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Sáenz de Santamaría, una vicepresidenta para Cataluña

Soraya Sáenz de Santamaría comparece tras una reunión del Consejo de Ministros
Soraya Sáenz de Santamaría comparece tras una reunión del Consejo de Ministros / Fernando Alvarado (Efe)
  • Siempre leal al 'jefe', la número dos de Rajoy en el Gobierno asume ahora el gran reto de gestionar el desafío soberanista

De la abogada del Estado que en el año 2000 llegó a la Moncloa con el currículum bajo el brazo en busca de una oportunidad laboral, aún quedan la tenacidad y la perseverancia. La historia de Soraya Sáenz de Santamaría (Valladolid, 1971) no empieza en las Nuevas Generaciones del PP ni pegando carteles electorales. La suya ha sido una carrera forjada bajo la luz del flexo, primero como aplicada opositora y, después, asesorando a quien estaba llamado a ser el sucesor de José María Aznar y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

     El origen de su vínculo con el líder del PP nació en los mismos despachos donde ahora ejerce de 'vicetodo'. Dicen que fue Paco Villar, el entonces jefe de Gabinete del vicepresidente Rajoy, el que fichó a Sáenz de Santamaría, fascinado por su determinación y su expediente. Pocos podían vaticinar entonces que aquella funcionaria laboriosa acabaría en lo alto de la pirámide de poder y ocupándose del gran reto la democracia: el encaje de Cataluña en el Estado.

     Siempre bajo el paraguas de Rajoy, el «jefe» al que dicen que preparaba los papeles como nadie, Sáenz de Santamaría fue asumiendo cada vez una mayor responsabilidad. Cuando en el congreso del partido en 2008 el presidente quiso desprenderse de los últimos coletazos del 'aznarismo' y la situó al frente del grupo parlamentario, pasó a ser para muchos la «niña» de Rajoy, una paracaidista de la que decían que podría haber trabajado exactamente igual para el PP que para el PSOE.

     Pero ahí estaba Sáenz de Santamaría, poniendo a temblar a María Teresa Fernández de la Vega, la número dos de José Luis Rodríguez Zapatero, y tejiendo la estrategia de oposición al último Gobierno de los socialistas hasta la fecha. En su entorno, recuerdan las tardes de los martes en su despacho de la Cámara baja, preparando a conciencia los tres minutos de intervención de la sesión de control del día siguiente, el escenario en el que se labró su fama como oradora parlamentaria.

     Para cuando Zapatero quiso convocar elecciones anticipadas con su Gobierno desmoronándose, ya no había duda de que la perfeccionista y metódica portavoz del PP en el Congreso estaba llamada a hacerse con el cargo de mayor confianza del presidente en la Moncloa. Aun así, que pasara a ocuparse de la vicepresidencia, del Centro Nacional de Inteligencia, de la coordinación de las crisis políticas y de las funciones de Rajoy en la Comisión Delegada para Asuntos Económicos siempre que él no pudiera, sorprendió en el partido.

     Pero el exceso de responsabilidad no amilanó a Sáenz de Santamaría, que, según sus colaboradores, siempre está dispuesta a «asumir más». En el PP atribuyen su ambición a un afán oculto de situarse en la casilla de salida de la carrera sucesoria. Y en ese marco se explican los populares su rivalidad con la secretaria general de la formación, el otro pilar del presidente, María Dolores de Cospedal.

     Incluso desde los ministerios han llegado a mirar con desconfianza a Sáenz de Santamaría. Frente a los 'sorayos', dirigentes nacidos a su lado en la oposición, en los últimos cuatro años y capitaneado por José Manuel García-Margallo, se creó el desmantelado 'G-8', el grupo de amigos de Rajoy que censuraba el carácter tecnócrata de la vicepresidenta y su empeño en idear evasivas para cada pregunta espinosa en las ruedas de prensa de los viernes. «Le gusta mantener su imagen limpia, aunque eso suponga lavarse las manos de los problemas del partido», reprocha un alto cargo territorial a la ya exportavoz del Ejecutivo.

     Por eso, cuando su nombre comenzó a sonar con fuerza como relevo de Rajoy en las horas bajas del presidente tras las elecciones del 20-D, algunos sectores del PP advirtieron de que estarían dispuestos a dar la batalla para impedir que la formación termine quedándose en sus manos.