¿Cuántos árboles hay en España? La sorprendente tendencia natural que muchos no comprenden

La masa arbórea de España ha crecido más de un 60% en las dos últimas décadas; de 4.600 millones de ejemplares a más de 7.400. /GONZALO BARTOLOMÉ
La masa arbórea de España ha crecido más de un 60% en las dos últimas décadas; de 4.600 millones de ejemplares a más de 7.400. / GONZALO BARTOLOMÉ

Un inventario forestal tarda una década. Se miden miles de parcelas en una labor 'non stop'. El bosque español no deja de crecer. «Morirá de éxito por el abandono rural», se temen los contadores de troncos

ANTONIO CORBILLÓN

Cómo contar los casi 7.500 millones de árboles que hay en España? Es casi imposible. Si el país regalara uno a cada ciudadano del planeta nadie se quedaría sin él. Casi 160.000 árboles por cada español. Solo el poco poblado y protegido paraíso forestal de Suecia se acerca en Europa a la riqueza de la península. Otra cosa es la gestión de todo ese patrimonio natural. Y para ayudar a regularlo, la clave está en un buen Inventario Forestal Nacional (IFN). Cincuenta años después de que sus pioneros empezaran a recorrer los montes documentando masas verdes, los ingenieros y técnicos trabajan hoy en el que algún día será el IFN4.

Será la cuarta revisión de la casa común, imprescindible para sostener todo lo demás. La primera 'radiografía' forestal se inicio en 1964 y no concluyó hasta 1977. Y sólo fue posible gracias a las fotos aéreas de los vuelos americanos sobre España en 1957. «Este es un proceso en constante revisión y no termina nunca. Y lo sacamos adelante con el esfuerzo de un montón de gente sobre el terreno», explica el jefe de área de Inventario y Estadísticas Forestales del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente (Magrama), Roberto Vallejo Bombín. Su cercana jubilación no le dará tiempo para concluir este cuarto inventario oficial.

Se empezó en 2008, pero la crisis se hizo notar en los medios que se destinan a esta labor, clave en todas las estrategias 'verdes', desde el diseño de políticas forestales a los datos que justificarán (o no) si España cumple con sus compromisos internacionales sobre cambio climático. De hecho, serán estos estudios los que lo evalúen.

La metodología para estas mediciones cumple treinta años. En 1986, los forestales dividieron el mapa con una malla de 150.000 invisibles cuadrículas. Unas celdillas o teselas de 1x1 kilómetro cada una. Esto permitió establecer unas tablas de control con registros de los más de dos millones de árboles medidos de forma real. Con el tiempo y mejor tecnología se afina aún más. «Hoy revisamos unas 90.000 parcelas en cada inventario. De todas ellas se hace una estratificación», resume la también ingeniera forestal del área de Inventario, Elena Robla. Visitamos con ellos una finca en las afueras de Fresnillo de las Dueñas, al sur de Burgos. Es un paisaje de sabinas acostado casi a la vera del Duero y cerca de Aranda.

Caza del 'tesoro'

Una jornada de trabajo en el campo arranca con algo parecido a la búsqueda de un tesoro en un croquis. En cada parcela hay un rejón, una señal metálica enterrada, que certifica que ese lugar fue analizado antes. El ingeniero de campo trata de interpretar el plano levantado a mano en la anterior visita, que se cursó en 2003.

'Roca', 'claro', 'acabar pista forestal ', 'seguir croquis'... Toda señal ayuda. «En este caso es relativamente sencillo -explica Vallejo Bombín-. Otra cosa es en una zona montañosa, con un día de lluvia o viento. Hace poco estuvimos en el bosque de laurisilva de la isla de La Palma. Entre la orografía y el temporal, fue complicado. Hay que adaptarse a los elementos». No temen al monte, pero a veces les toca manejar recursos más propios de un montañero.

Un detector de metales confirma la pulcritud de los datos. La señal aparece enseguida. Los capataces de campo desentierran el rejón, un simple y corto tubo cilíndrico que será el punto neurálgico de todas las mediciones. «Se trazan círculos concéntricos, de cinco en cinco metros, hasta 25 metros de radio. En ellos se mide de todo», resume Vicente Jesús Sandoval, jefe del Servicio de Inventario.

Comienza una larga mañana, en la que los técnicos de campo reflejan todo tipo de parámetros. Una vara de pastor ayuda a situar los 1,30 metros de altura a partir de la cual se mide de todo: la evolución de cada plantón, la biodiversidad forestal, especies invasoras o la valoración económica de ese patrimonio. Qué árboles han muerto o han sufrido incendios. La erosión de los suelos, si ha habido cortes y hasta el ramoneo del ganado.

Así sabemos que España superó en 2017 el billón de metros cúbicos de volumen de corteza. Una gran riqueza en biomasa, a pesar de que la península está muy lejos de aquel tópico de siglos atrás que aseguraba que una ardilla podría cruzar desde Irún hasta Algeciras sin tocar el suelo. «Los primeros estudios se fijaban en el valor de toda esa madera. Ahora, una sociedad más sensibilizada reclama datos sobre todos los aspectos de conservación y biodiversidad para defender nuestros bosques y aplicar políticas de uso más racional», se felicita Roberto Vallejo.

Varias décadas en los campos le permiten a este veterano ingeniero minimizar el temor general a los daños de los incendios y advertir de un riesgo mayor. «No deja de crecer la superficie verde y eso es un reclamo para el pirómano. Pero no va a aumentar 'ad eternum'. Podemos morir de éxito, aunque es gracias al abandono de zonas rurales». Un día completo en el campo permite medir un par de parcelas. Hay una parte subjetiva en la toma de datos, pero «los GPS y las ortofotos (imágenes aéreas) ayudan a completar la lectura de esos datos», estima Elena Robla. En los últimos años, los drones también se han incorporado a la toma de imágenes aéreas.

La crisis que se desató en 2008 ralentizó hasta el casi abandono la renovación del inventario nacional. En esta década se ha completado la cornisa cantábrica, que reúne en el 7% del territorio el 76% de madera productiva. Pero faltan varios años y una 'montaña' de salidas al campo y mediciones para volver a tener la radiografía de la salud natural de la casa común.

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