La increíble historia de los fundadores de Adidas y Puma: hermanos que se odiaban

Los dos hermanos coincidieron en esta foto antes de que el destino les separase. Rudolf (Rudi), el fundador de Puma, es el que está a la izquierda junto a su mujer. Adolf (Adi), el creador de Adidas, aparece arriba, en el medio. /
Los dos hermanos coincidieron en esta foto antes de que el destino les separase. Rudolf (Rudi), el fundador de Puma, es el que está a la izquierda junto a su mujer. Adolf (Adi), el creador de Adidas, aparece arriba, en el medio.

Un pleito por el uso de un compuesto para las suelas de las zapatillas resucita el odio que se profesaban los alemanes Adi y Rudi Dessler

BORJA OLAIZOLA

Las desavenencias entre familiares que son incapaces de reconciliarse suelen generar un rencor sordo que a veces se prolonga de por vida e incluso se hereda de generación en generación. En todas las familias hay casos de hermanos que no se hablan, cuñados que se profesan un odio visceral o primos que ni si quiera se cruzan un saludo en bodas y funerales. La experiencia es tan universal que proporciona a los protagonistas de la rivalidad entre Adidas y Puma, dos de las principales multinacionales del deporte, una dimensión humana que no es habitual encontrar en las relaciones empresariales.

Retrocedamos en el tiempo. Estamos en 1924 en Herzogenaurach, un pueblo próximo a la ciudad bávara de Nuremberg conocido por su tradición zapatera. Los jóvenes hermanos Dassler, Rudolf y Adi (Adolf), regresan a casa de la Primera Guerra Mundial y se plantean qué hacer con sus vidas. Su padre trabaja para uno de los más de cien fabricantes de zapatos que hay en la comarca y ellos deciden probar suerte en el negocio. Adi, el pequeño, es introvertido, pero tiene las ideas claras y se atreve con algo que a los demás fabricantes les parece una completa extravagancia: hacer un calzado especial para correr. Rudolf y Adi trabajan juntos en la casa familiar y fundan su propia empresa, la Gebrüder Dassler Schuhfabrik; es decir, la fábrica de zapatos Hermanos Dassler.

Creativo y retraído

adidas

Adi Dassler (1900-1978) era meticuloso en su trabajo y también amigo de incorporar novedades para que el calzado se adaptase a las necesidades de cada deporte. También tenía una personalidad más introvertida que su hermano Rudolf. Hoy Adidas suma 53.731 empleados y tiene factorías repartidas por todo el mundo.

Los primeros años son difíciles. Sus compatriotas se asoman al abismo económico y hacer ejercicio no figura entre sus preocupaciones, bastante tienen con escapar del hambre. Los Dassler siguen adelante y poco a poco sus zapatillas y pantuflas empiezan a ser conocidas en los restringidos círculos de los aficionados al atletismo. La recuperación económica y el ascenso del nazismo, que transforma el deporte en una herramienta política, dan un empujón a la fábrica: los pedidos se multiplican para atender la demanda generada por los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Fue allí donde los Dassler se apuntaron el primer tanto: para disgusto de Hitler, el gran triunfador de la cita, el afroamericano Jesse Owens, calzaba sus zapatillas de clavos.

Pero llegó la Segunda Guerra Mundial y todo se complicó. La fábrica fue transformada en un taller de repuestos de armamento. Las autoridades dejaron a Adi al frente del negocio por sus conocimientos técnicos, mientras Rudolf era llamado a filas. Los dos sobrevivieron a la contienda, pero la semilla de la división había empezado a germinar en su interior. Los vencedores permitieron que Adi se quedase con la empresa, pero Rudolf, que estaba convencido de que había sido denunciado por su propio hermano, permaneció un año preso de los norteamericanos. Cuando fue liberado, la animadversión había escalado varios peldaños. Rudolf regresó a Herzogenaurach, pero evitó la casa familiar y se instaló al otro lado del río Aurach. Allí se hizo con un pabellón semidestruido y retomó la fabricación de zapatillas con la ayuda de los más fieles de sus antiguos subordinados.

La posguerra fue dura, pero los dos hermanos ya tenían experiencia. Siguieron sin dirigirse la palabra y en 1948, Rudolf, el mayor, fundó una empresa que primero se llamó Ruda (de Rudolf Dassler) y luego Puma. Adi no se quedó atrás y un año más tarde registró la marca Adidas (de Adi Dassler) siguiendo el ejemplo del primogénito.

