Ideal

El cuadrilátero del PP

María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría.
María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría. / Efe
  • La vieja rivalidad entre Sáenz de Santamaría y Cospedal ha acompañado a Mariano Rajoy en su camino al poder desde la renovación del partido en 2008

Buena parte de la literatura política se ha nutrido en los últimos años de la pugna soterrada entre “las dos mujeres” de Mariano Rajoy. Nunca hubo decisión trascendente en el PP que no tuviera como vencedora a una de ellas y como derrotada a la otra. Y jamás se pasó por la cabeza del líder de los populares dar un golpe en la mesa y poner fin a los recelos entre María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría.

Fue en el congreso del partido en 2008 cuando Rajoy, tras lograr salir indemne de la guerra interna por el liderazgo de la formación, se sacudió el legado de José María Aznar y resolvió un reparto de poder que situaba a ambas dirigentes políticas en la cúspide de la jerarquía del PP. Mientras Cospedal se hacía cargo de la secretaría general y se instalaba en la sede central de la calle Génova, Sáenz de Santamaría pasaba a marcar la estrategia de oposición al último Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero desde el grupo parlamentario en el Congreso.

No sólo se convirtieron así en los dos pilares y sustentos de Mariano Rajoy. Sino que, tras la mayoría absoluta del PP en 2011, han representado el modelo de gestión del presidente que, al contrario que José María Aznar, siempre quiso separar el Gobierno y el partido, como dos departamentos con escasos vasos comunicantes.

La estructura, censurada por sectores del PP que han reprochado la falta de coordinación entre la formación y el Ejecutivo, facilitó también el surgimiento de una rivalidad de difícil resolución entre la coordinadora del Gobierno y la número dos del partido. Porque a medida que la vicepresidenta iba acumulando más y más competencias como todopoderosa mano derecha de Rajoy en el palacio de la Moncloa, la secretaria general se veía obligada a responder por los escándalos de corrupción que barrían la credibilidad de los populares.

En este contexto, el 'caso Bárcenas' marcó un punto de inflexión. Si en el entorno de Sáenz de Santamaría se criticó la gestión de Cospedal, enredada en el famoso finiquito “en diferido” al extesorero, el círculo de la secretaria general llegó a plantarse ante una vicepresidenta de espaldas al partido y que respondía con evasivas a las preguntas sobre los asuntos espinosos del PP en las ruedas de prensa tras el Consejo de Ministros.

Para entonces, los populares ya anotaban en privado los tantos de una y otra en una batalla que atribuían a la ambición de las dos en la carrera sucesoria. En el partido se contabilizaban los afines que había logrado colar cada una en las listas de las distintas convocatorias electorales y del mismo modo, cuando llegó el momento de buscar un relevo en el PP andaluz, se llenaron páginas con la victoria de Sáenz de Santamaría al situar a Juan Manuel Moreno en el cargo frente al candidato de Cospedal, José Luis Sanz. Si lo que realmente pesó fue la opinión del vicesecretario de Autonomías, Javier Arenas, es lo de menos. En una guerra, sólo hay blancos y negros.

Pese a todo, nunca ha habido reconocimiento público de la enemistad. De cara a la galería, las dos dirigentes mantienen un tono cortés y respaldan a Rajoy en primera fila cuando las circunstancias lo requieren, como el 22 de enero después de que el presidente rechazara el encargo del Rey para someterse a la investidura. Y sólo en privado, sus colaboradores han mantenido la suspicacia de cada bando respecto al otro.

Hasta hoy, el día de la formación del segundo Gobierno de Rajoy, las dos contaban con su propio historial de éxitos. Cospedal podía presumir de ser una mujer de partido, con el respaldo de un territorio, Castilla-La Mancha, tras de sí, y Sáenz de Santamaría con haberse ganado a la opinión pública.