Urdangarin no quiso ser Marichalar y hundió la imagen de la Corona

Iñaki Urdangarin. /
Iñaki Urdangarin.

El 'caso Nóos' fue el detonante de una crisis que desembocó en la abdicación de Juan Carlos I y en la ruptura de la Familia Real

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

«Yo no quiero ser un florero. No quiero ser Marichalar». Iñaki Urdangarin se confiaba así poco después de casarse a sus amigos, entre ellos el que después sería su socio, Diego Torres. El marido de la infanta Cristina se refería a Jaime, entonces concuñado y marido de Elena de Borbón, al que la Casa Real había colocado en varios consejos de administración. No, él no quería tener la vida asegurada por su matrimonio, quería hacer carrera por sus medios y emprendió una aventura empresarial que erosionó la imagen de la Corona y contribuyó al declive de la institución, un daño que Felipe VI trata de revertir.

Estaba convencido, y lo sigue estando, de que no hacía nada malo, aunque los jueces en doble instancia hayan determinado que se sirvió de la Casa Real como trampolín para sus irregulares negocios privados. Un amigo de Urdangarin relató a la revista Vanity Fair que decidió dar el paso hacia los negocios después de no conseguir ser presidente del Comité Olímpico Español. «Echó en falta que el rey Juan Carlos le ayudara a conseguir el puesto. Estaba muy enfadado por eso».

Desengañado, despechado o lo que fuera, en 2003 se asoció con Torres en el Instituto Nóos, una entidad creada en 1999 por el exprofesor de Esade, pero que dormitaba por falta de actividad. Empezaron los tratos con el Gobierno balear de Jaume Matas y con el valenciano de Francisco Camps. El Rey, informado de las actividades comerciales de su yerno, envió a su asesor jurídico para que le convenciera de que debía apartarse de Nóos. Urdangarin no entendía nada. La Casa Real, argumentaría después en el juicio, siempre estuvo al tanto de sus actividades profesionales, al punto de que el secretario de las infantas, Carlos García Revenga, formaba parte de Nóos. Por tanto, preguntaba, a qué venía pedirle que se retirase.

Se resistió, pero acabó por irse. Creó la inmobiliaria familiar Aizoon, con la que siguió con sus negocios. Hasta que en 2009 don Juan Carlos medió para que Telefónica lo nombrara alto ejecutivo de la compañía con despacho en Washington. Ahí cerró sus actividades mercantiles en España. Pero no acabó la historia. El 7 de noviembre de 2011, la Policía allanó la sede del Instituto Nóos en Barcelona dentro de la investigación de la causa del Palma Arena. Ahí empezó «el martirio» en la Zarzuela, en palabras del jefe de la Casa del Rey, Rafael Spottorno, en 2014.

El entonces yerno y ahora cuñado del Rey apareció por última vez en un acto oficial el 12 de octubre de 2011. Cuatro días después emitió un comunicado en el que defendió su «honorabilidad e inocencia», y lamentó el daño que pudo causar a la Corona. Pero la Zarzuela no estaba para contemplaciones. El 12 de diciembre lo apartó de las actividades de la Familia Real por comportamiento «no ejemplar», y don Juan Carlos en su mensaje de Nochebuena puso el último clavo: «La justicia es igual para todos».

Pero la preocupación de la Casa del Rey no era Urdangarin, era Cristina de Borbón. La infanta recibió un mensaje que le instaba a divorciarse o renunciar a sus derechos dinásticos. No a las dos, fue la respuesta.

Con la proclamación de Felipe VI, se cortaron todas las amarras y la Familia Real se redujo a los cuatro Reyes, a la princesa de Asturias y la infanta Sofía. Para que no quedaran dudas de la ruptura, el Rey retiró el ducado de Palma a su hermana y su cuñado. Desde entonces, solo se ven en funerales.

De capa caída

El nuevo Rey comprobó lo que ya sabía, que tenía que lidiar con la crisis más profunda de la Corona desde la restauración de la democracia. La imagen monárquica estaba de capa caída y en los sondeos del CIS la valoración entre los ciudadanos había pasado de 7,48 en 1995, a 3,68 en 2013. Estudios privados apuntaban que el 60% de la población desaprobaba el papel de la Corona.

Es indudable que un deterioro de ese calado no es solo atribuible a Urdangarin. De hecho, antes de que comenzara el declive, en la encuesta del CIS de 2011 la valoración ya era de 4,89, suspenso. Aún no se había producido el safari de don Juan Carlos en Botsuana en plena crisis económica, con rotura de cadera incluida, ni la aparición en escena de la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein; tampoco había noticia de la millonaria herencia que dejó don Juan de Borbón y se ignoraban los sueldos que cobraban el Rey y el entonces príncipe de Asturias. Datos que constituyeron un aldabonazo tras otro para una sociedad que no era la de la transición, y para la que la Corona ya no estaba en los altares.

No hay datos sobre si la institución ha reverdecido los laureles de antaño porque el CIS hace tres años que no pregunta al respecto. La última vez fue en 2015, y la Monarquía apenas había logrado recuperarse a ojos de los ciudadanos, pero seguía en crisis. La nota media fue de 4,34, de nuevo suspenso, y uno de cada tres ciudadanos confiaba poco o nada en ella.

La Zarzuela, de todas maneras, considera que el caso Urdangarin está amortizado para la opinión pública. Otra cosa sería, admiten, si la infanta Cristina también hubiera sido condenada a prisión. Urdangarin ya es historia pero fue el inicio de todo, y solo por no querer ser Jaime de Marichalar.

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