La mano que mece a Rajoy

La mano que mece a Rajoy

Es la sombra del presidente, que le ha puesto al frente de la campaña para su reelección. «De él depende mucho nuesto futuro». De sus sueños bohemios de juventud ha pasado a manejar los resortes del poder

ANTONIO CORBILLÓN

Le transmito los saludos del rey Felipe VI y del anterior rey Juan Carlos II». De visita oficial en China hace ahora un año, Mariano Rajoy cometió un pequeño lapsus al tratar de improvisar su saludo al presidente anfitrión, Xi Jinping. Una mano deslizó discretamente un papelito y Rajoy repitió el saludo colocando al rey emérito en su lugar: no es Juan Carlos II es Juan Carlos I. Son los buenos oficios de Jorge Moragas, la mano que mece todo lo que hoy en día se mueve en el perímetro del líder conservador. Tanto dentro como fuera del Gobierno: además de jefe del Gabinete de Rajoy, suyo es el diseño de la próxima campaña electoral. Es el preparador de la reválida del presidente en diciembre. «El nexo de unión entre el Gobierno y el partido. Y él lo sabe. De él dependerá mucho nuestro futuro», reconoce abiertamente el vicesecretario del PP,JavierMaroto.

Para protagonizar una misión de este calado político ha trabajado durante los últimos veinte años, después de dejar atrás sus sueños bohemios de juventud. Jorge Moragas Sánchez (Barcelona, 1965) necesitó alcanzar la treintena para definir su camino. Su título de Derecho no cuadraba con sus impulsos vitales, centrados en las artes (buen dibujante), la música (sus mejores amigos tocan) y las motos (llegó a competir y ha tenido más de diez). Su familia de empresarios de clase alta temió que se impusiera la última fantasía que trajo de una estancia en Nueva York. «Me gustaría ser director de cine», soltó. Su padre, directivo de la factoría Montesa, logró finalmente que se centrara. Ahora hará algo que tiene bastante que ver con aquella ilusión. Tiene cuatro meses para escribir el guión y dirigir el rodaje de un reestreno: Rajoy, presidente, que pretende triunfar a finales de año. El resultado se sabrá, previsiblemente, el 20 de diciembre.

«En el fondo soy un saltimbanqui que va de aquí para allá», dijo en RNE, en una de sus escasas entrevistas. El brusco giro que dejó atrás al aventurero se produjo en plena expansión del orgullo español con las Olimpiadas de 1992. Hasta ese momento, «nunca mostró mucho interés por la política, ni nacional ni internacional», desvelan en su entorno. Moragas se aisló de aquella efervescencia, dejó atrás su Barcelona de clase alta y se encerró en un colegio mayor de Madrid durante tres años para preparar el ingreso en la carrera diplomática. «Pensó que era la mejor forma de conocer mundo», afirma una estrecha colaboradora suya. Pero, tras sacar la plaza, se las arregló para entrar en el departamento de Protocolo de La Moncloa, donde Felipe González vivía sus últimos meses. Moragas se dio cuenta enseguida de que cerca de las moquetas del poder estaba su destino.

La banda sonora de su vida

Música y cine

Le gusta tanto Van Morrison que tiene la colección completa de sus discos. Uno de sus temas, Crazy love (Loco amor), es la canción que marcó su noviazgo. Alguna vez dio su versión de la felicidad: «Pasear por Manhattan con mis cascos escuchando New York, de Lou Reed».

Mochilas y motos

Se compró una mochila para viajar a los campos saharauis de Tinduf (Argelia) y creó tendencia. Casa muy bien con su casco y sus motos. Su padre, directivo de la fábrica Montesa, fue el que le transmitió esta pasión. Ahora conduce una scooter para moverse por Madrid y tiene una Honda de gran cilindrada. También se pierde a veces haciendo trial por el Ampurdán. Llegó a competir en carreras y ha quemado ya más de diez monturas de dos ruedas.

Culé y antisoberanista

Ante el Barça-Madrid de 2010, que casi coincidió con las autonómicas catalanas del 28 de noviembre, bromeó (o no): «No sé cuál de los dos le interesa más a la gente».

Gana más que su jefe

Sus trienios como diplomático le permiten tener un sueldo de 113.186 euros. Es el mejor pagado del departamento de Presidencia.

Mariscal Moragas

De aire elegante pero informal, solo una vez se le ha visto vestido de diplomático (aunque nunca ha ejercido fuera de La Moncloa). Se presentó en la recepción de los Reyes al cuerpo diplomático en enero pasado con un traje con chorreras y ocho medallas. Entre ellas la de la Legión de Honor de Francia.

