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El último Medici

El último Medici
  • Descendiente de papas y reyes, el príncipe Lorenzo administra desde Sitges la marca de su linaje, pinta, escribe y disfruta de la vida. Antes, diseñó trajes para la UEFA. «Hacer lo quieres es un lujo. Vivo en España muy bien. En Italia no me dejan tranquillo»

Además de príncipe, Lorenzo de Medici (Milán, 1951) es un tipo afortunado. Y no solo por ser descendiente directo de una dinastía que dominó el mundo durante siglos sembrándolo de intriga y belleza, sino porque siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. Quinientos años después de que su familia comenzara a comerciar, fundar bancos y establecer alianzas que alumbrarían papas y reyes, este hombre por cuyas venas corre sangre de todas las casas reales de Europa ha hecho prácticamente de todo: prestado su nombre a una bodega, a perfumes y plumas estilográficas, diseñado los uniformes de la UEFA, editado guías de viaje, trabajado para grandes diseñadores de moda... y escrito media docena de libros. Su última novela, ‘La palabra perdida’, un thriller que sigue la pista a través de los siglos a una piedra con propiedades mágicas, acaba de confirmarlo como un buen contador de historias.

El príncipe habla en castellano, pero podría hacerlo en otros cinco idiomas con la misma precisión. Es el resultado de que su familia viviera en Italia hasta que Mussolini cogió las riendas; de que se instalara en Argentina hasta que la caída en desgracia de Perón les obligó a hacer de nuevo las maletas, y de haber crecido en Suiza para luego ir cambiando de destino según iba pasando la vida. De un tiempo a esta parte su hogar está en Sitges, donde vive feliz porque no le dan la lata.

A este Medici nadie puede reprocharle que no se sienta un privilegiado, ni que no haya sabido aprovechar las ventajas de ser el sucesor de ‘El Magnífico’, príncipe de Florencia, mecenas de las artes, diplomático, banquero, poeta, filósofo y bisabuelo, entre otros, de la reina Catalina de Francia. Lorenzo de Medici es una marca registrada desde el día en que, viviendo en Nueva York, una amiga le llamó para reprenderle porque no le había contado que diseñaba joyas. «¿Quién?, ¿yo?», le contestó. Cuando localizó la firma que explotaba su nombre se puso en contacto con un abogado. «Ganamos el litigio y, siguiendo sus consejos, registré la marca, pero cuesta mucho dinero mantenerla, así que empecé a hacer pequeñas cosas, pequeños negocios. De ahí nacieron las plumas Mont Blanc con mi nombre, los perfumes, los artículos de decoración... y el vino. Traté de hacerlo yo, pero una empresa alemana contactó conmigo y ahora son ellos los que hacen el trabajo y yo quien les cedo el nombre. Vendo millones de botellas en Alemania».

Cuando crees que no se puede ser más afortunado, y que semejante golpe de suerte solo puede venir hoy en día de apellidarse Lennon, Starr, Harrison o McCartney, cuenta cómo le eligieron para diseñar los equipajes de los directivos de la UEFA durante dos temporadas. «Fue pura casualidad. En una conferencia conocí a un inglés, experto en marketing, que semanas después me llamó para proponerme participar en el concurso convocado por la organización que rige los destinos del fútbol europeo. Le dije que no entendía nada de fútbol, pero me aseguró que eso era lo que buscaban. El caso es que lo gané y a partir de ese momento hicimos de todo, incluidas corbatas de 10.000 en 10.000. El dinero que mueve ese deporte es impresionante».

Él hace tiempo que no se pone ni las que llevan su firma. Es probable que los seis meses que estuvo trabajando en un banco al acabar la carrera de económicas –suficientes para darse cuenta de que aquello no era lo suyo– y los años pasados en empresas como Ermenegildo Zegna le hayan quitado las ganas. También que, simplemente, haya dejado de apetecerle.

