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¿Cómo envejecer con un cerebro de 20 años?

¿Cómo envejecer con un cerebro de 20 años?
  • Ahí van tres sugerencias: camine un rato diariamente, incluya omega 3 (pescados azules) en su dieta y anímese a salir de la zona de confort; si ya es un as resolviendo crucigramas, aprenda a pintar... o hacer ganchillo

  • Si tiene más de 40 es posible que sus abdominales nunca vuelvan a ser lo que eran, pero su cerebro puede seguir funcionando como el de un chaval. «Con un poco de ejercicio no vamos a convertirnos en Dalí, pero sí seremos más creativos que antes»

Buenas noticias. Si tiene usted más de cuarenta, y era de los que creía que el día que celebró su cuadragésimo cumpleaños comenzó a caminar hacia una suerte de involución imparable, estaba completamente equivocado. Décadas creyendo que envejecer iba irremediablemente acompañado de un lento –pero implacable– deterioro de las facultades cerebrales, y ahora resulta que eso no es del todo cierto.

Los neurocientíficos del planeta no parecen albergar ninguna duda: se puede –y se debe– pasar de los cincuenta, los sesenta, los setenta... con el cerebro en plena forma, siempre que lo cuidemos convenientemente. Puede que nuestros brazos, nuestras piernas o nuestros abdominales no vuelvan a ser nunca lo que fueron, pero mantener la mente activa, ayudados por desafíos intelectuales y buenos hábitos, nos permitirá, al menos, pensar como jóvenes. Hasta no hace demasiado tiempo, los científicos estaban convencidos de que la mente se desarrollaba vertiginosamente hasta los 21, que pasada esa edad quedaba estancada, y que a partir de los 40 se precipitaba hacia el desastre. Hoy, sin embargo, está demostrado que con algo de ejercicio intelectual, deporte, y la dieta adecuada, podemos conseguirlo.

La prueba de que ejercitar el cerebro es beneficioso la encontró el profesor David Snowdon, de la Universidad de Kentucky, en una comunidad de religiosas de Mankato (Minnesota). Snowdon, uno de los mayores expertos en la enfermedad de Alzheimer del mundo, se instaló en el convento de Nuestra Señora durante meses para estudiar a aquellas monjas, sorprendentemente longevas, con increíbles capacidades intelectuales. El profesor trató de encontrar una respuesta a por qué, entre aquellas mujeres, el índice de demencia senil y demás enfermedades mentales, era inferior a la media. La respuesta la encontró en que las monjas de Mankato hacen todo lo posible para mantener la mente ocupada en su vida cotidiana. Montan en bici diariamente, hacen trabajos manuales, compiten en concursos, resuelven pasatiempos, mantienen debates, editan libros, dirigen seminarios y dan clases; algunas, hasta bien pasados los 90.

La conclusión de Snowdon fue que el estímulo diario revitaliza los conectores del cerebro haciendo que se ramifiquen y creen nuevos vínculos. El investigador bautizó su investigación como ‘Informe monja’ y logró, incluso, que buena parte de las religiosas donaran su cerebro a la ciencia a pesar de que muchas de ellas no ocultaron su preocupación por cómo quedaría su cadáver en el ataúd.

Otros científicos, como Álvaro Pascual-Leone, investigador de Harvard, corroboran la idea de que es necesario estimular nuestra mente si queremos envejecer en buena forma y nos invitan a abandonar lo que llaman ‘zona de confort’. Es decir, que si estamos habituados a resolver crucigramas, deberíamos aprender a pintar, bailar o hacer ganchillo. Solo hay una condición: que hacerlo se convierta en un reto y nos lo tomemos en serio.

¡A caminar!

El problema es que el esfuerzo intelectual no es suficiente. Después de desempolvar el ajedrez, o apuntarnos a la academia de idiomas más próxima, tendríamos que calzarnos algo cómodo y animarnos a caminar. Solo de ese modo generaremos nuevas conexiones neuronales.

El neurocientífico argentino Facundo Manes (Quilmes, 1969), rector de la Universidad Favaloro de Buenos Aires –y responsable de la operación a la que hace unos años se sometió Cristina Fernández de Kirchner–, es autor de uno de los muchos experimentos realizados con mayores de 65 años para analizar las consecuencias del deporte en nuestro cerebro. A lo largo de seis meses, siguiendo las indicaciones del doctor, la mitad de los participantes en el ensayo caminó durante cerca de una hora, tres veces por semana, mientras que el resto siguió con su vida sedentaria. El resultado fue que en aquellos que habían paseado regularmente no se registraba atrofia alguna en el hipocampo, una estructura situada en ambos hemisferios, clave, por ejemplo, en la consolidación de la memoria. Manes mantiene, además, que el ejercicio físico, reconocido como gran ansiolítico, refuerza también el pensamiento creativo. «Eso no quiere decir que vayamos a convertirnos en Dalí después de dar una vuelta a la manzana, pero sí que vamos a ser más creativos que antes».