Él fue el encargado de ir a buscar a José María Aznar a su casa de La Moraleja en un coche oficial el día del traspaso de poderes. En el viaje no cruzaron ni una palabra. La sintonía llegaría más tarde. Su agilidad con los idiomas (inglés y francés fluidos) y su «habilidad para crear complicidades y dar consejos a los demás, consiguiendo que encima piensen que se les ha ocurrido a ellos», le convirtieron en un útil comodín para Aznar, cuenta gente de su actual equipo. En el año 2000 también ayudó a su entonces jefe a repetir en presidencia apoyándose en su pasión por las nuevas tecnologías y el marketing político que aprendió en EE UU. Hasta entonces había ejercido de verso libre y sin ataduras internas. Incluso logró lo que parece imposible en las tripas de un partido. «No tiene enemigos. Genera complicidad y buen rollo. Su lema es: suma, integra y lidera», juran en su entorno.

El dinamitero de Pujol

Con Rajoy ha utilizado la misma táctica que con Aznar. Frente a presidentes envarados, parcos en palabras, lenguas y gestos, Jorge Moragas sabe desenvolverse en sociedad, se desliza con agilidad por los resbaladizos pasillos diplomáticos y cubre las carencias del jefe con discreta eficacia. Ese perfil bajo que tanto le gusta a Rajoy y su apoyo sin fisuras, a pesar de las derrotas de 2004 y 2008, acabaron por convertirle en el filtro a superar para cualquiera que intente acercarse al presidente.

Su gran agenda internacional, «cocina a fuego lento, a base de giras por el mundo», es capaz de abrir las puertas de los despachos del poder con mayúsculas. Las citas con líderes como Nicolás Sarkozy, Angela Merkel, David Cameron o Barack Obama llevan su firma y son el resultado de su «visión estratégica a largo plazo y su sentido de la anticipación».

Pero algo le queda de su gen peliculero. En 2004 se presentó en Cuba para apoyar a los disidentes. No pasó del aeropuerto. Las malas lenguas dicen que «se hizo expulsar por puro afán de notoriedad». El caso es que su imagen, unida a su sempiterna mochila, saltó a las portadas. Desde entonces, sus bolsas de viaje, junto a sus motos, son un tema recurrente entre su gente. «Ha creado tendencia. Algunos le llamaban el mochilero del partido», reconocen en su oficina. Él suele bromear con que lleva «papeles secretos». En realidad, lo importante va encriptado en un ipad del que tampoco se separa.

Pero donde demostró por qué Take a walk on the wild side (Date un paseo por el lado salvaje, de Lou Reed) es uno de sus himnos vitales fue con su papel de dinamitero del escándalo Pujol. Moragas fue compañero de pupitre en los Sagrados Corazones de Barcelona de Victoria Álvarez, la despechada exnovia del primogénito de la saga, Jordi. A finales de 2012, logró convencerla para que tirara de la manta. «Si dieses una entrevista y lo contases todo salvarías a España». Cuando ella dio el paso y estalló el escándalo, Moragas, que «nunca pierde la chispa ni la ironía», le envió un SMS: «Uauuu! Yo te haré un monumento a tu cuerpo». Ha sido su particular venganza contra el soberanismo, cuyo asfixiante ambiente le empujó a «amar Barcelona desde la distancia». La victoria electoral en 2011 y sus nuevas responsabilidades le obligaron a dejar atrás los 25 años de puente aéreo e instalarse en Madrid con su mujer, la diseñadora Paloma Tey, y sus dos hijas adolescentes (14 y 15 años).

Insisten en su entorno en que los retos «le ponen cachondo». Por eso sus compañeros confían en su aire de «camaleón atrevido, al que nunca le ves temblar y al que no le importa mojarse y equivocarse». Un perfil «poco habitual en la derecha española» que contrasta con el aire grave de sus dos jefazos.

El día de reflexión de la campaña que llevó a Rajoy al poder en 2011 lo pasó en una tumbona en el aeropuerto de El Prat, junto asus hijas, viendo pasar a pocos metros las barrigas de los aviones al despegar. En su blog reflexionó sobre las innumerables veces que había ido ahí dentro. Al principio alimentando los sueños del aventurero sin ideología que quería conocer África. Después en misiones políticas cada vez más comprometidas. Esas que le han hecho darse cuenta de que la aventura, en su caso, está cerca del poder.

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