Ideal

A mi hija le ha dejado el novio

Empezaron como amigos, hace de eso cuatro años, y estaban a punto de celebrar su segundo San Valentín como pareja oficializada cuando, zasca, él le dijo a ella que había conocido a otra y que hasta aquí, que se acabó, que se busque otro novio porque él ya no la quiere como novia. "Pues vale", le respondió ella, sin que se le alterara ni un solo músculo. Es lo que tiene el amor a los cinco años, que igual que viene se va, sin dejar huella. Y eso que en el tiempo que duró la relación habían hecho muchos planes en común: pensaban irse a vivir a Rusia (imposición de ella), donde montarían una granja de animales, con decenas de perros incluidos (exigencia de ella). Las paredes de la casa, por eso de contentarle también a él, no serían solo rosa, también habría alguna pintada de azul. Sí, pueden parecer tópicos, pero hay un no se qué, que yo hubiera jurado que es invención de progenitores si no llego a comprobarlo con mis propios ojos, que empuja a las niñas a las cosas de color rosa desde que ponen un pie en este mundo.

Ahora han quedado como amigos. Sin reproches. Y seguirán viéndose al menos un par de días a la semana. Seguirán compartiendo parque. Seguirán inventándose historias en las que ella, fijo, llevará la voz cantante. No sé qué les deparará el futuro, pero sí tengo claro que en esta ruptura de pareja quien ha salido ganando es el otro amiguito que comparte aventuras con los ya exnovios. Y no porque se le abra la puerta a iniciar un noviazgo con su amiguita, que también, quién sabe, sino porque ¡anda que no tuvo que aguantar el bonachón con los caprichos de los enamorados!, que cuando hacían piña, sin más explicación, lo apartaban de sus juegos.

En unos cuantos años mi hija podrá leer ya con claridad, y quizás buceando por la web se tope con que su padre habló de su primera historia de amor, de su anhelo de tener una granja en Rusia. Si está en edad adolescente, sí, lo sé, tendré un problema y que dar alguna explicación; si ya es adulta, nos echaremos unas risas juntos. Y navegando por las tres w también verá que no hace mucho dije que la llegada de un hijo lo cambia todo. Y cambiarlo no es destruirlo, como clama Samanta Villar con el propósito, espero que no el único, de vender libros. Decir lo que uno siente no es reprochable, pero sí generalizar. Porque la buena mujer, por mucho que se lo haya repetido y lo haya puesto negro sobre blanco, no está en disposición de decir, y lo dice, que con 'Madre hay más que una' pretende contar "de verdad, sin ocultar nada, la dureza, las dificultades extremas, los inconvenientes insoportables y el sacrificio estratosférico" de la maternidad. Esa su será su verdad, no la de todas las madres de este mundo. Ser padre/madre no es tan idílico como muchos cuentan, pero tampoco algo que te destruya la vida. Y, sinceramente, si realmente eso es lo que piensa Samanta Villar lo siento por ella, y por sus mellizos, que dentro de unos años, buceando por la web, se encontrarán con unas afirmaciones tan desgarradoras. Yo, mientras, sigo con lo mío. A mi hija le ha dejado el novio y sigue igual de feliz. Y eso es lo que realmente importa.