Dicho esto, deberíamos saber que los efectos del deporte no siempre son tan espectaculares como nos gustaría y que algunos ejercicios son más eficaces que otros. Un equipo de investigadores de la Universidad de Jyväskylä, en Finlandia, acaba de publicar en la revista ‘Journal of Physiology’ un estudio al respecto. Después de observar durante meses el cerebro de un ejército de ratas ya entradas en años haciendo diferentes tipos de ejercicio, concluyeron que los efectos del deporte en el cerebro son muy diferentes, y no necesariamente mejores cuando hay una buena paliza de por medio.

Tras siete semanas de entrenamiento, los cerebros de las ratas que caminaron un rato diariamente, de manera moderada, generaron una cantidad considerable de neuronas; las que habían estado sometidas a un entrenamiento de intensidad –es decir, carrera lenta, rápida y muy rápida a intervalos–, habían mejorado con respecto a las ratas sedentarias, pero su cerebro no había producido una cantidad de neuronas considerable. Por último, las que se habían machacado con pesas simplemente estaban dañadas. El tejido de su hipocampo estaba tal cual.

Los investigadores finlandeses apuntan a la posibilidad de que los ejercicios de fuerza e intensidad puedan generar otros beneficios, como la creación de vasos sanguíneos adicionales, pero creen que, si hay que elegir, lo recomendable, por el bien del hipotálamo, es una carrera o un paseo en bicicleta de vez en cuando.

Resueltos los dos primeros obstáculos, si queremos que nuestro cerebro luzca casi como el de un chaval de 20 años, aún nos quedaría hacer la compra. El mítico ‘somos lo que comemos’ también sirve cuando lo que tenemos entre manos es la cabeza que, según han demostrado neurólogos de todo el mundo, no solo se alimenta de sudokus. De hecho, parece venirle de perlas, por ejemplo, la dieta mediterránea.

El regenerador de seseras

Tras décadas de estudio, Fernando Gómez-Pinilla, investigador de la Universidad de California, ha concluido que un régimen equilibrado, además de protegernos de una larguísima lista de enfermedades, también regenera la sesera, la aleja de determinados problemas mentales y potencia nuestras capacidades cognitivas.

¿Un consejo? Incluir una buena dosis de ácidos grasos omega 3 que, en opinión del científico, son el ladrillo sin el que difícilmente seremos capaces de construir algo. El Omega 3 es bueno para ayudarnos a aprender y a ejercitar la memoria, y el mejor es el DHA, que se encuentra en el salmón, las anchoas y el arenque. La lista de beneficios de incluir ácido docosahexaenoico en nuestros hábitos alimenticios es inacabable, empezando por su capacidad para nivelar el estrés oxidativo. Teniendo en cuenta que el tejido del cerebro contiene una enorme cantidad de materia oxidable y que el organismo no es capaz de sintetizar por su cuenta DHA, no queda más remedio que incorporarlo a la dieta para que se encargue él de hacer el trabajo.

Gómez-Pinilla tiene, además, una curiosa teoría al respecto. Según el investigador, somos organismos que venimos del mar. Y no solo porque nuestros ancestros se alimentaron durante miles de años casi exclusivamente de él, sino porque está demostrado que la composición del líquido de las células de nuestro cuerpo es muy parecida a la del mar.

De manera que una buena dosis de Omega 3, de alimentos ricos en ácido fólico, como las espinacas o el zumo de naranja; de la vitamina E que encontramos en las nueces y en las verduras verdes, y de los antioxidantes que tiene la fruta, y no solo nuestro cuerpo, también nuestro cerebro, estará en forma y será capaz de seguirle el ritmo a Sor María Esther Boor. A los 106 años, la hermana, una de las 678 monjas que Snowdon estudió durante años en Minnesota, madruga para hacer unos kilómetros en su bicicleta estática. Luego, ayudada por su andador, acude al taller de cerámica, participa en los rezos diarios y aporta ideas a todas las reuniones que celebra su congregación de las Hermanas de Nuestra Señora. Aunque hay que tener en cuenta que ella, como el resto de las hermanas, nunca fumó, casi no bebió y su cuerpo no experimentó cambios físicos relacionados con el embarazo, es imposible no considerar sus logros como una proeza al alcance de muy pocos.