han resignado a ser ellas mismas las que ofrezcan gratis sus productos.

La investigación judicial por el ‘caso Universal’, que mantiene en la cárcel desde hace un par de meses a ‘Torbe’, acusado de usar a menores y amedrentar a mujeres en sus rodajes, ha situado de nuevo el foco en esta industria. Su relación con las orgías que supuestamente organizó para futbolistas como De Gea, Isco o Muniain ha amplificado los interrogantes sobre lo que esconde este mundo.

«‘Torbe’ ha roto la estrategia de discreción que está en el ADN del sector. Estas empresas siempre intentan ser más transparentes y legales que el resto para que las sospechas no se confirmen», admite el director del Festival de Cine Erótico de Barcelona, Juli Simón. En aquel lejano 1992, cuando el cine para adultos no sabía hacia dónde caminar, Simón participó en el nacimiento de un evento que es referencia europea desde entonces. Reconvertido en Salón Erótico porque llegó un momento en que «ya no recibíamos películas», Simón prepara para octubre sus bodas de plata. Suena a paradoja, pero sabe que a esta industria tan carnal solo la puede salvar la tecnología. «La inversión en I+D marca la supervivencia de una productora. No queda ni una sola de las que hacían cine ‘clásico’», advierte. Por eso, este año su programa se centrará en webcams para adultos, sexbloggers o ‘juguetes’ digitales entre otras novedades.

Con 40 personas llenando de contenidos sexuales sus webcams y colgado siempre de un ordenador, Arnaldo Chamorro dirige FAKIngs, la página nacional de producción propia con mayor tráfico de visitas. Alcanza ‘picos’ de hasta 400.000 diarias. De su factoría madrileña salen al mes 25 escenas de tríos, lesbianas, tetudas, maduras... En estos momentos ya ofrece 1.500 historietas, una cifra que en nuestro país apenas estaba al alcance de ‘Torbe’, que convirtió el ‘porno friki’ en su monopolio. Chamorro creó su empresa en 2009, «en medio de la gran crisis», así que no teme los vaivenes constantes del sector. De hecho, va a pasarse el verano trabajando para convertirse en septiembre en el pionero de la próxima revolución: las películas en 3D. Con las gafas de visión en tres dimensiones «será lo más parecido a participar en las escenas», avanza.

Chicos y chicas baratos

‘Torbe’ fue un advenedizo que publicitaba su falta de escrúpulos, pero también un modelo de éxito. En apenas quince años creó, desde un ático en la Plaza España de Madrid, un emporio de cintas porno, webcam y otros negocios aledaños que llenaron sus dominios de publicidad. «Ahora gano millones, pero durante años fui pobre de solemnidad», confesó en 2014, cuando empezó a eclosionar como el mago que había logrado hinchar la ‘burbuja’ de esta industria. Su filón fue el mal llamado ‘porno amateur’, escenas que intentan parecer salidas de la vida real y que rompen el tópico de los cuerpos esculturales y la ‘gimnasia’ erótica. El éxito lo ha convertido en un subgénero que no falta en ninguna estantería del ‘supermercado’ digital. Esas escenas que aparentemente se graban en la intimidad tienen también un equipo detrás de cámaras, técnicos y gestores. Sin otro guión que ir al grano y una escenografía chabacana.

La crisis económica llenó las productoras de chicos y, sobre todo, chicas ofreciéndose a precios bajo mínimos. «¿Quieres ser actriz porno? Por fin un lugar donde conseguir trabajo», todavía puede leerse en ‘Putalocura.com’. «Me escriben muchos chavalillos que quieren iniciarse y hay que andar con mil ojos», reconoce el productor de cine gay Carlos Resa. De hecho, el ‘cine homo’ es junto al ‘amateur’ el único subgénero que no deja de crecer gracias a usuarios de mayor poder adquisitivo. Pero los precios del mundo porno están por los suelos. Hace diez años, montar una escena de entre doce y veinte minutos costaba 1.200 euros. Hoy se puede hacer por menos de 300. La chica se lleva la mayor parte del presupuesto, mientras los actores masculinos muchas veces ni siquiera cobran.

Ni mucho menos es el caso de Pablo Ferrari. Empezó en 2004 y ha dado el salto a la dirección y la producción después de ser uno de los pocos actores que ha conquistado el mercado mundial. En el sector le consideran el «nuevo Nacho Vidal», icono de masculinidad humanizado ahora en los concursos televisivos. A sus 38 años, este palentino lamenta la tiranía de internet, donde «va todo tan rápido que las cosas se quedan viejas de un día para otro». Ferrari es una de los pocos hombres que viven de ello: «Todavía sigue siendo la chica la que vende porque gran porcentaje del público es masculino». Pablo Ferrari teme la esclavitud de una profesión en la que «se estudia al usuario al milímetro y se orienta permanentemente el consumo hacia nuevos gustos, rostros y cuerpos».

También conoce el mercado foráneo Silvia Rubí, actriz joven que se ha fogueado en Berlín, capital europea del cine X junto a Budapest, y que al igual que Ferrari, ha sido nominada a los Premios Ninfa, los ‘Goya’ de este subgénero. Orientada hacia el sexo con tatuajes, una variante en crecimiento, Rubí defiende el papel de las plataformas digitales porque «nos han acercado al público sin perder dinero».

Con los salarios que se pagan hoy por una escena, calcula que tendría que grabar no menos de veinte al mes para vivir. «Yo no hago ni la mitad. Pero también participo en shows por Skype, webcam o clubes privados. Hacer solo escenas me parece aburrido. A mí me gusta mi trabajo y quiero diversificar». Ni siquiera una profesional consolidada como ella evita a veces ese filo legal que denuncian los románticos del género. «Falta profesionalidad. Se cobra en negro y hay mucho vacío legislativo», reconoce. En ese ‘barro’ no faltan «chicas que se meten una temporada en el porno para hacerse un nombre como ‘escort’ (prostituta). Y dueños de prostíbulos que nos usan para promocionarse», ratifica el director del Salón de Cine Erótico de Barcelona.

La meca del porno no está muy lejos del Hollywood oficial. En California se produce casi el 40% de lo que llega al mercado. La bajada de precios, el clima y la admiración que sienten por actores españoles como Nacho Vidal o Pablo Ferrari al otro lado del Atlántico ha provocado un desembarco de productoras estadounidenses en España. Vienen, graban y se van. Una inyección de ‘vitaminas’ para el desgastado corazón del cine para adultos mientras llega la próxima resurrección digital.