Cuando Lorenzo de Medici se describe como un camaleón, capaz de adaptarse a casi todo, y dice sentirse orgulloso de pertenecer a un estirpe que durante cinco siglos ha estado rodeada de cosas bellas, la pregunta es inevitable: ¿qué queda de todo aquello? «Estoy encantado de conservar un buen número de objetos de valor que pertenecieron a la familia y que me acompañarán siempre».

– Si duda apellidarse Medici es un privilegio, pero también habrá tenido que acostumbrarse a generar altísimas expectativas...

– Mis profesores esperaban que llegara al colegio a lomos de un caballo blanco blandiendo una espada. Y, o eres un delincuente y no le das importancia a nada, o tienes que intentar estar a la altura y eso es complicado. Sobre todo cuando notas que te miran como quien mira a una pieza de anticuario.

– Hablando de arte, ¿el mundo volverá a alumbrar mecenas como su familia?

– No lo creo. Ellos fueron únicos porque, además de tener muchísimo dinero, convirtieron el mecenazgo en algo ligado al apellido durante generaciones. No fue solo un Medici apostando por Miguel Ángel, Botticelli o Donatello, sino decenas de ellos, generación tras generación. Eso es casi imposible que se repita.

– No tiene hijos, su único hermano tampoco, y le presentan como uno de los últimos de la estirpe... ¿No se siente un poco responsable de estar a punto de acabar con la dinastía?

– Esa ha sido la gran pregunta durante toda mi vida. Pero no han venido y ya está. Hay quien me propone que adopte, pero cuando se trata de perpetuar la sangre, me temo que no es lo mismo.

– Maquiavelo, que trabajó para la familia, escribió que Lorenzo II fue un hombre voluptuoso sometido enteramente al poder de Venus. ¿Ha heredado algo de eso?

– Era verdad. De hecho, todos los Medici lo han sido menos yo. Mi padre y mi hermano incluidos. Yo he heredado la buena estrella, pero no la voluptuosidad.

– Ya va por su quinta novela, en la que de una u otra forma aparecen parientes suyos. ¿Interesa más la Historia cuando el tatatatarabuelo de uno es el protagonista?

– No, es simplemente que prefiero escribir de lo que conozco. Pero no soy profesor de Historia, solo trato de despertar el interés por algunas cosas que pasaron y fueron curiosas o importantes.

– También ha realizado guías de la Toscana, de campos de golf, documentales televisión... ¿es usted un versión moderna del hombre del Renacimiento?

– Justa o injustamente creo que tengo un deber para con la Toscana. Por eso lo de algunos programas o las guías... Por lo demás, nunca he utilizado el título de príncipe. Lo primero porque en mi país la nobleza ha sido abolida y lo segundo porque soy un príncipe republicano. Si tuviera que votar, votaría república. Me parece que actualmente no tiene sentido la monarquía.

Entonces nos quedamos pensando que con ese nombre tampoco hace falta sacar la lista de títulos –que incluye una grandeza de España– y, sobre todo, preguntándose qué hace instalado en Sitges desde hace más de una década pudiendo vivir en cualquier lugar del mundo. «Justo estos días estoy pensando muy en serio alquilar alguna villa en Jamaica o las islas Caimán y pasar allí tres o cuatro meses, pero también temo aburrirme al cabo de unas semanas».

– Vamos, que nada de volver a su tierra...

– No vivo en Italia porque me hacen la vida imposible. Cansa contestar amablemente, dar explicaciones, decir: «Sí, soy un Medici». En España son mucho más respetuosos con esas cosas.

El último Medici destila encanto. Un cóctel de buena educación, seducción y cultura solo al alcance de alguien que, cuando pasea por la Galería de los Uffizi –17.000 metros cuadrados de arte con mayúsculas en Florencia– se siente como en casa. Antes de despedirse reconoce que ha buscado en internet mi nombre y que todo lo que fue capaz de encontrar eran fotos y artículos de una actriz «que debe ser muy famosa». Cuando le digo que siento mucho no ser ella, contesta: «Para nada. Yo tampoco soy Lorenzo ‘El Magnífico’». Puro encanto.