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El juez que se disfrazaba en la Plaza de Armas

El juez que se disfrazaba en la Plaza de Armas
  • Howard Jackson huyó de la guerra en Liberia y acabó en Sevilla. Vende pañuelos en la calle para pagarse la matrícula de la universidad.«Me llaman figura»

Cuenta que cuando tenía 36 horas, su padre le hizo emocionado su primer regalo, que se lo acercó casi temblando a su minúscula mano y que él lo agarró con fuerza. Era un bolígrafo, no muy diferente de los que usa ahora. También cuenta que en su casa siempre quisieron que fuera alguien en la vida y que estudiara «para poder trabajar en el gobierno o en los juzgados», y que pensaba hacerlo, pero que la guerra se cruzó en su camino y tuvo que dejarlo todo a medias. Hasta hace tres años, cuando retomó los estudios, primero con un curso de acceso a la universidad y, después, matriculándose en la carrera que siempre ansió: Derecho. «Quiero ser juez».

A sus 40 años, Howard Ramsés Jackson es un alumno aplicado. Escucha con atención, toma notas sin levantar cabeza, hinca codos como el que más y no le frena ni la salud.«Esta semana me puse malo, muy malo, en clase y tuvieron que llamar a una ambulancia para que me llevara al hospital». Pasó la noche ingresado y le dieron el alta al día siguiente, cuando la inoportuna gastroenteritis ya estaba controlada. Le faltó tiempo para volver al centro que la UNED tienen en Sevilla y en el que está matriculado por segundo año consecutivo. «Estoy en primero de Derecho y me quedan siete asignaturas. Las quiero sacar todas en junio», explica.

Puede que lo consiga o puede que no, pero solo intentarlo ya es un triunfo, un sueño cumplido. Jackson huyó de su país, Liberia, cuando solo tenía 16 años: no quería hacer la guerra e hizo el camino hasta la frontera con Melilla en busca de una oportunidad. Tardó tres años, temió caer en manos de las mafias del desierto, trabajó en lo que encontró por un plato de comida y, al final, llegó al monte Gurugú con la esperanza de cruzar la valla en un asalto. Y lo logró, aunque los agentes le interceptaron. Fue conducido a un centro de refugiados y al cabo de los meses lo enviaron a Sevilla. Era 1995. Todavía recuerda lo primero que pensó al ver la ciudad:«Libertad. Me di cuenta de que era un sitio muy organizado, muy limpio, sin miseria... ¡Tan diferente a África!».

Vive a las afueras, en una casa de color rosa desvaído con molduras blancas. Tiene poco que ofrecer a las visitas, pero nunca falta una buena taza de expreso, hecha en una pequeña cafetera italiana, ni conversación. Jackson habla por los codos. «Cuando llegué, no había ni puertas ni ventanas», relata. Hoy es un hogar con todas las letras, pese a los desconchones que causa la humedad en la pared. Tiene televisión, pero la pone poco. «No me gusta. El día en el sofá se me hace muy largo», suelta. Y sonríe mucho más a menudo que cualquiera y eso que tiene muchas menos razones.

200 disfraces

Se levanta sobre las ocho de la mañana y a las nueve y media ya está en el tajo. Trabaja en el semáforo de la conocida Plaza de Armas de la capital hispalense vendiendo pañuelos. Y aunque le gustaría haber encontrado otro con un sueldo mejor –«lo he intentado, pero no tengo formación...»–, no se queja en exceso. «Esta actividad ayuda a muchas familias en África. Ocho de cada diez inmigrantes dependemos de ella». Los conductores le saludan y más de uno se rasca el bolsillo para comprarle un paquete. Él les conquista con ese gracejo tan del sur, del que se ha apropiado después de dos décadas en la ciudad. Está esperando que le concedan la nacionalidad.

Lo que más llama la atención cuando está al borde de la calzada es su indumentaria. Jackson se disfraza cada día para sacar a los sevillanos de su rutina gris y «alegrarles» el día. «Me dicen que soy un figura». Se le ocurrió en 2004, después de hacer de rey Baltasar en la cabalgata de Navidad. «Me recibieron tan bien y fue tan bonito...». Su primer disfraz fue «de Micky Mouse». Hoy tiene 200 en su armario, los que han sobrevivido a los cuatro incendios de su casa. «Si me saco 30 euros al día, 5 los guardo para comprarme alguno nuevo», detalla. Su favorito es el de «Cleopatraaaa». Lo pronuncia así, alargando la a hasta el infinito. Siente una debilidad muy particular por el antiguo Egipto, casi tanto como su abuela paterna, la «culpable» de que su segundo nombre sea Ramsés. «Mi madre no quería ponérmelo, pero... perdió».

– Si trabaja por la mañana y va a clase por la tarde, ¿cuándo estudia?

– Nunca me acuesto antes de la madrugada. Algunos días me quedo hasta las cinco.