Sociable y vendedor

puma

Rudi Dassler (1878-1974) era el complemento perfecto de su hermano Adi debido a su carácter extrovertido y a sus capacidades comerciales. Mientras uno creaba, el otro vendía. La asociación fraternal se rompió al acabar la II Guerra Mundial. Puma, la empresa de Rudi, tiene hoy 10.830 empleados.

El milagro económico alemán estaba a la vuelta de la esquina y los dos hermanos dejaban testimonio de su feroz rivalidad. Adi asestó los primeros golpes al hacerse con el contrato para equipar a la selección alemana de fútbol en el Mundial de Suiza de 1954. Los tacos que incorporó a las botas fueron determinantes para que sus compatriotas se impusiesen en la final a los húngaros, los grandes favoritos, en un terreno pesado y muy resbaladizo. Dos años después, su hijo Horst, muy avispado, regaló zapatillas Adidas a muchos atletas en las Olimpiadas de Melbourne de 1956. Eso es ahora algo habitual, pero entonces eran los propios deportistas quienes tenían que costearse su equipo, así que el gesto dio la vuelta al mundo.

Los cordones desatados

Adidas había tomado la delantera, pero Puma no tenía intención de quedarse atrás. Los dos hermanos habían cedido la batuta a sus respectivos hijos, Horst y Armin. Se acercaba el Mundial de fútbol de México de 1970 y Pelé, la gran estrella emergente, era un caramelo para las firmas de equipamiento deportivo. Los herederos de Adidas y Puma llegaron a un acuerdo: no pujarían por el futbolista para evitar una guerra de ofertas que podría desangrarles. Armin, sin embargo, quebrantó el pacto y se plantó en el domicilio del astro brasileño para hacerle una oferta económica que no pudo rechazar: Pelé tenía que llevar los cordones sueltos para pedirle al árbitro que retrasase el inicio de un partido mientras todas las cámaras apuntaban a la zapatilla que se ataba. El golpe de efecto urdido allí catapultó a Puma, pero también enconó hasta límites insospechados las relaciones entre ambas compañías.

La creciente rivalidad se trasladó incluso a la población de Herzogenaurach, donde tenían sus sedes las dos empresas. La periodista Barbara Smit, que contó la pugna en su libro Hermanos de sangre, asegura que los 23.000 vecinos, muchos de ellos trabajadores a su vez de Adidas o Puma, se alinearon en bandos irreconciliables y evitaban hacer las compras o tomarse una pinta en los establecimientos del enemigo. La prensa la bautizó como la ciudad de los cuellos doblados, porque sus habitantes bajaban la cabeza antes de iniciar una conversación para saber si la marca del calzado de su interlocutor coincidía o no con el suyo.

Esa rivalidad se mantuvo en pie hasta la muerte en los años setenta de los dos hermanos, que fueron enterrados en extremos opuestos del mismo cementerio. Con el tiempo, Adidas y Puma se transformaron en enormes conglomerados y los descendientes de Adi y Rudolf desaparecían de los puestos directivos e incluso del accionariado. Pero la hostilidad ha vuelto a renacer ahora, como consecuencia de un pleito que les enfrenta en los tribunales por el uso de un nuevo compuesto para las suelas de las zapatillas.

Adidas ha pedido a los jueces que paralicen la venta de una gama de Puma que utiliza el mismo conglomerado que emplea en sus productos. Hace siete años, el coloso químico BASF ofreció a las dos compañías un nuevo material sintético, el poliuretano termoplástico, para las suelas de sus deportivas. Adidas tomó la delantera y firmó un acuerdo en exclusiva que le permitió sacar al mercado una nueva línea en 2013. Puma, mientras tanto, buscó un nuevo socio y recurrió a la empresa estadounidense Huntsman para que le suministrase un material parecido. El contraataque se produjo un año más tarde de la mano de sus zapatillas NRGY. Adidas pidió a los tribunales que paralizasen su comercialización argumentando que solo ellos tenían derecho a utilizar el polieuretano termoplástico, pero los jueces no lo han visto claro y han denegado de momento la solicitud. El pleito, que está más vivo que nunca, ha resucitado los demonios y demostrado que ni la muerte es capaz de poner fin a los viejos pleitos de familia.

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