Sierra Nevada Fest, la altura también importa

La dulzura melancólica de Natalia se hizo notar en Pradollano. / J.J.G.

La cita musical mantiene la misma filosofía que en sus inicios, dando prioridad al producto nacional y local

JUAN JESÚS GARCÍAGRANADA

Con millar y medio de espectadores el festival serrano tocó techo este fin de semana como alternativa a la casi nada veraniega capitalina. La oferta es irresistible: música, mucha, de altura y gratis en un entorno natural idóneo para un fin de semana lleno ocio y naturaleza...y con aparcamiento gratuito, precios especiales de alojamiento, admitiendo incluso acompañantes de dos y cuatro patas. No es de extrañar el ambiente 'familiar' que estos días acompañó los conciertos.

El Festival mantiene la misma filosofía que en sus inicios, dando prioridad al producto nacional y local. A la caída de la noche arrancó el segundo tramo del cartel, comenzando los chavales del escuela Gabbahey que ya tienen hasta nombre: 'Cobalto', y una entusiasta puesta en escena.

Los futuros Dolorosas ya están en marcha, pero mientras estaban ya los originales, que este año han salido al descubierto desde sus cuarteles de invierno. Las estrellas por techo le han venido bien al grupo de Raúl, Natalia, Lomas (más Brío Afín) que sin perder la dulzura melancólica de su cantante (cuya ingrávida timidez escénica recuerda a las Sandie Shaw, o Billie Davis y otras chicas preyeyés...en blanco y negro) le ha añadido más cuerpo, ataque y garra, algo impensable en la introversión sonora original. Avanzaron temas nuevos y entre ellos 'La cuarta ciudad', un ejercicio de realismo sobre la Granada que no sale en la postal.

Limboos dieron el punto retro con su mambo&roll que rememoraba los tiempos en los que el barítono pugnaba en la música bailable con la guitarra por el podium solista (que ganó la de madera, hasta hoy). Sobre un swing exquisito de la rítmica animaron al personal con la música de sus padres, que digo, ¡de sus abuelos!. Terminando con un 'Manisero' a mayor gloria del guitarrista/teclista poseído por el espíritu zumbón de las maracas.

El final llego con Paco Neuman con su dúo granadino. Extremadamente meticuloso en la parte técnica (¡se llevó todo un armario con siete guitarras!) se dispusieron en el centro del escenario para hacer piña.

El trío 'eléctrico' del murciano ofreció la otra cara de sus delicadas y subyugantes apariciones acústicas. Canta y toca la guitarra, si bien no es menos importante su continuo juego de pies tratando sonidos, en piezas en las que el piano es la toma de tierra (muy bonita en la mezcla el aporte de Dani Molina) de una marea de audio que viene y va, en suites de estructura quebrada en las que las inercias apuntalan sus distintas partes: desde el silencio apenas susurrado hasta el dolor, desde el minimalismo obsesivo a la distorsión cacofónica. Más que un concierto fue una ceremonia, con éxtasis final en ese 'Turn it' coreado brazos al cielo. Amén.

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